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Veinte años de amor a prueba de fuego

La Infanta Cristina e Iñaki Urdangarin han celebrado esta semana el 20 aniversario de un matrimonio a prueba de fuego.

La pareja, durante una boda en el 2013.
La pareja, durante una boda en el 2013. gtres

Ni el largo proceso judicial, ni la condena de cárcel para él –pendiente del recurso al Tribunal Supremo–, ni los correos electrónicos con supuestas infidelidades, ni la pérdida del prestigio social, ni los años de destierro, han ocasionado la más mínima fisura hasta ahora en esta pareja que considera a su familia su bien más preciado.

Nadie se podía imaginar el 4 de octubre de 1997, cuando contrajeron matrimonio en la catedral de Barcelona, que aquel joven del que se había enamorado una Infanta de España, al que todos consideraban "un buen chico", acabaría ocasionando un daño sin precedentes a la corona.

La elección de doña Cristina había sorprendido por el perfil del novio, que no se ajustaba a lo esperado, pero nada hacía pensar que ese joven deportista de élite, sano, de vida sencilla y escasa formación académica, acabaría utilizando su parentesco con el Rey para hacer negocios y enriquecerse.

Las primeras en la familia

Doña Cristina formaba parte de la primera generación de la Familia Real que había podido casarse libremente por amor sin tener que renunciar a sus derechos sucesorios. 30 años antes, sus tías doña Pilar y doña Margarita tuvieron que renunciar en el exilio cuando decidieron contraer matrimonio morganático, es decir con personas que no eran miembros de la Familia Real. Doña Pilar se casó con Luis Gómez-Acebo, duque de Estrada, que ya era vizconde de la Torre, hijo del marqués de Deleitosa y nieto del marqués de Cortina, pero no era miembro de ninguna familia real. Y doña Margarita se casó con el médico Carlos Zurita.

La pareja, el día de su boda.
La pareja, el día de su boda.

La entrada en vigor de la Constitución había derogado las viejas normas y bastaba con que el Príncipe de Asturias y las Infantas no contrajeran matrimonio contra la expresa prohibición del Rey y de las Cortes. La primera que había disfrutado de esa libertad había sido doña Elena, que se casó con Jaime de Marichalar, miembro de una vieja familia de la aristocracia, pero la elección de doña Cristina no tenía precedentes.

Amor y obligaciones de Estado

Sin embargo, en aquella época tanto las familias reales europeas como la opinión pública estaban digiriendo la separación de los Príncipes de Gales, ocurrida en el verano de 1996. Diana Spencer reunía sobre el papel todas las condiciones que se esperaban de una futura reina y la ruptura de aquel matrimonio sin amor había puesto de manifiesto que para garantizar la estabilidad de la Corona las razones del corazón eran tan importantes como las de Estado.

La corriente que imperaba en aquel momento arrastraba a todo aquel que cuestionara si un deportista de élite estaba preparado para pasar a formar parte de la Familia Real. En esas circunstancias, nadie advirtió a aquel joven de que iba a ingresar en una Institución que debía ser incompatible con los negocios privados. A medida que la familia crecía, con el nacimiento de Juan, Pablo, Miguel e Irene, el matrimonio prosperaba profesional y económicamente, y recibía los más altos honores allí donde fuera. Cuando empezaron a sonar las primeras señales de alarma, se intentó apartar a Urdangarin de los negocios, aunque él se resistió durante un tiempo hasta que finalmente aceptó trasladarse con su familia a vivir a Washington. Pero ya era demasiado tarde.

Tras el relevo, dejaron de ser miembros de la Familia Real.

En noviembre de 2011, la vida de ensueño de la pareja se convirtió en una pesadilla cuando se supo que la Justicia estaba investigando al todavía duque de Palma y ambos quedaron apartados de la vida institucional. El proceso judicial sentó por primera vez a una infanta de España en un banquillo y, aunque al final fue absuelta, el daño ocasionado a la Corona era ya irreparable.

Negativa al divorcio

Tras el relevo, el matrimonio dejó de ser miembro de la Familia Real y el nuevo Rey revocó el título de duquesa de Palma a su hermana. Doña Cristina se negó a renunciar a sus derechos sucesorios y a su título, al que se aferró a pesar de las presiones. Todo hubiera sido más fácil para ella si, cuando estallaron las primeras sospechas, se hubiera divorciado, como le aconsejaban algunos, pero ella siempre ha estado convencida de la inocencia de Iñaki, y las dificultades que han compartido han contribuido a unir más a la familia. Lo peor es que llevan seis años de calvario, pero Urdangarin aun no ha empezado a cumplir su condena. 

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