Fukushima. Sobrevivir en la ciudad fantasma

  • Mari tiene 28 años y un hijo de dos. Vive a 25 kilómetros de la central de Fukushima y se niega a dejar su casa. Junto a otros supervivientes, intenta recobrar la normalidad a pesar del tsunami y la fuga nuclear.

A Mari Takakura le gustan las camisetas impresas y los super héroes japoneses. No hay más color en su vida. Sus vecinos y amigos se han ido. En las calles, unos pocos transeúntes deambulan con una máscara blanca sobre la nariz. La mayoría de las tiendas están cerradas, así como los hospitales y las escuelas. No es agradable vivir en Minamisoma, una ciudad de 70.000 habitantes situada a 25 kilómetros de la central de Fukushima, dentro de lo que ahora es la zona de exclusión marcada por las autoridades japonesas. “Si me quedo aquí, es más por necesidad que por elección –admite la joven de 28 años–. No podía permanecer lejos de mi casa para siempre”.

El 14 o el 15 de marzo (no lo recuerda exactamente) emprendió la huida junto con su compañero y su hijo, mientras las explosiones se sucedían en los reactores 2 y 3 de la central. “Todo el mundo salió de la ciudad al mismo tiempo, sentíamos pánico y no había casi combustible, pero nosotros teníamos prioridad en las gasolineras porque escapábamos de la zona más peligrosa”.

Mari aterrizó en la casa de su hermana en Saitama, al norte de Tokyo. Sin embargo, el exilio se volvió pronto insostenible. “Me quedé sin dinero, pero no podía trabajar porque nadie podía cuidar a mi hijo. Entonces llamé a mi madre, que vino a recogerme”.

En la zona de exclusión Mari es vendedora en el autoservicio de sus padres, uno de los pocos que siguen aún abiertos. “Tenemos clientes permanentemente, no nos detenemos nunca –sonríe–. No he tenido tiempo de reponer los víveres, ni de hacerme el test de radiactividad en un centro municipal”.

Sin televisión, para evitar el miedo

Mari se encuentra sentada en su sofá, en un pequeño piso del centro de la ciudad. Ryuto, su hijo de dos años, está aburrido. “No sale prácticamente nunca”, justifica su madre.

La ciudad de Minamisoma se encuentra en el corazón de la zona de exclusión. Las autoridades han pedido a los habitantes que viven en un perímetro de 40 kilómetros que se encierren en sus casas todo lo posible y que lleven máscaras y sombrero cuando salgan. “Así que, al final, el niño suele quedarse en el apartamento con mi madre”.

Pero hoy Mari hace una excepción y accede a llevar a Ryuto a jugar unos minutos al parque, cerca de su casa. El niño está exultante, pasa del tobogán a los columpios y su pequeña máscara se desliza. Al final se la quita. “Ahora nos vamos”, dice su madre. “No, yo me quedo”, replica el niño. Una escena de la vida cotidiana que aquí adquiere una dimensión dramática. La central nuclear se encuentra muy próxima. “Intento no pensar en ello y he dejado de ver la televisión”, explica pausadamente, con un fatalismo absolutamente japones. “De todos modos, ¿qué puedo hacer yo?”.

Sin embargo, tampoco se puede decir que Mari sea del todo inconsciente: sigue bebiendo agua del grifo, pero a su hijo solo le da agua mineral. “La radiactividad en el agua descendió a niveles aceptables, pero nunca se sabe”. Además, cada noche frota cuidadosamente el cuerpo y los cabellos de su niño para eliminar partículas radiactivas.

1.500 desaparecidos en el tsunami


El primer ministro japonés Naoto Kan solicitó a los habitantes de la zona de exclusión que abandonaran el lugar por propia voluntad. No por el riesgo de radiación, sino porque hacer la compra o conseguir medicamentos se ha acabado convirtiendo en misión imposible. Más de dos tercios de la población de Minamisoma se han marchado ya. De los 70.000 habitantes de la ciudad, 1.500 se encuentran desaparecidos tras el tsunami y cerca de 50.000 han sido evacuados.

