Entre la saludable sonrisa de octubre y la fatiga extrema de abril media una fecha: la de su boda. En el paso de Kate Middleton a Catalina de Cambridge, la esposa del príncipe Guillermo se dejó unos cuantos kilos y añadió a su look ojeras y palidez. Una transformación achacable a su cambio de vida, pero también a la responsabilidad de vestirse de blanco ante familia, amigos y unos cuantos millones de personas.

Las próximas candidatas a dejarse la piel y la lozanía en sus respectivas bodas son Charlene Wittstock y la otra Kate (Moss). Sin embargo, las famosas no son las únicas que sufren de estrés prenupcial. Aunque a nuestra boda no asistan jefes de Estado o estrellas del pop, casarse activa una maquinaria que se prolonga durante meses y que, si no gestionas con humor, puede convertirte en una auténtica esclava del “día más feliz de tu vida”. casting ideal.

La psicoanalista Mariela Michelena identifica dos factores clave para este estado de nervios. “Una boda es la puesta en escena de un gran espectáculo, en el que la mujer asume todas las tareas: ella es la actriz principal, la productora, la directora… Y quien hace el casting: la mujer ha elegido al novio y la madrina, a los pajes, también el catering y las localizaciones.

Por tanto, resulta normal que la novia sienta que en última instancia es ella la que tiene la responsabilidad, por mucho que delegue ciertas tareas en los demás”. Michelena añade al cóctel la causa clásica: el miedo. “Se suma la angustia normal y natural del paso que supone casarse, independientemente de la experiencia anterior de la pareja.

Incluso si llevan juntos muchos años, si han convivido o hasta tienen hijos en común, no es igual estar casado que no estarlo.
Dar el paso es proclamar en público un compromiso, aunque después dure lo que dure: pero una boda hace partícipe a toda la comunidad de pertenencia de esa decisión, y ese compromiso produce vértigo”.

Las 10 pesadillas de una novia (o aquello que no te dejará dormir hasta el día de tus sueños)

Tu madre y tu suegra.

Lidiar con ellas exige un ejercicio de diplomacia.

 Los convidados de piedra.

¿Quién es esa pareja de desconocidos? Eliminar de la lista a los clientes de tu suegro será un quebradero de cabeza.

Los invitados mudos…

¿Por qué Fulanito lo confirma todo en Facebook, y a mí no me responde? ¿Tanto han crecido sus hijos como para no cenar ya filete con patatas?

…y los que matan callando.

Anota rencillas familiares para la configuración de las mesas: es decir, sufre un rato para que los demás lo pasen bien. (Y fracasa, porque siempre hay alguien que se queja).

El formato
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El escuadrón maternal responde a tu deseo de intimidad con un “es que un día es un día”, y no hay más que hablar.

El tamaño sí importa…


Está tu gente, la de tu chico y la del de más allá: una conjunción de factores que te eleva a boda del siglo. ¿Descartas a esa amiga del colegio a la que tampoco ves tanto o a la vecina de toda la vida?

 …y la cuenta final también.

Tu boda no la pagan los invitados. Estima, suma, desmiente el tópico y lamenta ese gasto imperceptible pero carísimo, que quizás te deje sin vacaciones en tu primer año de casada.

Los kilos de más (y de menos).
¿Casarse Implica alimentarse solo de las pruebas de menú? El estrés te servirá como dieta milagrosa, pero no te obsesiones: te casas, no te disfrazas.

Obsesión por la originalidad. Música especial, traje especial, menú especial... Todo aquello que nadie notará y tú mimarás hasta el delirio.

Las dudas de última hora. Realmente, ¿es el hombre de tu vida?