Cuando este lunes, en la inauguración del curso de verano de El Escorial "Profesionales ante la violencia de género", la Fiscal de Sala Delegada contra la Violencia de Género, Soledad Cazorla, comenzó su intervención diciendo "este fin de semana he visto una de las escenas más escalofriantes…", muchos en el auditorio sabíamos a qué se refería.
El recuerdo de la imagen de la mujer ejecutada en Afganistán que nos llegaba este fin de semana a través de todos los canales de televisión y que estos días inunda internet, aún me revuelve el estómago. Llevo rumiando este texto desde que vi caer la figura menuda y totalmente escondida en sus ropajes negros; desde el momento en el que retumbaron los disparos en el televisor; desde que escuché, con ese sonido enlatado y extraño que reproducen los videos caseros, las risas de sus asesinos. Quizá desde que supe que se llamaba Najiba.
No sé si fue lástima, tremenda e hiriente, al pensar en los 22 años de sometimiento y esclavitud de Najiba. O una inmensa indignación, por la sangre fría y la saña de un despreocupado verdugo que sabe que la flagelación en la calle y la ejecución pública están socialmente aceptadas. O rabia y repugnancia al ver a los bárbaros animales que lo jaleaban riendo y gritando "el adulterio es un camino equivocado". O la profunda tristeza al comprobar que en determinados lugares del mundo cumplir lo que se entiende por ley es la mayor y más bárbara injusticia.
Aseguran los talibanes que ellos no están involucrados en el asesinato. Qué importa si ellos empuñaron, o no, la pistola automática ese sábado. Ellos sembraron la semilla del desprecio, la humillación que no cesa, el maltrato sin consecuencias a Najiba desde la más estricta interpretación de la Ley Sharia nunca vista. La obligaron a llevar el burka en público. No se le consintió trabajar ni recibir educación después de los ocho años y hasta entonces sólo se le permitía el estudio del Corán. Nunca fue atendida por médicos de sexo masculino si no era acompañada por sus familiares hombres o su marido. Qué más da, si como dicen, los talibanes ni siquiera estuvieron allí en el momento de la ejecución. La habían ido matando a fuego lento, poquito a poco, desde que Najiba nació niña.
Quizá, quizá, ella se enamoró de ese combatiente y ese amor la arrastró a la muerte. Quizá no. Tampoco importa, ni aclara, ni mucho menos justifica nada. Los canales internacionales están difundiendo la ejecución, la prensa también lo ha recogido. El vídeo en You Tube ha tenido miles y miles de visitas. Este post es mi pequeño granito de arena, porque sólo con el compromiso de todos podremos acabar alguna vez con la violencia de género.
"Qué bien -decía Soledad Cazorla el lunes- , qué bien que hoy estemos aquí en una jornada de profesionales para hablar con total libertad de justicia, de cómo seguir avanzando en el apoyo a las víctimas de la violencias de género y en la erradicación total de esta aberración". Sí, qué gran fortuna...
Hasta muy pronto, queridas amigas.