Adriana Ugarte: "Quiero morirme en un teatro"

Adriana Ugarte posa con su perrita Peache Adriana, que posa junto a su perrita Peache, lleva un vestido de Max Mara y joyas de Dior Jewellery. El mobiliario es ...

Con 'La señora', descubrimos que los personajes de época le sientan como un guante. Mientras llega la adaptación de “El tiempo entre costuras”, vuelve al teatro con Carlos Saura y presenta la película “Combustión”. Nuevos registros para una actriz que es puro instinto. 

¡Qué hambre tengo!”, exclama de repente Adriana Ugarte (Madrid, 1985), en mitad de una respuesta. “Es que he salido temprano y solo me he tomado un yogur en casa”, se justifica riendo. Comer es una de las cosas con las que más disfruta esta actriz, no muy alta y de mandíbulas y labios perfectos, que llega en vaqueros, sin maquillar, algo despeinada. En realidad, no es tanto la comida, como deleitarse con las pequeñas cosas de la vida: una cervecita con los amigos, un té con una tarta de zanahoria a media tarde un día de fiesta, pasear por el campo con sus perros...

Precisamente acaban de llegar al estudio con ellos Peache, una perra de aguas, y Ona, una chihuahua de pelo largo, a las que se dirige, alternativamente, con severidad y con dulzura para que no interrumpan. “Soy muy perruna, me encantan”, dice. Es otra de sus maneras de expresar que se siente privilegiada y feliz.

Al principio, cuando uno habla con ella tiene, por momentos, la sensación de que juega a despistar. Ríe mucho, responde a las preguntas con un tono entre ingenuo y divertido, un poco aniñado incluso, como si se escondiera entre bromas y veras. Pero las respuestas de Adriana están muy lejos de ser una niñería. Su amor por el escenario y la cámara se adivina tan intenso, tan profundo y radical, que quizá teme parecer solemne o fuera de lugar. Se nota que lo lleva dentro del alma y de la carne, y que duele, aunque sus ojos solo parezcan chispear. No es casualidad que estudiara Filosofía en la Universidad Complutense –“con buenas notas, soy empollona y organizada”–.

Debutó con un corto de Belén Macías, 'Mala espina', por el que recibió varios premios. Luego vino la nominación al Goya como actriz revelación por 'Cabeza de perro', y la popularidad con la serie 'La señora'. Estos días estrena 'El teatro del mundo', de Calderón de la Barca, que dirige Carlos Saura, y tiene varios proyectos pendientes: en las próximas semanas, la veremos en la “tv movie” 'Niños robados', y pronto llegarán a las pantallas la esperada versión televisiva del “best-seller” 'El tiempo entre costuras' y la película 'Combustión', de Daniel Calparsoro, un “thriller” lleno de acción, violencia y alguna escena de sexo que dará que hablar, junto a Álex González y Alberto Amman (estreno, 26 de abril).

Mujer hoy. Hábleme de su interpretación en “Niños robados”. No ha debido ser fácil tratándose de un tema tan actual.
Adriana Ugarte. Ha sido un reto porque es una historia real y un tema que ha provocado mucha polémica. Interpreto a una chica que se da cuenta de que ha sido robada, justo cuando acaba de dar a luz. Hay veces en que se produce algo casi fisiológico que te impulsa a buscar tus orígenes, cuando ocurren cosas importantes en tu vida, como tener un hijo. Mi interpretación trata de expresar esta confusión de identidad.

P: Muy distinto del personaje que hace en “Combustión”, Ari...
R: Ari es una todoterreno. Utiliza la seducción para captar a sus objetivos y desvalijarles la casa. Pero al final se dará cuenta de que todos tenemos algún pedacito blando en el corazón y acabará enamorada de una de sus víctimas. Y será un poco víctima de su propio juego.

P: Es un filme de acción y con escenas de sexo bastante explícitas.
R: En realidad es una sola escena, pero sí, es muy explícita. A veces, me gusta más que intentar tapar, porque queda más morboso, más raro. Además creo que está rodado muy bonito, con un efecto de cámara lenta, que es lo que lo convierte en un momento idílico para los personajes. ¡Ojalá pudiera ser así en la realidad! [Risas]. Todo está envuelto en un halo de romanticismo muy especial.

