Desde muy niña, quizá desde que oyó por primera vez la mágica frase de "érase una vez...", Ana María Matute supo que entregaría su vida a la Literatura, una pasión de la que ha hablado en su discurso de agradecimiento del Premio Cervantes, que ha recogido en presencia de SS.MM. los Reyes, y en el que ha evocado su infancia y sus comienzos como escritora.

"La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas", decía esta gran novelista tras recibir de manos del Rey el galardón más importante de las letras hispánicas, un premio que ella considera "como el reconocimiento, ya que no a un mérito, al menos a la voluntad y al amor" que la han llevado a entregar toda su vida "a esta dedicación".

Ha sido un discurso intimista, sincero y emotivo, muy distinto al de otros galardonados, en parte porque, como ella ha confesado, no se le da bien este tipo de intervenciones y prefiere "escribir tres novelas seguidas y veinticinco cuentos, sin respiro, a tener que pronunciar un discurso", y también porque el estilo de Matute es único y no tenía que demostrar nada: ahí están su obra y su inmensa capacidad de fabulación.

Matute, que no ocultaba su felicidad -"¿por qué tenemos tanto miedo de esa palabra?"-, no ha subido a la cátedra a leer su intervención, sino que lo ha hecho abajo, sentada en su silla de ruedas y junto al público. En más de una ocasión ha hecho reír a los asistentes con sus palabras, pero sobre todo los ha emocionado.

De solitaria niña tartamuda a "coleccionista" de premios

Parafraseando a San Juan -"el que no ama está muerto"-, Matute cree que "el que no inventa, no vive". Ella empezó a inventar en "un tiempo muy niño y muy frágil", en el que se sentía distinta: era tartamuda, "más por miedo que por un defecto físico", y las niñas de aquel tiempo, "mujeres recortadas, poco o nada tenían que ver" con ella.

Esa niña solitaria que fue Matute sólo tenía un amigo, su muñeco Gorogó, que su padre le trajo de Londres a los cinco años y que está presente en 'Primera memoria', una de las novelas con las que esta escritora se siente "más identificada", y la acompañó también en sus primeros "inventos" literarios. Hasta que la autora supo que "en la Literatura -en grande-, como en la vida, se entra con dolor y lágrimas".

La escritora ha evocado cuando con "la timidez, el asombro y la audacia" de sus "casi veinte años" se asomó "al mundo editorial".

Con aspecto "más aniñado del normal" (llevaba calcetines), Matute iba cada día a la editorial Destino con su primera novela, 'Pequeño teatro', escrita a los diecisiete años, "a mano, en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro".  Un empleado se apiadó de ella y le consiguió "una entrevista con el director", el novelista Ignacio Agustí, quien con "infinita paciencia", le explicó que debía "pasarlo a máquina".

Le contrataron el libro y envió su segunda novela, 'Los Abel', al Premio Nadal. En aquella edición lo ganó "el gran Miguel Delibes", pero Matute tiene "aún la satisfacción y acaso orgullo" de que su obra "quedó en tercer lugar".

Con 'Pequeño teatro' ganó el Premio Planeta en 1954 y ese fue su "verdadero bautizo de entrada en el mundo editorial". Empezó a conocer a escritores y continuó "inventando invenciones", entre ellas "arzadú", una palabra que creó para designar el nombre de una flor inexistente.

Matute llama a los de su generación la de "los niños asombrados", porque así se sintieron cuando estalló la Guerra Civil española. El mundo "se había vuelto del revés" y por primera vez vio "la muerte, cara a cara, en toda su devastadora magnitud".