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Instantes

Anne Igartiburu

Una semana más, Anne Igartiburu reflexiona para todos nosotros.

Me alimento de ellos, devoro instantes con el solo anhelo de ser consciente de ellos. No quiero que se me escape ninguno, pero ¿cómo conseguirlo si tropiezo sobre cada uno de ellos con un trote torpe de iniciante tardía a la que atropella el olor de la prisa?

Estoy convencida de que vivo demasiadas cosas al mismo tiempo y que me es imposible retener todos los detalles de lo acontecido. Me abruma tanto dato y, en esa ansia de aprisionarlo todo, intento hacer una selección de lo que es imprescindible y ahí me doy por vencida. ¿Pero cómo he podido caer otra vez en la dispersión mientras hacía la criba? Quiero guardar ese momento importante y que sea crucial para el proximo paso.

Lo emocional y lo práctico me confunden en la selección

Al devorar, saboreo ágil lo agridulce de la duda de no saber lo que es prescindible. Lo emocional y lo práctico me confunden en la selección. Y gana de manera instintiva el sentimiento, cosa que celebro a costa de perderme en el camino a esa persona resoluta que quisiera ser. Sé que con el corazón a veces no se llega tan lejos, pero ¿para qué quiero avanzar tanto y tan rápido? ¿Quién dijo que ‘allí’ no podría ser ‘aquí’, pero en su justo momento? Ese que sabes que no se va a repetir y que quisieras que fuera infinito.

Miras la secuencia proyectada ante ti, totalmente absorta, y quieres recordar cuándo fue la última vez que sentiste algo así. Son eso, momentos que te hacen inmortal desde que los reconoces propiedad del tiempo, ese reloj implacable que hace los suspiros únicos y de los latires cronos en cuenta atrás. Son instantes cotidianos y casi siempre improvisados los que pesan en la memoria y que queremos atesorar, pero que en ocasiones se escapan, quedando siempre algo adherido a la piel. Es ese mismo instante en que tomas conciencia de lo importante que fuiste para aquella persona. El que solo cabe en una mirada porque de lo inmenso, y a la vez nimio, no cabe en ningún 'archivo nubeo'.

Un suspiro insomne en medio de la noche cuando tu piel roza la mía y pienso en la suerte que tengo

No son nada, simplemente instantes. Un suspiro insomne en medio de la noche cuando tu piel roza la mía y pienso en la suerte que tengo mientras me giro y escalo traviesa con mis dedos tu espalda por la ruta de tus vértebras, base ya de mi vida. O sentir que me derrito en tu abrazo, amiga íntima, por fin sin contraerme por una muestra de afecto y valorando tu cariño incondicional para dejarte que me adules abiertamente sin que me quede sin saber qué responder.

Creí que nunca conseguiría desprenderme de esa sensación de vulnerabilidad que me daba dejarme querer. Nada como el instante de madurar la emoción. Totalmente necesario para acariciar curiosa sus pies diminutos y preguntarte cómo es posible que ese ángel haya surgido de ti y para tu felicidad infinita. A lo lejos un abejorro veraneante y una campana que repica para despertarte no sabiendo bien quién eres y entendiendo que siempre se puede empezar de cero porque si no creaste tú ese plácido momento, ¿quién si no?