P: ¿Se sintió incómoda?
R: No son las secuencias con las que te sientes más cómoda, pero el equipo era muy majo y con mis compañeros era muy fácil, porque son compañeros de verdad, que no te dejan tirada en esos momentos, sino que nos estábamos cuidando todos mucho. Una vez que estás desnuda, pues a concentrarte.
Interpretar a la protagonista de “El tiempo entre costuras” habrá sido un reto, al ser un personaje tan conocido...
Pues sí, a Sira Quiroga la conoce todo el mundo por la novela, pero para mí era muy interesante hacer un personaje de época que solo se separaba una década de “La señora”, de los años 20 a los 30, y que era completamente distinto. Victoria pertenece a la clase alta industrial asturiana, y Sira viene de Madrid, es supercañí y con un punto muy femenino.

P: ¿Le producía vértigo que tanta gente tenga una imagen de Sira en la cabeza?
R: Sí, da vértigo. Aunque intentas hacer tu terapia de “ya sé que no le voy a gustar a todo el mundo”, quieres gustar y que tu trabajo coincida con la imagen que tiene la gente, que además se lo ha pasado tan bien con la novela. María Dueñas, la autora, está encantada. Me dijo que no podía haber imaginado una Sira mejor, entonces respiré.

Y además ha estrenado su segunda experiencia en teatro con Carlos Saura. ¿Cómo se siente sobre las tablas?
En el set hay un ambiente especial, con el operador, el director, los compañeros... Pero el teatro tiene una herencia mágica, algo que no tiene que ver con uno mismo. Y me hace ilusión trabajar con Carlos Saura.

P: ¿Por qué escogió estudiar Filosofía?
R: Me gusta mucho estudiar, pero no pude terminar por culpa del trabajo. Es una carrera que supone preguntarse mucho, por eso quizá luego decidí estudiar Filología Inglesa, para preguntarme un poco menos por todo. Filosofía no es una carrera para chicos que acabamos de terminar el colegio. Hay que salir de la adolescencia, a esa edad ya estamos demasiado convulsos.

P: ¿Y cómo surge su vocación por la interpretación?
R: De pequeña, cuando iba al cine o al teatro, me ponía a llorar, y decía: “Quiero ser actriz, aunque sea para hacer un anuncio de Nenuco” [pone voz llorosa]. Mi madre se reía y decía: “No te preocupes que ya tendrás oportunidad cuando seas mayor”. Mis padres son cinéfilos y amantes de las artes.

P: De niños, a usted y a su hermano les gustaba escribir obras e interpretarlas. Y usted bailaba flamenco…
R: Sí, Luis toca la guitarra, es músico y abogado... La última la montamos en mi cumpleaños. Canté, pero no bailé [Risas]. Tiene dos años y medio más que yo, y creo que hemos sido un poco gemelos, tenemos una relación muy especial, en la que uno siente cómo está el otro, aunque no sepa nada de él.

P: ¿Era usted rebelde?
R: Sí, he tenido una adolescencia larga, de cuestionar y discutir mucho.

P: Su madre es abogada y escritora, y su padre magistrado. ¿No les dio miedo cuando decidió ser actriz en serio?
R: Les daba reparo, pero no encontré oposición. Solo me dijeron que fuera despacio, que estudiara teatro mientras iba al cole. Entonces mi ansiedad se calmó. Mi madre me aconsejó ir poco a poco y hacer proyectos con connotación sexual cuando creciera, no con 18 años. Esa parte de mi seguridad, sí le preocupaba, que me sintiera extraña o invadida. Tengo suerte de que mis padres hayan sido protectores. Cuando eres pequeña te fastidia, pero ahora lo agradeces. Cuando terminé la ESO pedí que me regalara un curso de interpretación ante la cámara, con Luis Gimeno. Y luego entré en la Escuela de Teatro Réplica. Mi madre me dejaba compaginar el colegio con intervenciones episódicas en series, como “Hospital Central”, “Policías” o “El pantano”. Me fui presentando a castings y estuve un verano en Bielorrusia, estudiando interpretación. La premisa era estudiar. ¿Quieres una moto? Estudia. ¿Quieres un perro? Infórmate.

P: ¿Cuándo sintió que ya era una actriz profesional?
R: En “Niños robados”. Es la primera vez que he hecho un drama y he notado que he controlado mi sufrimiento. He reducido la autocrítica. No me llevo el personaje a casa ni me obsesiona. Tampoco vivo todo el día con la interpretación. Me encanta vivir, pasear con las perras, hablar de chorradas, porque si no, cuando llegas al set, te encuentras tan saturada que no estás a lo que tienes que estar.

