Carta a mi nieto

  • Mi muy querido niño: Son en estos momentos las 2 y 10 de la madrugada del día 6 de Marzo de 2008. El lunes día 10 es tu cumpleaños; cumplirás cuatro añitos. Estoy sentada al ordenador intentando escribirte esta carta, porque quisiera poder expresar en ella todo el amor que tengo guardado en mi corazón para ti.

No sé si podré conseguirlo, porque el amor no es algo que deba plasmarse en una carta; ni siquiera es algo que deba ser guardado en el corazón. El amor quiere ser expresado, necesita ser expresado frente a frente.

Pero yo no puedo hacer eso ahora, cariño. Espero poder hacerlo algún día. Y si no puedo porque mi tiempo se acabe antes, quiero dejar esto escrito, porque no me resigno a que no sepas nunca lo mucho que te quiso tu abuela, tus abuelos.

No sé cuantos años tendrás cuando puedas leer esta carta; ni siquiera sé si llegarás a leerla algún día. Me gustaría poder ser yo quien te la diera, pero quizá no sea posible; es más, lo que de verdad me gustaría es no haber necesitado escribirla.

Pero, si no puedo dártela yo, alguien te la dará. De alguna forma sé que algún día llegará a tus manos. De momento me conformo con soñarte, y con poder mirarte en las fotos que tengo distribuidas por todas partes; y besarte en el papel cada vez que te echo de menos, cosa que ocurre cada día del año, cada hora de cada día del año, cada minuto de cada hora de cada día del año.

Y la persona que te la entregue, seguro que podrá responder a todas tus preguntas. Porque estoy segura de que algún día tú te harás preguntas sobre nosotros: tus abuelos. Y quizá te preguntes por qué no nos conociste, por qué no te dieron la oportunidad de querernos. ¿Sabes cariño?: el amor de los abuelos es algo que ningún niño debería perderse; ni ningún abuelo debería perderse el amor de sus nietos.

Tanto tú como nosotros nos estamos perdiendo algo muy importante, pero sobre todo tú, porque nosotros, al fin y al cabo somos personas adultas y tenemos recursos para compensar esa carencia, como por ejemplo, escribirte esta carta, confeccionar un álbum con tus fotos, llenar la casa de fotografías, pero sobre todo, cerrar los ojos en el silencio de cada noche y traerte a mi mente para darte un abrazo.

Y abrazarte fuerte, porque pienso que, de alguna manera, ese abrazo llega a ti a través de mi deseo de que sepas lo mucho que te quiero, que te queremos. Tú, en cambio, no puedes hacer nada. Y ¿sabes?, los abuelos somos tus raíces, tu pasado, tu historia, tu familia, tu sangre; formamos parte de ti de la misma manera que tú formas parte de nosotros, le pese a quien le pese.
 
Lo que más me gusta es recordar las pocas vivencias que tenemos de ti: aquellas tardes en el parque deslizándote por el tobogán, mientras me llamabas para que mirara lo bien que lo hacías; la forma en que me llamabas "abuelita" para enseñarme algún juguete que te gustaba; cómo me explicabas con tu media lengua que las "escavaroras" estaban paradas porque los sábados no trabajan, y la forma en que se te iluminaba la cara cuando me veías sacar la cajita de las chuches del bolso.

¿Sabes, mi niño?, al principio siempre que iba a verte te llevaba alguna chuchería: un huevo Kinder, un cochecito lleno de bolitas dulces, una pelota de goma, un cuento, o cualquier otra cosa que me gustara. Lo compraba con toda la ilusión pensando en lo contento que te ponías cuando te señalaba el bolso para que lo encontraras.

Pero llegó un día en que se me dijo que no volviera a llevarte ningún regalo más, porque luego no te iban a hacer ilusión cuando llegaran los Reyes o tu cumpleaños. No volví a llevarte nada; es más, incluso la pelotita de goma que te llevé aquel día, me la traje aquella misma tarde.

Pero no te preocupes, cariño, porque todos los regalos que no te he dado, algún día te los daré con intereses. No quiero culpar a nadie de esta situación. A veces la vida es injusta y difícil de comprender. Lo cierto es que al principio no podía soportarlo, pero ya lo voy aceptando.

Ya soy capaz de conformarme con mis recuerdos. Recuerdo cada momento vivido a tu lado, pero, como no han sido muchos, los repito una y otra vez en mi mente, y te sigo imaginando como eras, ya que no he vuelto a verte desde el día que estuviste en el hospital enfermo.

Aquel día lo pasamos bien. Te hice fotos. Luego te dejé la cámara y te expliqué cómo se manejaba. No necesitaste muchas explicaciones, eres un chico listo; te gustan los artilugios, como a papá. Cogiste la cámara y le hiciste, tú solito, una foto al abuelo. ¡Cuánto me gustaría que pudieras recordarlo! Después te hice un vídeo y estuviste mirándolo una y otra vez; y te reías mucho, porque te hacía gracia verte a ti mismo y oírte hablar. ¡Si supieras la de veces que lo miro...!

Ese fue un momento muy especial para nosotros, para ti y para mi, porque yo pude tenerte sentado en mi regazo mientras te leía los cuentos que tú me dabas, y pude también cambiarte el pañal por primera vez, y sentirnos felices juntos sin que nadie nos molestara, porque papá y mamá no estaban; sólo estaba Silvia, la chica que te cuida y nosotros tres. Creo que fue la primera vez que pudimos estar solos desde que naciste.

Al día siguiente, cuando volvimos a verte, estabas jugando tú solito en el sillón de la habitación mientras mamá descansaba en el sofá. Abrimos la puerta y, al vernos, una enorme sonrisa iluminó tu cara. El recuerdo de esa sonrisa me ha servido en muchas ocasiones de consuelo.

Bueno, Adrián, cariño: Me gustaría que, cuando esta carta llegue a tus manos, supongo que para entonces ya serás un chico mayor, y puedas comprender algunas cosas. Y quiero que sepas, que tengas siempre presente, por mucho que te digan o que oigas por ahí, que tus abuelos siempre te han querido mucho.

Y que si en algún momento de tu vida, que ojalá sea una vida plena y feliz, te sientes solo, o te embarga algún sentimiento de tristeza, dolor o incomprensión, aquí estaremos nosotros, tus abuelos, para acogerte y ayudarte en todo cuanto necesites.

Un beso y un abrazo muy fuertes, cariño, de tu abuela,

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