Sobre pobres, no-pobres e infelices

  • Ser pobre es un hecho grave que sin embargo no toman en serio quienes no lo son y nunca lo han sido

Auto compadecidos y anestesiados por la máxima “el dinero no da la felicidad”, los no-pobres (pero no ricos. Los ricos y sus problemas escapan a mi preocupación) esperan que los pobres se consuelen interiorizando la idea de que es imposible adquirir la placidez existencial mediante la tarjeta de crédito.

A menudo suele ignorarse que la pobreza es mucho más que no tener dinero. La pobreza es un estado de privación material, psicológica y hasta espiritual, que se deriva de la carencia misma de medios económicos.

Los no-pobres olvidan que los que sí lo son afrontan diariamente situaciones ante las cuales sus recursos (de tiempo, de dinero, de energías, etc.) son insuficientes. Los pobres suelen vivir sobrepasados y de continuo tensionados bajo una espada de Damocles que gravita sobre su vulnerabilidad. Muchas de sus afecciones físicas y/o psicológicas son de etiología socioeconómica. La pobreza enferma (hasta el alma). Así ha sido a lo largo de la Historia y así continúa siendo en la actualidad.
 
Los pobres, cuando no han tirado la toalla (gesto humano que muchos no-pobres también efectúan sin que nadie les reclame actitudes heroicas), se esfuerzan mucho consiguiendo poco o muy poco a cambio de un profundo desgaste personal. Y esto supone cronificar insanamente un nivel de autoexigencia y frustración difícil de tolerar a medio y largo plazo. Sin embargo los no- pobres esperan de los pobres un ánimo hercúleo frente la adversidad, como si la pobreza otorgase a quien la padece una suerte de inagotable fuerza interior, o como si aquélla conllevase la obligación moral de luchar hasta quedar exhausto. Seamos justos, los pobres son pobres y no tienen por qué ser héroes además de pobres.

El dinero no da la felicidad…es cierto, pero tampoco la infelicidad. Si se tiene dinero y se es desgraciado (que no es lo opuesto a ser feliz ya que entre ambos extremos caben situaciones intermedias) es evidente que el origen de la desdicha no se encuentra en el dinero, sino en otra parte. Ahora bien, ser pobre y feliz constituye un magistral ejercicio de equilibrio emocional propio de iluminados. Y es que los pobres, como el resto de los mortales, también tienen necesidades que van más allá de la mera supervivencia. Poseen deseos, sueños, ilusiones y expectativas como cualquiera.


Los no-pobres suelen quedarse tranquilos, vacíos de espíritu y anchos de comodidad (que dijera Gloria Fuertes) abrazando la malintencionada y muy extendida idea de que los pobres - debido a su situación - tienen pocas necesidades o bien menos necesidades que los no-pobres. No es cierto. Todos los seres humanos estamos hechos de la misma pasta y todos guardamos diferentes clases de anhelos en el corazón. Además, no debe olvidarse que los pobres no sólo desean para sí mismos sino también para sus hijos, y desde luego, no se es feliz viendo a los hijos sufrir privaciones. No se es feliz estando obligado a negarles casi todo y, evidentemente, no se es feliz no pudiendo cubrir sus necesidades básicas.

La cotidianeidad de los pobres es lo que los no- pobres denominan malas rachas: el padecimiento temporal de estrecheces económicas o bien el tránsito por etapas durante las que no es posible satisfacer necesidades concretas. Una mirada de cerca a la realidad de los pobres, a su dilatado presente de escasez, permite advertir su vulnerabilidad, su permanente exposición a contratiempos que agravan su fragilidad, y que en ocasiones, les precipitan a una espiral descendente difícilmente reversible. Si el dinero llama al dinero, las deudas llaman a las deudas. Escapar de la pobreza no es fácil. La pobreza es una poderosa red de cortapisas que aprisiona a sus víctimas en una maraña capaz de atrapar varias generaciones de una misma familia (¿o de verdad alguien cree que sus calamidades se deben a que son menos hábiles e inteligentes que los no-pobres?).

En una sociedad opulenta y consumista como la nuestra, ser pobre es humillante e indecoroso. Ser pobre chirría en el conjunto orquestado de frivolidad y autoengaño que componen los no-pobres y los que viven por encima de sus posibilidades, conjunto ante el cual muchos pobres esconden o disimulan su pobreza desdibujando, no sólo por orgullo o dignidad, los perfiles de su escasez. Quizá este sea el motivo de que “no veamos” a los pobres que habitan entre nosotros, cuyo número alarmante (sobre todo de mujeres) se empeñan impertinentemente en difundir las organizaciones comprometidas con los “económicamente débiles” (eufemismo que estas organizaciones no utilizan pero que ha sido inventado por estetas de la sociología para moderar el disonante significado de términos como pobreza o pobres en el contexto de una sociedad presuntamente rica).

Los pobres - cuando moral o materialmente pueden hacerlo- enmascaran ya sea de forma consciente o inconsciente su pobreza. Lo hacen para no verse socialmente rechazados ni castigados por la insensibilidad ajena. Temen que si los no-pobres, seducidos por el fulgor de bisutería que exhibe la sociedad de consumo, se percatasen de sus estrecheces, lejos de ayudarles pondrían distancia como si fueran apestados, les negarían empleo, consideración, relaciones sociales, afectivas, etc.

Se trata de miedos infundados en algunas ocasiones y no en otras, pero siempre construidos sobre el muy cuestionable basamento ético del capitalismo y de una cultura en la que el tener y el ser mantienen entre sí una perversa analogía de atribución.

Los pobres no gustan. Resultan irritantes e inconvenientes. Se diría que incluso dan miedo. Son un espejo de los temores de los no-pobres, de las penurias que no quieren vivir, y el recordatorio de que les sobra aquello que otros necesitan y no están dispuestos a ofrecer (y también de la amenaza de que se les pida).

Todos sabemos que en España hay pobres, varios millones de pobres, pero cada navidad les restregamos cruda y ofensivamente nuestro despilfarro porque…la vida es así. Ea, cada cual a vivir lo que le toca. Cuando el cerebro sea furtivamente atravesado por un pensamiento sobre la pobreza y sus víctimas siempre cabrá opinar que teniendo dinero en el bolsillo tampoco nosotros somos felices: ¿Por qué demonios, entonces, tendrían que dejar de ser infelices los pobres?.

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