¿Qué haría una mujer que sospecha que su marido la engaña? Probablemente, le preguntaría y observaría si él la mira demasiado fijamente al sostener su inocencia, si se retuerce las manos o si su tono de voz se ha vuelto más agudo. ¿Qué haría una niña de cuatro años que quiere una galleta? Mientras coloca una silla para alcanzarla, miraría a su madre para ver si mueve la cabeza con desaprobación.

Estas dos escenas pueden parecer muy distintas, pero ambas muestran cómo está configurado el sistema operativo del cerebro femenino: la empatía y la capacidad para leer el lenguaje corporal están instaladas en lo más profundo de nuestra mente, junto con otras características tradicionalmente “femeninas”: el deseo de mantener la armonía familiar, el “cerebro maternal”, la fluidez verbal y, sí, hasta la necesidad de ir al baño en grupo.

Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro de la mujer era una versión defectuosa y más pequeño del masculino (pesa un 10% menos, cierto, pero tiene el mismo número de células); después, el feminismo defendió que las presuntas taras eran producto de la educación machista. La verdad está en algún punto intermedio. El “cableado” básico del cerebro y el flujo y reflujo de las hormonas determinan en parte nuestro comportamiento (lo mismo les sucede a ellos, por otra parte) y la educación recibida refuerza o atenúa estas tendencias. El resto pertenece al amplio campo de la libertad personal.

“Las mujeres ven el mundo de un modo diferente. Si tomaran conciencia de esas diferencias, podrían manejar mejor sus vidas”, afirma la psiconeuróloga Louann Brizendine en su libro “El cerebro femenino” (RBA), uno de los dos títulos que están a punto de publicarse en España para intentar arrojar luz sobre este asunto. El otro, “El sexo del cerebro” (Temas de hoy), ha sido escrito por el neurólogo Francisco Rubia. “Las diferencias establecidas científicamente –afirma este autor– son la mayor fluidez verbal femenina y la mejor capacidad visuoespacial masculina. También se sabe que los hemisferios cerebrales están más interconectados en la mujer y se han detectado diferencias en el razonamiento matemático (mejor en ellos) y la memoria verbal (en ellas)”.

Primera infancia

Para comprobar que chicos y chicas no son iguales no tenemos más que observarlos en la niñez, cuando el ambiente aún no les ha determinado del todo. Las pequeñas se fijan más en los rostros y aprenden antes a reconocer expresiones y tonos de voz. Sus centros del lenguaje están más desarrollados: empiezan a hablar antes y tienen más vocabulario. Las niñas han nacido para relacionarse y comunicarse con su entorno. Según Brizendine, esto se debe a que, en tiempos prehistóricos, su capacidad para detectar un tono o un gesto de amenaza podía salvarles la vida. Por eso mismo tienden a evitar los conflictos (si otra niña se enfada en un juego preferirá marcharse a iniciar una pelea) y a colaborar en lugar de competir. Pero esto no implica que no sean agresivas: su meta es crear un pequeño mundo en el que ellas sean el centro, un complejo de “abeja reina” que no existe en los chicos.

La realidad de las mujeres, en resumen, orbita en torno a la emoción y el lenguaje: tienen un 11% más de neuronas en los centros del lenguaje y el oído y su hipocampo (hogar de la emoción y la memoria) es mayor. Además, las hormonas transforman esta realidad periódicamente, según la fase del ciclo menstrual. Los hombres, por su parte, cuentan con un espacio 2,5 veces mayor para el impulso sexual y con áreas más grandes para la acción y la agresividad.

Pero, ¿cómo afecta ese “sistema operativo” a nuestra conducta? Pongamos un ejemplo: cuando una mujer sale a ligar, suceden muchas cosas sin su permiso. Tal vez ni siquiera le apetecería salir si no estuviera en la segunda semana de su ciclo, cuando es más fértil y el estrógeno que inunda su organismo la impulsa a ser más sociable. Si conoce a alguien, su subconsciente buscará señales que indiquen que es un macho sano, genéticamente apto y con recursos para proteger a su prole. Así, es más probable que se sienta atraída por un hombre con ambas partes del cuerpo simétricas (signo de que no hay taras genéticas) y más alto y mayor que ella (tres años y 10 cm de media).

Si todo encaja, su cuerpo liberará dopamina (hormona del placer) y testosterona (la del deseo sexual). Los lectores masculinos no deben mirar esta actitud con condescendencia: ellos también buscan signos de fertilidad, instinto maternal y fidelidad (para asegurarse de que los hijos son suyos) en ellas. Además, es más probable que él tome la iniciativa y que ella sea más reacia a consumar la relación (según la Encuesta de Salud y Hábitos Sexuales del Ministerio de Sanidad y Consumo, el 21,6% de los hombres tienen más de 10 parejas sexuales, frente a un 4,1% de mujeres).

