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Anne Igartiburu

Una semana más, Anne Igartiburu nos ofrece una reflexión.

Cuando se dice que el destino de nuestras vidas depende, en gran medida, de nosotros mismos, muchas veces nos quejamos de que eso no es exactamente así y de que hay factores externos que no podemos controlar a la hora de vivir de la manera que queremos hacerlo. Y, aunque es en parte cierto, también es importante recordar que nuestra actitud ante lo que nos llega en el transcurso de la vida y las decisiones que tomemos al respecto, además de la manera en que lo afrontemos, son clave para determinar nuestro futuro. 

Nos educan para decidir por nuestra cuenta y ser autónomos para determinar lo que nos conviene, pero no lo hacen tanto en la gestión de nuestras emociones ante las adversidades o, por el contrario, ante aquello que es digno de potenciar. Y esto es fundamental a la hora de entender y aceptar lo que nos acontece en la vida y sacar siempre partido de ello. Así, vamos creando un aprendizaje, yo diría, que en ocasiones sin cuestionar demasiado las cosas y, por tanto, con pocas posibilidades de reaccionar o ver las distintas opciones que tenemos ante lo que llega. 

Somos el resultado de nuestras acciones cotidianas

Así, actuamos según sentimos y sentimos según lo aprendido tras vivencias que han marcado nuestra experiencia. Somos el resultado de nuestras acciones cotidianas, recapacitadas o no, pero aquello que ejecutamos a diario, sea lo que sea, se convierte de una manera asombrosa en efecto de nuestra vida.

No estoy exagerando ni un ápice en esta reflexión. Somos como conducimos, como amamos, bailamos y, por qué no decirlo también, y aunque no vaya en esta línea, lo que comemos. Pero, sobre todo, somos lo que sentimos y cómo hacemos nuestros los hechos que nos rodean. Todo influye en el camino que nosotros marcamos. Y más aun, lo que sentimos de una manera subconsciente.

Voy más al foco de lo que quiero expresar: un suceso provoca una emoción y esta emoción, a su vez, una acción que desemboca, cuando sucede de manera continuada, en un carácter. Es decir, que nuestras emociones condicionan en una gran medida nuestras acciones diarias y la esencia de lo que somos y seremos en un futuro. Es más, podríamos decir que estas emociones podrían determinar el destino de nuestras vidas, sin llegar a exagerar. 

Pocas veces nos detenemos a observar lo que sentimos y el origen de la reacción física que provoca en nosotros. Por eso, grandes pensadores del mundo de la psicología y la conducta humana hacen hincapié en la importancia de saber gestionar nuestras emociones de manera que den el resultado óptimo y deseado. Y eso debe comenzar en nuestra educación desde niños. Vivimos con miedos creados por la amenaza de que algo terrible puede suceder.

Y eso sí que se puede controlar y podemos aprender desde muy corta edad que, a veces, nada es tan terrible. En la era adulta, será cuestión de identificarlo, entender el porqué de esa emoción, a base de trabajo profundo de nuestro ser, y entrenar a fondo una nueva vía para reconducir la reacción que suscita el hecho en cuestión. Es por ello clave que observemos con detenimiento cómo responde nuestro cuerpo y mente para entender y aprender de ello y reconducir nuestro destino hacia lo deseado. 

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