El lugar olía a lana y alcanfor. Apenas se escuchaba un ruido cuando se cerraba la pesada puerta que daba paso al lúgubre mundo de Anderson & Sheppard: paredes de madera repujada, mármoles en chimeneas victorianas, enormes probadores resguardados de miradas indiscretas y estanterías abarrotadas de telas y archivadores-museo, donde se guardaban recibos firmados por Fred Astaire, Marlene Dietrich, Cary Grant, Charles Chaplin o Duke Ellington.
Las numerosas facturas de la casa real inglesa –sobre todo del príncipe de Gales– se conservaban en una carpeta aparte. Anda, que solo tenía seis años, avanzó aferrada a la mano de su padre por las estancias de ese santuario de la moda masculina más tradicional y elitista, un nuevo negocio del imperio familiar. «Daba mucho miedo. Un niño podía sentir que no era bienvenido allí», recuerda hoy Anda con un gesto incómodo.
Para los sastres, cuya habilidad innegable en el corte había hecho muy grande a la firma, aquel era un universo propio, inmutable al paso del tiempo; sumos sacerdotes para quienes las tijeras y una cinta métrica eran el cetro y la mitra que simbolizaban un poder que se trasladaba al exterior a través de la dignidad de los personajes que vestían sus trajes.
Casi 30 años después de aquella primera visita, Anda Rowland se hacía cargo de una empresa cuyo brillo empezaba a quedar velado por el polvo de las generaciones y un cierto aroma ‘demodé’. Su padre, el gran Roland Rowland, magnate de la industria minera, con inversiones en muy diferentes sectores, había comprado la famosísima sastrería Anderson & Sheppard a comienzos de los 70 por un capricho de dandy británico: le encantaban los trajes de esa firma y pensó que ser su propietario sería un toque de estilo tan distinguido como las vistosas corbatas a las que era adicto.
Después, no se preocupó más por el negocio, que siguió siendo un referente imprescindible para los exquisitos clientes que se acercaban a la calle Savile Row, espacio donde se ubican las más reputadas firmas sartoriales que trabajaban el ‘corte londinense’.
Pero no era una más. A partir de los años 30, la casa, fundada en 1906 por el sastre sueco Per Anderson, encontró en diplomáticos, políticos y actores británicos los mejores representantes para popularizar sus creaciones entre las élites europeas y, especialmente, norteamericanas. Si Cary Grant o Laurence Olivier vestían sus trajes significaba que todos en Hollywood querían uno.
Sin embargo, el ecosistema de Anderson & Sheppard siempre fue muy cerrado: su cartera de clientes era limitada y muy escogida, y nunca se planteó extender la reputación de la marca. Tenían todo el prestigio que necesitaban, no solo entre el público, también dentro del mundo de la moda. Muchos jóvenes preparados en las escuelas de diseño soñaban con la oportunidad de descubrir los secretos del corte sartorial en sus talleres.
Uno de ellos fue Alexander McQueen: a los 16 años, trabajó allí como aprendiz, hasta los 18, antes de volar por su cuenta y convertirse en diseñador estrella. Tom Ford y Ralph Lauren, ya consagrados, lo han visitado con frecuencia para observar en acción a John Hitchcock, todavía hoy director general y cortador jefe de la compañía, gurú entre gurús de este tipo de moda.
La muerte de Roland Rowland en 1998 no cambió nada, aunque generó incertidumbre. Continuaron intentando que el negocio sobreviviera a innovaciones y cambios de tendencias, atrincherados tras muros de paños e hilaturas. Salvo que los ingresos disminuían, mientras otras marcas, sin tanta tradición pero mucho más músculo empresarial, empezaban a ocupar su lugar.
Ralph Lauren intentó comprar la compañía por cinco millones de dólares, sin éxito. Poco después, los balances contables obligaron a hacer la mudanza: abandonaron el 30 de Savile Row, que Anderson & Sheppard había convertido en su templo desde los años 20, para trasladarse al número 32 de la vecina Old Burlington Street, un local mucho más pequeño pero con un alquiler más asequible. Josie, viuda de Rowland, pidió ayuda a su hija.
Graduada en la London School of Economics, Anda había construido su carrera como ejecutiva, primero en Esteé Lauder y luego en Perfumes Christian Dior. Nunca imaginó que aquel lugar que tanto le había asustado cuando era una niña iba a terminar siendo su gran desafío profesional. Dejó Dior y en 2004 fue nombrada vicepresidenta de la compañía, con labores ejecutivas.
El huracán Anda empezó a soplar de inmediato. Su objetivo: modificarlo casi todo. No había web ni ordenadores ni un control riguroso de la producción y las ventas. En el departamento de cuentas se acumulaban facturas sin cobrar por un valor de 600.000 euros. «Les resultaba embarazoso pedir el pago. Era poco elegante...», recuerda Anda.
Para empezar quiso rediseñar el nuevo local. Llamó a Jérôme Faillant-Dumas, cuya firma de interiorismo L.O.V.E., con sede en París, trabaja para clientes como Dior, Chaumet o Nina Ricci. El cambio de imagen transformó el viejo Anderson & Sheppard en un establecimiento exquisito, acogedor pero solemne, tan ‘british’ como siempre, con un giro simbólico: el taller, sancta sanctorum de la tienda, siempre oculto al cliente, se abrió al público.
Además, introdujo las nuevas tecnologías y se lanzó a captar nuevos clientes. Además, impuso un nuevo sistema de empaquetado: «Si alguien está dispuesto a gastarse 6.000 euros en un traje, espera que esté cuidado cada detalle», asegura Rowland. Con ese objetivo de modernización y difusión de la marca, acaba de editarse en Gran Bretaña el libro Anderson & Sheppard: A Style is born.
El resultado es que la firma de 106 años está obteniendo ahora los mayores ingresos de los últimos 20 años. Mr. Hitchcock sigue trasladándose a Clarence House para enseñar muestrarios y hacer pruebas a Carlos de Inglaterra. Tom Ford, Ralph Fiennes, Brian Ferry –lució un traje de la marca en su boda–, Calvin Klein o Liam Neeson no tienen tanta suerte y deben ir en persona a la tienda. Y siempre con cita previa, que, según el prestigio del cliente, será a las semanas o los meses. Inconvenientes de vestir un Anderson & Sheppard.