El 12 de marzo, al día siguiente del seísmo, se estableció una zona de exclusión a lo largo de un radio de 10 kilómetros en torno a la central y 20.000 vecinos fueron desalojados de sus casas. Los que confiaban poder rescatar algunas cosas antes del exilio fueron bloqueados por policías equipados con máscaras de gas y un mono integral.

Un día después, el perímetro se extendió hasta los 20 kilómetros en torno a la central. “Había tantos atascos en la carretera que tuve que esperar a la mañana siguiente para marcharme”, recuerda Takashi Shibaguchi, uno de los evacuados. Con su hija de cuatro años vive –o mejor dicho, sobrevive– en el gimnasio de una escuela primaria convertida en centro de refugiados. “Lo más duro es el aburrimiento y el hecho de que mi hija Nana no pueda salir a la calle”, dice sentado sobre una manta.

Una visita diaria por sus caballos La “zona roja” que rodea la central nuclear de Fukushima ocupa ya un perímetro de 40 kilómetros, que de ahora en adelante son territorio prohibido. Al menos oficialmente. Hasta los policías y los militares evitan aventurarse por ese territorio. Esa es la razón de que Koji Arashi, el encargado de una tienda que vende alcohol, se ofreciera como agente en una de las patrullas vecinales que vigilan el perímetro prohibidos para “evitar los robos y alimentar a los animales abandonados”.

En el perímetro de exclusión no hay barricadas que impidan el acceso, solo una débil barrera que rodear, así que algunos coches van y vienen a través de esa frontera tan permeable. La zona prohibida está desierta. Vuela una bolsa de plástico y el polvo se arremolina. Parece el lejano Oeste en el país del Sol Naciente. Las primeras casas se encuentran vacías pero absolutamente intactas. Más lejos, algunas están fisuradas y otras se han derrumbado.

Al alcanzar la costa del océano Pacífico, todo es un vasto campo lleno de barro y de escombros, ya que el seísmo y el tsunami golpearon con fuerza también esta zona.
Según la policía, más de 1.000 cuerpos –presuntamente irradiados– se encuentran aún bajo los escombros en la “zona roja” sin que nadie venga a recuperarlos. Al volante de su coche, Koji se cruza con un joven que se encuentra evaluando la amplitud de los destrozos. “Por supuesto que me preocupa la radiactividad –explica Issei–, pero estoy sin noticias de un amigo desde hace tres semanas. Quería pasar un momento por su casa, necesito saber si está vivo o muerto”.

Pocos vecinos se arriesgan a regresar a la “zona roja” para entrar en su casa, recuperar algunas cosas o tener noticias de un allegado.
Shinichiro Tanaka entra todos los días para intentar salvar a sus caballos. Tuvo que abandonarlos durante dos semanas después de la evacuación. Cuando finalmente pudo regresar, cinco animales habían muerto de hambre. “Si los otros se mueren, yo también me muero”, explica mientras les da de comer.

Adam Marlatt, un norteamericano de la ONG Global Dirt, midió una tasa de radiactividad del orden de 150 milisieverts por hora. Un récord. “Aún a dos kilómetros de la central no se alcanzaba este nivel –asegura mientras mira su contador fijo en la zona en rojo–. Con cifras semejantes, las autoridades deberían considerar la necesidad de evacuar a toda la población”.

“Aquí nací y aquí tengo la intención de morir”

De regreso en la zona de exclusión, descubrimos que los militares japoneses ya han comenzado a ir puerta por puerta para preparar a los habitantes para una nueva evacuación en el supuesto de que la situación de Fukushima se degrade aún más. En equipos de dos, tratan de averiguar quiénes están en condiciones de partir por sus propios medios y quién necesita ayuda.

A lo largo de su recorrido, los soldados se topan con Masaharu Haneda, un empleado de Tepco que trabajaba en los reactores 5 y 6 en el momento del seísmo. “Estaba en la pausa para fumar cuando todo comenzó a sacudirse. A duras penas me mantenía en pie. Miré hacia la montaña y el bosque se hundía”.

¿Está dispuesto a retomar su servicio en la central?

“No antes de seis meses –responde–, y eso si la radiación se calma. Pero sé que no habrá una explosión, esto no tiene nada que ver con Nagasaki ni Hiroshima. Me quedaré aquí suceda lo que suceda. Aquí nací y aquí tengo la intención de morir”.