De nuevo, la pequeña neandertal que vive en su interior le dice que no se embarque alegremente en una aventura que podría implicar nueve meses de embarazo y años de cuidar niños. Otras actitudes típicamente femeninas también tienen explicación neurológica. Por ejemplo, ellas tienen más habilidad para “morderse la lengua”, algo que debía de ser muy útil para no perder, en un arrebato de ira, la protección de su compañero. También tienen más memoria emocional: recuerdan broncas y aniversarios con todo detalle. De nuevo, esto servía para ponerlas un paso por delante de posibles amenazas.

Los hombres sólo recuerdan eventos emotivos cuando los asocian a un peligro físico. Ya sabes: si quieres que tu pareja recuerde tu cumpleaños, pégale con un objeto contundente en fecha tan señalada. De todas formas, estas habilidades nuestras tienen su lado negativo: sufrimos más estrés por las pequeñas cosas y nos deprimimos tres veces más que ellos. Para complicar más las cosas, nuestro cerebro no sólo cambia con la menstruación. También sufre tres grandes temporales a lo largo de su vida: la pubertad (el único que ellos conocen en primera persona), la maternidad y la menopausia.

El cerebro maternal

La maternidad cambia a las mujeres para siempre. Y no nos referimos a las estrías. El cerebro se transforma desde la segunda semana de embarazo, las hormonas trabajan 24 horas para formar al nuevo ser y mantener relajada a la madre, y la atención de la mujer se vuelca casi exclusivamente en la seguridad del bebé. Incluso es normal que se cuestione la aptitud de su pareja como padre y que muchas parejas pasen por una crisis cuando tienen hijos.

La madre se vuelve capaz de reconocer el olor y los llantos de su hijo (con un 90% de fiabilidad) y el instinto protector se instala en su mente. El estallido de hormonas que genera el bebé es muy similar al del enamoramiento... Una dependencia que sólo se afloja, ligeramente, en la menopausia. ¿Y por qué? Porque al acabar la edad fértil de la mujer, se atenúan sus “circuitos de protectora”. La pequeña neandertal deja de exigir que seamos las fuentes de la armonía familiar y las responsables de la prole, y nos permite centrarnos en nosotras mismas. Así, muchas mujeres pueden, por fin, centrarse en carreras y aficiones que siempre se han sentido obligadas a postergar.

Curiosamente, ésta es la fase de la vida femenina menos estudiada por la ciencia. Pero, dado que representan casi el 20% de la población española, es probable que las cosas cambien.

¿VERDADERO O FALSO?

1. Las mujeres son más inteligentes.
Louann Brizendine: Ambos tienen, como media, el mismo cociente intelectual, pero ellas poseen un IQ emocional más alto.
Francisco Rubia: No existen pruebas científicas que lo confirmen.

2. Las mujeres hablan demasiado.
L.B.: Lo necesario para mantener sus relaciones personales y sociales. Han sido el “pegamento” de la comunidad a lo largo de millones de años.
F.R.: Es cierto; son más sociables y más fluidas en el lenguaje.

3. Las niñas aprenden a hablar antes y son más sociables.
L.B.: Sí. A los 20 meses, tienen mucho más vocabulario y más compañeros de juegos.
F.R.: Es cierto.

4. Los niños pelean para solucionar desacuerdos. Las niñas se “castigan” con psicología.
L.B.: Sí, los chicos usan la agresión física más a menudo. Ellas pueden ser malas con otras niñas iniciando rumores o hablando mal de ellas.
F.R.: Hay pruebas que relacionan la violencia con los niveles de testosterona, pero la mujer produce también esta hormona (al igual que el hombre estrógenos). La cantidad es importante.

5. Las chicas maduran antes que los chicos.
L.B.: Si, de uno a dos años como media.
F.R.: Cierto.

6. Las hormonas controlan a la mujer, sobre todo en el embarazo y la menopausia y antes del periodo.
L.B.: La frase correcta sería: “Las hormonas nos afectan a todos”. Las hormonas influyen en la mujer, pero no la controlan más de lo que la testosterona controla al hombre.
F.R.: Obvio.

7. Hombres y mujeres son parecidos: el problema es que nos educan de forma diferente.
L.B.: La biología, las hormonas, los circuitos cerebrales, la genética y el ambiente y educación modelan los cerebros de todos e influyen en nuestro comportamiento.
F.R.: Los factores psicosociales son importantes, pero no pueden negarse los hormonales y genéticos.

8. Las mujeres son peores al volante y leyendo mapas.
L.B.: Algunas sí y otras no... Igual que ellos.
F.R.: La visuoespacialidad está más desarrollada en el hombre, por la mayor bilateralización del lenguaje en la mujer en ambos hemisferios (ocupa regiones que se encargan de esta capacidad).

9. Los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez.
L.B.: Las mujeres son más “multitarea”, quizá porque su cerebro usa los dos hemisferios mucho más que el masculino.
F.R.: No hay base científica para ello.

10. Ellas se deprimen más y son más débiles psicológicamente.
L.B.: Sí, se deprimen más a partir de la pubertad. Sucede en todas las culturas.
F.R.: La depresión les afecta más a ellas, pero de ahí no se puede deducir que sean más débiles.

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