Julio Iglesias ha logrado lo que muchos no se atreven ni a soñar.Camino de los 67 años, ya no le impresiona el baile de cifras que alimenta su currículo. Él sabe que cada minuto, en cualquier rincón del mundo, suena una canción suya. Da igual que se encuentre a bordo de un taxi en El Cairo o que visite la aldea más pobre de Brasil. Es el hilo musical del mundo.

Hoy Corazón: Ha vendido casi 300 millones de discos, por eso se permite el lujo de grabar cuando el cuerpo se lo pide...

Julio Iglesias: Que suele ser casi siempre (sonríe). No sé vivir sin esto. Cantar sigue siendo mi droga favorita. Lo seguiré haciendo aunque sea sentado en una silla encima del escenario. Solo le pido a la vida que me dé el privilegio de vivir mucho más tiempo.
H.C.: Pero la vida ya no es igual, Julio...
J.I.: Soy consciente de ello, pero, en el fondo, yo sí sigo siendo el mismo. Han cambiado mis circunstancias, las cosas y personas que me rodean, pero yo no, al menos eso creo... Sigo siendo tan feliz como antes, o más incluso, y tengo más ganas de vivir cada día porque, a mi edad, lo único que necesito es tener más vida para disfrutarla con mi familia. Soy una persona normal, de 67 años, terriblemente trabajador y con el privilegio divino de ser creativo y de tener la fuerza capaz de reunir a muchos países en una misma opinión sobre mí. Soy un hombre de la calle, del pueblo, llevo una vida totalmente normal y, aunque a mi alrededor reúna a un conjunto muy numeroso de gente, vivo sencilla y simplemente.
H.C.: ¿La vida le está dando una segunda oportunidad?
J.I.: ¡No tengas ninguna duda! Desde que conocí a Miranda comencé a ser un hombre nuevo, diferente. Atrás se quedaba una vida más dedicada a mi trabajo que a mi familia, una vida que no me salió del todo bien, así que tenía que cambiar de registro si no quería volver a fracasar. Miranda siempre me ha entendido muy bien y con ella estoy disfrutando de cosas que antes no supe saborear.
H.C.: Quizá estaba más preocupado de los escenarios que de sus hijos...
J.I.: Es cierto. Y con la perspectiva que da el tiempo, veo los errores que he cometido. Disfruté de mis hijos mayores, pero de una manera menos intensa de cómo lo estoy haciendo ahora. También es cierto que mis circunstancias son diferentes.
H.C.: ¿Y sus prioridades?
J.I.: Esas siguen siendo las mismas, pero me esfuerzo más por hacerlas compatibles y que no vayan en detrimento unas de otras. Cantar sigue siendo mi vida, todo lo que soy se lo debo al público y a los escenarios, pero creo que ya he hecho historia, así que debo implicarme con intensidad en la educación de mis hijos.
H.C.: ¿Tiene la sensación de haber perdido etapas importantes en su vida?
J.I.: ¡Con los tres mayores, sin duda alguna! Pero siempre supieron que yo estaba para echarles una mano. Es cierto que vivieron mucho mis ausencias, pero estaban bien cuidados y tenían a sus padres para lo que necesitaran. Sus circunstancias fueron muy distintas a las que ahora viven los pequeños, que disfrutan más de su padre porque vivimos todos juntos.
H.C.: ¿Vuelve la vista atrás para no cometer los mismos errores?
J.I.: Tengo muy presente todo lo que he vivido, no soy un insensato. Pero ya no hay remedio para las ausencias de aquel momento.Tanto su madre como yo tomamos las decisiones que considerábamos más acertadas para su seguridad y crecimiento. De nada vale lamentarse. Mis hijos mayores y yo, contra todos los rumores, nos queremos y hablamos. Ellos saben que hicimos lo mejor y no hay reproches.
H.C.: ¿Se le cae la baba con Enrique o le tiene 'pelusilla'?
J.I.: Llevo años oyendo eso de las diferencias entre padre e hijo, de unas malas relaciones entre nosotros, de celos profesionales... ¡En qué cabeza cabe que no me sienta orgulloso de los éxitos de Enrique! Ante todo, es mi hijo, aunque tengo que reconocer que encima del escenario, las cosas cambian. Ahí todavía tiene que demostrar que es mejor que yo.
H.C.: ¿El paso de los años le ha hecho mejor padre?
J.I.:
Ahora soy un padre más profesional, un padre que le dice más ‘síes’ que ‘noes’ a sus hijos. La vida también te enseña a mejorar en este terreno. Ahora soy un padre menos culpable, más consciente, pero con el mismo amor por todos mis hijos.
H.C.: ¿Con ocho basta?
J.I.:
(Carcajada) ¡Quién sabe! Los hijos son el resultado del amor y a Miranda la amo profundamente. Cada hijo es el fruto de ese amor.
H.C:. ¿Disfruta ahora de ellos de otra forma?
J.I.:
Sí, pero son las circunstancias de la vida, ya lo hablábamos antes. Miranda me recuerda permanentemente todo lo que hacen en cada momento, me los pone más al teléfono. Y eso me hace mucha ilusión. No hay día en el que yo llame a mi casa, sea la hora que sea, y no tenga la voz de mis cinco hijos juntos al teléfono. ¡Jamás! Y eso hace que me sienta muy bien.
H.C.: ¿Eso le ayuda a tener menos mala conciencia?
J.I.:
Lo que sí puedo decir es que estoy viviendo el sentido de la paternidad con otra intensidad, porque la vida familiar que ahora llevo es muy diferente a la vivida en mi matrimonio con Isabel. Mis circunstancias profesionales actuales nada tienen que ver con las que tenía 30 años atrás. Además, desde que conocí a Miranda, mi vida personal entró en una etapa de tranquilidad, de reposo emocional absoluto. Ya había vivido todo lo que necesitaba, así que tenía que iniciar otra etapa que me diera la paz que ahora disfruto.
H.C.: ¿Pesan las renuncias?
J.I.
: ¡No sabes cuánto! Yo en su día renuncié a mi familia, a vivir viendo crecer a mis hijos mayores. Y, a cambio, escogí ir continuamente de giras, dormir cada día en una ciudad distinta, moverme de avión en avión... Elegí una vida de locos, que ha sido la mía durante los últimos 30 años o más. Por eso un día decidí parar y dar prioridad a mi entorno personal y familiar