P: Es muy autocrítica.
R: Cada vez menos, intento ser más constructiva, paso de machacarme.

P: ¿Es insegura?
R: Yo creo que todos lo somos. Depende del terreno. Lo que pasa es que nos ponemos un disfraz, un vestido, para que se nos acepte.

P: ¿Qué tipo de actriz le gustaría ser?
R: Pues una muy libre para explorar todos los ámbitos, no tener pudor, meterme a fondo. Hacia allí es hacia donde camino. Me gusta Marion Cotillard. Y admiro mucho a Berta Riaza.

P: ¿Piensa en hacer una carrera internacional?
R: Sí, porque la situación actual es tremenda. Sí me gustaría.

P: ¿Cuál cree que es el arma más importante para un actor?
R: Escuchar, escuchar, escuchar. Y no pensar que has conquistado nada, saber que estás siempre al principio. Yo soy más intuitiva, intento buscar referencias reales y dejar que el personaje me invada, que te vaya susurrando.

P: ¿Cómo lleva la popularidad?
R: Bien, te habitúas y siempre digo que tenemos mucha suerte, a mis padres no les paran por la calle para felicitarles por sus sentencias. Mis amigas son las de hace 10 años y sigo siendo Adri para ellas. Las he hecho muy participes de mi vida, tengo la suerte de tener unas amigas muy amorosas. Cuando ves tu imagen desde fuera, es como si hubiera una despersonificación. Te preguntas: “¿Esta soy yo?”. El narcisismo es muy dañino, porque te acaba aislando, por eso creo que es importante tener claro que tus valores están en otro lugar, tomar contacto con la tierra. A veces, se te va la cabeza, tienes un follón mental, cierto descontrol con los afectos, porque todo el mundo tiende a tratarte como si te conociera de siempre.

P: ¿Está al día de lo que sucede en la política?
R: Sí, participo todo lo que puedo, lo que no hago es utilizar mi imagen para hacer una reivindicación política. Creo que no me corresponde, que lo que tengo que hacer es escuchar y estar en segundo plano. Otra cosa es poner mi imagen para un acto benéfico.

P: ¿Cómo se ve en unos años?
R: Con mis perros, trabajando en el cine y haciendo las historias que quiero contar. Me gustaría dirigir.

P: ¿Le preocupa envejecer en el escenario?
R: Envejecer forma parte de la vida, lo importante es alimentarte por dentro: eso es lo que no envejece, lo que se hace más grande. El cuerpo cambia y se convierte en otra cosa, igual que las relaciones. Ya no hay esa fogosidad, pero hay una madurez o una complicidad más sólida. Tragas saliva, y te dices: “¡Ojalá que lo lleve bien!”. La cirugía me da bastante miedo y creo que, a la larga, es perjudicial. Pero pequeños retoques, pues a lo mejor... [Risas]. La verdad es que envejecer en el escenario no me preocupa. Yo me quiero morir en un teatro.

Una actriz en la intimidad

Cuando no interpreto...

Me gusta ver películas, darme un masaje, tomarme una cervecita con mis amigas y comer con mi familia.  
Me encanta estar con mi madre y abrazarla. Es una madraza. Lo que más aprecio de lo que me ha inculcado, además de estudiar, es reforzar cada día el amor por uno mismo. Que el talento también es resultado de cuidarse y tratarse bien. Mirarse con objetividad y ser benevolente con uno mismo.
Adoro comer. Un plan fantástico es levantarme tarde, desayunar largo rato, irme al campo, comerme una carne con patatas y ensalada, echarme la siesta merendar un té y tarta de zanahoria, chimenea, una partida de cartas… ¿Mi último capricho? ¡Un Brownie recién hecho que preparan al lado de mi casa!

Me cuido…

Haciendo deporte y comiendo sano. Tampoco fumo, ni bebo y no soy fiestera.  
En el día a día soy de cara lavada, un poco de máscara, brillo en los labios, y el pelo suelto, revuelto. No quiero quitarme mi cicatriz, es pequeña y muy sexy. Lo más importante para estar guapa es ser feliz. ¡Pero también me pongo taconazos!
Me gusta muchísimo la moda, los cosméticos y los perfumes. Mis marcas: Second Skin, Vanessa Bruno o Velvet Bush.

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