A pesar de que fue uno de los primeros que me probé, no ha sido hasta ayer cuando me decidí por completo. Me enamoró desde el momento en que me miré con él en el espejo, pero mi expectativa era tal que no lograba decidirme. Buscaba algo tan perfecto, que quizá se convirtió en algo excesivo.
Siempre se dice aquello de que cuando ves tu vestido de novia lloras, saltas de alegría y no puedes mirar más, y como eso no me ocurrió con ninguno, empezaba a desesperar al pensar que me estaba conformando con lo primero que vi en lugar de seguir buscando el modelo perfecto.
Por suerte estaba Vicky, la asesora de la tienda, que no solo ejerció de perfecta vendedora, también se convirtió en mi psicóloga en estos lares haciendo gala de una bendita paciencia conmigo. Ella fue quien consiguió quitarme de la cabeza esa absurda idealización que, como ella mismo dijo, "solo le ocurre a unas pocas". El resto, como es mi caso, nos limitamos a hacer una foto mental nuestra caminando hacia el altar así vestidas, que ya es bastante. Y si a eso le unimos las lágrimas de mi abuela, madre y hermana el primer día que me lo probé, así como los piropos de mi suegra cuando me vio con él, significa que la elección no ha podido ser tan mala.
Así que ahora solo queda esperar unos meses a que llegue el día de la primera prueba, para corroborar que no me he equivocado y que mi apuesta por la sencillez y naturalidad ha sido acertada. Y hasta aquí puedo contar (de momento)...
Sigue el Blog Hasta que la boda nos separe en Facebook y Twitter.