Angélica Liddell: "Quiero contar historias de amor, pero acabo hablando de lo que odio"

  • Acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura Dramática y es la estrella ascendente del teatro de vanguardia europeo, una kamikaze de las emociones que desnuda en escena la brutalidad del Estado, la sociedad y el individuo, empezando por ella misma. 

En escena Angélica se transforma, es brutal y exhibe sin pudor su desgarro y su vulnerabilidad. Sin embargo, a las nueve y media de la mañana de un lunes de invierno, la artista es pura dulzura y paciencia, casi una niña buena (si es que ella creyera en esa posibilidad) y acepta todo lo que se le pide con una sonrisa dócil. De hecho, llega puntual a la entrevista en el Espacio Valverde, vestida de negro y mostaza, con una falda sesentera, un cuello “baby doll” y el pelo lacio y oscuro cayéndole sobre la cara. Está muy delgada y su piel, transparente y nervuda, tiembla de frío cada vez que el estilista le quita el abrigo para que el fotógrafo dispare una nueva foto.

Angélica posa, sonríe, está helada, pero no se queja. Dice que entiende mejor que nadie a los perfeccionistas y, entre foto y foto, hace bromas con Sindo Puche, su cómplice en escena y el productor de muchas de las obras de Atra Bilis, la compañía que crearon juntos en 1993. Cuentan que han estado en Shangay, donde han descubierto a unos bailarines callejeros que van a incorporar a su nuevo espectáculo: 'Hemos encontrado al Michael Jackson chino, ya verás'.

En menos de cuatro años, Angélica Liddell ha pasado de sobrevivir con dificultades en el circuito alternativo español a ser la estrella ascendente del teatro europeo de vanguardia. La consagración le llegó en el Festival de Aviñón, en 2010, con 'La casa de la fuerza', una obra que dura cinco horas y media y que cosechó una ovación de más de 10 minutos. Desde entonces, los franceses la han adoptado como su “gran descubrimiento”, producen sus obras y la última vez que actuó en el Théâtre de l’Odéon de París se agotaron las entradas, aunque lo hiciese en castellano.

En España, también tiene sus seguidores y la mayoría de sus textos (algo insólito en el teatro contemporáneo) están publicados, pero a pesar de sus últimos triunfos, a las instituciones de la cultura oficial les sigue costando programarla fuera de los festivales. Aún así, en 2007 llenó durante un mes el Teatro Valle Inclán con 'Perro muerto en tintorería: los fuertes'y a finales de 2012 recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática por 'La casa de la fuerza' (Ed. La uña rota), una obra que la crítica francesa definió como “una epopeya de la intimidad femenina” y un acto de “resistencia civil” contra la violencia de género.

El 14 de febrero (el día de los enamorados, qué ironía) podrá verse, en el Festival de Otoño a Primavera de Madrid, su último trabajo, 'Ping Pang Qiu', que ya ha pasado por Gerona, Burgos y Valladolid; y en mayo estrenará “El síndrome de Wendy”, en el festival Wiener Festwochen de Viena, el más importante del ámbito centroeuropeo. Con 'Ping Pang Qiu' revisita una de sus últimas obsesiones, la cultura china, de la que Liddell se apropia para hablar del totalitarismo, la represión y la humillación concluyendo, una vez más, que todos estamos manchados. Es decir, que el infierno no son los otros, sino que está dentro.

Mujer hoy. ¿Por qué China?

Angélica Liddell. Empecé a trabajar con acróbatas chinos en “Maldito que sea el hombre que confía en el hombre”, mi anterior obra. De repente, había acróbatas volando por encima de mi cabeza...

P: ¿Y cómo llegaron allí?

R: Después de Aviñón, me encerré en casa. No quería ver a nadie y las únicas personas con las que intercambiaba unas frases eran los chinos del comercio de abajo. En ese momento estaba escribiendo 'Maldito sea el hombre...', necesitaba hacer una construcción poética de lo que me estaba pasando y se me ocurrió buscar a los acróbatas. Lo paradójico es que aquella era una obra sobre la infancia masacrada y la desconfianza, y gracias a ellos, de manera inesperada, se convirtió en un alegato a la piedad y la vitalidad.

P: ¿Qué le intriga de la cultura china?

R: Sobre todo, el misterio. Cuando estás harto de todo lo conocido, te sientes atraída por lo que no puedes descifrar. Yo creo que la relación con China nació de una historia de amor, porque nos enamoramos de los acróbatas... [Se queda pensando un momento]. Es curioso, me he pasado toda la vida tratando de contar historias de amor y al final siempre acabo hablando de lo que detesto. Lo que me hace saltar es el odio, la indignación, el horror y el rencor. Estoy a la contra siempre y, evidentemente, empecé enamorada, pero acabé dándome de bruces con todo lo que detestaba de China. En ese amor apareció la sombra de la masacre de la Revolución Cultural y a raíz de ese choque nació esta obra. 

P: Tengo entendido que al principio querían introducir a una mujer china en escena para leerle un texto prohibido, “El libro del hombre solo”, del Nobel Gao Xingjian.

