Una habitación de hotel, 20 minutos, un publicista y varios periodistas más acechando a la estrella. Así es un encuentro rutinario con una actriz de Hollywood. Y, a pesar del frío protocolo, de las prisas y del encorsetamiento propio del formato, en ese escenario, Meryl Streep exhibe la misma fuerza cautivadora que en la gran pantalla. 

Tiene fama de impuntual, pero cuando por fin entra por la puerta seduce a los presentes con una aparición tan apabullante, como refinada. Suele escoger modelos favorecedores, sencillos y nunca muy ajustados. Jamás se excede con el maquillaje ni con su peinado: le gusta lucir su melena rubia suelta o en un sencillo recogido.

Tiene 63 años y, aunque no los aparenta, su rostro tampoco pretende engañar a nadie porque siempre se ha negado a remediar el paso del tiempo a golpe de bisturí. «En Hollywood mucha gente piensa que estoy loca porque no me he hecho nada en la cara. No estoy en contra de la cirugía estética, pero simplemente no es para mí. Mucha gente la utiliza para cambiar sus vidas y cuando se operan siguen siendo igual de miserables», ha dicho.

Pero lo que más impacta de ella en las distancias cortas es un sentido del humor que utiliza, si procede, para reírse de sí misma, y una inteligencia que demuestra hablando con elocuencia de cualquier cosa, por sesuda, existencial o frívola que esta sea. Y todo, haciendo uso de su repertorio dramático: va del susurro a la risa histriónica en  segundos, usa pausas eternas para adornar de dramatismo su discurso y su mirada brilla al borde de la lágrima si algo le emociona.  

Superación de sus complejos 
A ella nunca le pareció un trabajo decoroso. Nació en Summit, Nueva Jersey, el 22 de junio de 1949, en el seno de una familia acomodada y de profundas creencias religiosas. Su padre, Harry, era un ejecutivo farmacéutico y su madre, Mary, una artista que, según su propia hija, estaba «completamente desequilibrada». 

Streep siempre describe su infancia como una época infeliz marcada por sus complejos. «Era fea, tenía un físico adulto en miniatura… Además, todos los que me rodeaban eran increíblemente neuróticos». Entonces, soñaba con ser cantante de ópera y aunque le atraía la farándula, no le parecía un oficio serio. «Me divertía actuar, pero no pensaba que fuera una forma digna de ganarse la vida. Tenía un estricto sentido de la responsabilidad». 

Pero eran los 60 y Streep se dejó impregnar por el espíritu de la década: con 21 años recorrió Europa haciendo ‘autoestop’ y hasta durmió a la intemperie en París. «Era una especie de ‘hippy’ que viajaba con una pequeña compañía de actores de Vermont en una Volkswagen. Llegó un momento en que me cansé de aquello, necesitaba encontrar un lugar donde se tomaran las cosas más en serio. No tenía un duro, pero conseguí una beca para estudiar arte dramático en Yale». 

Belleza y talento interior 
Con el título en la mano, hizo teatro en Nueva York mientras iba de audición en audición en busca de su primer papel en la gran pantalla. Pero no fue fácil. En su primer casting, el director Dino de Laurentiis la miró de arriba abajo y le espetó a su hijo en italiano. «Es fea. ¿Por qué la has traído?». «Siento haberle decepcionado», le contestó ella en italiano, dejando ojiplático al director. 

Aunque tenía carácter, su apariencia siempre la atormentó. «Mis hijas me han ayudado a dejar de preocuparme por mi aspecto. He desperdiciado muchos años pensando que no era lo suficientemente guapa o que me gustaría tener el cuerpo de Jessica Lange o las piernas de cualquier otra actriz. ¡Qué pérdida de tiempo!», confesaba en una entrevista en 2009. 

Pero su talento pronto salió a flote y los 80 fueron suyos: se peleó con Dustin Hoffman en ‘Kramer contra Kramer’ –y ganó su primer Oscar–, se enamoró de Robert Redford en ‘Memorias de África’ y demostró su don para el drama en ‘La elección de Sofía’, que le valió su segunda estatuilla. Entonces, ya era la mejor actriz de su generación.

Bette Davis le dirigió una carta para decirle que la consideraba su sucesora. Pero en 1989 cumplió 40 años y tuvo una revelación. «Recuerdo haberle dicho a mi marido: ‘Bueno, ¿y qué hacemos ahora? Porque esto, se ha acabado’». No podía estar más equivocada. Aún tenía que brillar en ‘Los puentes de Madison’ o ‘Las horas’. 

Pero, aunque ha logrado vencer los prejuicios de Hollywood contra las actrices de su edad y su filmografía es interminable, su prioridad siempre fue otra. «No puedo imaginarme sola. Hay gente que se engancha a la religión o a cualquier otra cosa. Yo estoy enganchada a la familia. Siempre supe que sería así si encontraba a la persona adecuada…». 

Tremendamente enamorada 
Y lo hizo. Ella y Don Gummer llevan casados 32 años y tienen cuatro hijos: Hank es músico, Mamie y Grace, son actrices y Louise está en la universidad. ¿El secreto? «Buena voluntad, estar dispuesto a ceder y... mantener la boca cerrada de vez en cuando». En estas tres décadas, es difícil encontrar una sola crónica que insinúe problemas entre ellos. Y eso, en Hollywood, es una excentricidad. «No sé qué haría sin Don. Estaría muerta sin él. Al menos, emocionalmente muerta. Don es el mejor».


Aunque se mudaron a Los Ángeles en los 90, el traslado no funcionó. A la actriz no le gustaba vivir en el epicentro del negocio. «No somos gente muy del estilo Hollywood», confiesa. Por eso, en 2001 hicieron las maletas de nuevo y se trasladaron a Nueva York. 

No eligieron un buen momento. Se instalaron solo dos días antes del ataque a las Torres Gemelas. Aquel 11 de septiembre era el primer día de colegio de su hija pequeña. Su autobús la dejó junto al World Trade Center. Durante 12 horas no supieron dónde estaba. «Fue aterrador», recuerda. 

Pero el susto no les ahuyentó. La familia vive en el barrio bohemio de Greenwich Village, aunque pasa largas temporadas en su casa de Connecticut, donde Streep presume de vida convencional: le gusta hacer yoga, leer poesía, escuchar música y hasta ejercer de ama de casa. «Intento llevar una vida lo más normal posible. Cuando tienes que planchar tú misma la ropa, es imposible ser una malcriada».

Cuenta su leyenda que, el día que iba a hacer el examen de acceso a la facultad de Derecho, no sonó el despertador y se quedó dormida. Lo interpretó como una señal y decidió estudiar Arte Dramático. La providencia sabía muy bien lo que hacía. Hasta la estadística, esa ciencia que tan poco sabe de arte y artistas, le ha dado la razón. Es la actriz con más nominaciones al Oscar de la historia: 17. Y el 26 de febrero podría llevarse a casa su tercera estatuilla gracias a su interpretación en ‘La dama de hierro’, en la que da vida a Margaret Thatcher. 

Han pasado 28 años desde que, luciendo un muy ochentero vestido de lentejuelas doradas, recibió su último premio. Pero, favorita o no, Streep acude cada año a la ceremonia, se acomoda en el patio de butacas y aplaude a la ganadora mientras la cámara enfoca su rostro y ella desempolva su entrenada sonrisa de elegante perdedora. «En la noche de los Oscar hay que mantenerse lúcida, tranquila y mentalizarse de que puedes regresar a casa con las manos vacías». Con o sin premio, en casa le espera el auténtico éxito.

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