Pertenezco a una generación en la que en ocasiones tener una buena casa, un buen coche o viajar a lugares exóticos prima sobre la posibilidad de tener un hijo y no digamos ya dos o tres.

Yo tengo dos chicos y tuve la osadía de tenerlos muy seguidos. Mi marido también quiso que fuera así para que crecieran compartiendo juegos y emociones. Cuando mi hijo pequeño tenía tres meses, Juan tuvo que cambiar de trabajo.

Ha estado dos años en una multinacional del mundo del motor entregado en cuerpo y alma al nacimiento de dos coches. Toda la familia hemos sufrido mucho debido a sus ausencias y yo he tenido que hacer de padre y de madre.

Aunque mi cuenta ahora esté más saneada que antes, nada puede compensar la carita triste de Lucas preguntando si ese día vería a su papá.

En la actualidad, Juan ha terminado el proyecto y ha recuperado su vida familiar y también social. No me

Pablo
no se despega ni un momento de él, supongo que a sus dos añitos teme perderlo de nuevo.

Es por ello que hago esta reflexión, lo que de verdad importa, y no tengáis ninguna duda de que los excesos en lo material no proporcionan la felicidad. Tan sólo es el ideal que el consumismo desmesurado nos ha hecho creer.

Si podeis disfrutar al máximo de los pequeños detalles del día a día, hay que trabajar para vivir y no al contrario.

Viviremos experiencias futuras pero las presentes, si las perdemos, no las podremos recuperar.  Sed felices.

Elena .Zaragoza


Si quieres opinar sobre el tema planteado, entra en nuestro Club de Amigas

Envíanos tu carta,columna o artículo a redaccion@hoymujer.com