R: Era un objetivo inocente. Busqué a una mujer china, que vive en Madrid, porque quería que hubiera música tradicional como símbolo de la belleza que lucha contra la violencia del Estado. Pero cuando ella, que tenía 62 años, vio que reproducíamos las humillaciones públicas que se perpetraban en China durante la Revolución Cultural, se asustó. Le entró un terror absoluto. No he visto en mi vida una persona más aterrorizada. De repente, todo aquello sobre lo que estábamos reflexionando se hizo carne en la sala de ensayos. Esta mujer decidió no trabajar en la obra por miedo a las represalias, a pesar de que vive en otro continente. Y eso fue la prueba viviente de que era real.

P: ¿“Ping Pang Qiu” es una denuncia del estado policial chino?

R: No, porque sería muy pobre si solo nos dedicáramos a esa anécdota. Lo que más me duele de ese episodio histórico es comprobar que los estados totalitarios utilizan la corrupción moral de cada uno de los individuos para conseguir sus objetivos. El maoismo funcionó a base de humillaciones públicas y se aprovechó de algo que forma parte del ser humano: si a ti un Estado te da permiso para humillar, vas a hacerlo y además con entusiasmo y por servicio al líder. Lo que sucedió en la Revolución Cultural china fue que se unieron la corrupción del Estado con la corrupción moral de los individuos, que al final son los que acaban ejerciendo el mal.

P: ¿Leyó el “Libro rojo” de Mao?

R: Lo leí y me parece el ejemplo más claro sobre cómo utilizar la palabra para traicionar el verdadero sentido de la palabra.

P: Si se extraen citas aisladas puede parecer incluso inofensivo o bello...

R: Sí, porque Mao era un caníbal con aspiraciones de poeta, algo repugnante.

P: ¿Al final han contado con algún actor chino?

R: No, porque ella lo pasó muy mal y lo que hicimos fue dejar ese hueco y hacerlo patente. Una siempre piensa que la palabra no es suficiente, hace falta darle vida. De hecho, una de mis obsesiones es hacerme entender por encima de todo, pero siempre tengo la sensación de que no me están entendiendo.

P: Después de 20 años en escena, algo entenderán...

R: Eso espero, pero siempre trabajo con esa duda.

P: ¿Y por qué la dejó tan maltrecha psicológicamente el triunfo en Aviñón?

R: Porque en ese momento estábamos a punto de desaparecer como compañía. 'La casa de la fuerza' se hizo gracias a la producción de la Laboral de Gijón, pero salió adelante muy precariamente y era casi un testamento de la compañía. Además, nació de un episodio muy amargo en mi vida, de un desgarro inmenso, y hacerlo compatible con la felicidad me resultaba imposible. Así que no podía entender los aplausos. Cuando una se acostumbra a los palos, lo que no entiende son las caricias, ni el reconocimiento. Para mí aquello era una bomba que me estallaba en las manos.

P: Es decir, que el Festival de Aviñón le cambió la vida.

R: Completamente. Yo se lo debo todo a ese festival y me cambió la vida no solo a mí, sino a toda una compañía.

P: ¿Y cómo es ese público francés que ha sido capaz de entenderla?

R: En Francia he encontrado sobre todo respeto... Nosotros estuvimos muchísmos años en el mundo alternativo, que es tremendamente endogámico, en espacios pequeños, trabajando siempre para los mismos... y encontrarte con ojos nuevos, desprejuiciados, que no van a juzgarte personalmente...

P: ...y que no temen la negrura. Porque en su teatro, al contrario de lo que sucede en el cine de Holywood o en algunas religiones, el sufrimiento no encuentra recompensa. ¿Es consciente de que esa visión tan nihilista puede dar miedo a un espectador que esté acostumbrado a otro tipo de espectáculos más comerciales?

R: ¿Pero se puede hablar de algo más que de la negrura? ¿Hay algo que acabe bien? En realidad, la negrura es algo reconocible por todos. Lo que pasa es que nos asustamos de nosotros mismos, intentamos siempre ser tan correctos y tan buenos... Vivimos en la dictadura del optimismo a toda costa, a eso es lo que te educan sobre todo las grandes estructuras económicas y la publicidad, que se rigen por un integrismo optimista. “Sonríe que algo te caerá”. Pero el pensamiento pertenece al pesimismo, porque al final es el pesimista el que se acaba haciendo preguntas e intenta resolverlas de alguna manera. El pesimista es el único capaz de percibir el malestar sin necesidad de mentiras. Y no hay que profundizar mucho más, simplemente hay que describir el mundo tal cual es. Por eso detesto la imaginación y me gustan los autores como Thomas Bernhard o Houellebecq, que dicen la verdad.

P: Pero al final muchas de las cosas que cuenta en su teatro se construyen con metáforas y la metáfora requiere imaginación.

R: Yo no creo que trabaje con metáforas, lo único que hago es materializar las ideas.

P: Déme un ejemplo de dónde empieza la idea y acaba la materialización.

R: Si yo supiera lo que voy a hacer cuando entro en una sala de ensayos... El proceso es muy difícil y muy raro. Por ejemplo, cuando pienso qué hago con 'Ping Pang Qiu' y cómo lo voy a plantear en escena, tengo que tomar decisiones. Entonces digo: “Vamos a poner una mesa de ping pong”. ¿Por qué? Porque la mesa de ping pong remite a la “ping pong diplomacy”, que se da al final de la Revolución Cultural, cuando Estados Unidos bombardea Vietnam, pero Nixon y Mao Zedong se están dando la mano. ¿Cómo formalizo esa coyuntura? Poniendo una mesa de ping pong.

P: ¿Y eso no es una metáfora?

R: No, es formalizar una época, cuando Nixon visita China y utilizan el ping pong y a unos pobres deportistas para representar ese momento de hipocresía máxima. Realmente, yo no lo veo como una metáfora. Seguramente el que construye la metáfora al final es el público y todas las interpretaciones son válidas.

P: Pero al ensayo llega con un texto.

R: Sí, todos los trabajos parten de un texto y yo además soy muy lenta para poner en marcha un proyecto y los hago y los rehago, corrijo... Mi traductora del francés ya me da por imposible porque corrijo y corrijo y corrijo. Pero no saber cuándo terminar es muy natural. La insatisfacción es algo que te acompaña toda la vida.

P: ¿Y de dónde viene todo eso? ¿Cuándo comenzó a escribir?

R: Con voluntad de escribir a los 10 años, cuando hice un trabajo en la escuela con un título en gigante que decía “Soledad”. Es decir, que no es que yo ahora me haya vuelto una nihilista porque está de moda. El nihilismo es una tara que se lleva en la piel, así que no hay que hacer ningún propósito. Pero antes de escribir ya dirigí una versión de 'El flautista de Hamelín' con siete años, un cuento cruel.

P: También a esa edad, tengo entendido que la llevaron al psicólogo.

R: [Se ríe a carcajadas] Sí, yo nací con los electrodos puestos en la cabeza...

P: ¿Sufría?

R: Sí, claro que sufría. Nunca he tenido muchas ganas de fiesta.

P: Y luego estudió Psicología. ¿Por qué?

R: Fue una casualidad. En realidad quería hacer Historia del Arte, pero una amiga me convenció de que no tenía salida. No me gustaba, pero como tengo ese enganche con la disciplina, la terminé... aunque a mitad de la carrera ya estaba haciendo Arte Dramático.

P: ¿Vive sus textos como algo terapéutico?

R: No, la terapia es algo que hacen los psiquiatras. Para mí, escribir es una manera de sobrevivir a mí misma. No podría vivir sin escribir, es un alivio.

P: En “La casa de la fuerza”, el personaje de Getse dice: “Cuando crees que has econtrado un alivio, el infierno da un paso”. Además de escribiendo, ¿dónde encuentra alivio?

R: En las películas de terror. [Risas] Darío Argento me encanta. Ayer me saqué del videoclub 'La madre del mal' y aún no la he podido ver. El terror serie B es el verdadero alivio. Luego hay alivios más escabrosos, pero ya los contaré más adelante en mi próxima obra de teatro, 'El síndrome de Wendy'.

P: ¿Y de qué va “Todo el cielo sobre la tierra: el síndrome de Wendy”?

R:
Vamos a unir la matanza en la Isla de Utoya, donde Breivik mató a 60 jóvenes, con la isla Neverland de Peter Pan. Sobre todo, es el reconocimiento de un terror que no sé cómo manejar, que es el miedo al abandono. Ser Wendy siginifica tener una atracción no muy sana por los Peter Pan, porque evidentemente Wendy, que padece el síndrome del abandono, sabe que va a ser abandonada por Peter Pan y aun así le ama. En la obra estamos explorando todo ese material y el hecho de que la gente mayor, como Wendy, nos volvemos aburridos y tediosos.

P: Tiene 46 años, ¿se siente mayor?

R: Sí, soy de las que cree que la juventud acaba a los 25. Después nos volvemos feos, aburridos, resentidos y no paramos de decir que lo que importa es la experiencia, cuando en realidad lo que importa es la juventud y la belleza y lo único que hacemos quienes no la tenemos es arrastrar nuestros tristes cuerpos hasta la tumba.

P: ¿Y en el fútbol encuentra alivio? Lo digo porque tengo entendido que le encanta Mourinho.

R: Es mi ídolo, yo no sé por qué le cae tan mal a la gente. A mí los santos tipo Guardiola y toda esa cohorte de lamas y monjes zen no me van...

P: A Mourinho la gente no solo le odia, sino que está esperando verle caer con expectación.

R: Claaaro, para humillarlo y darles todos con un palo. En ese momento yo le recogeré en brazos, le salvaré y me lo llevaré por los aires. Diré “Mou: yo estaré siempre contigo”. Fin.

P: Le gustan los malos.

R: Sí, porque yo soy malísima, muy mala persona, y no tengo ninguna intención de perfección moral ni de virtud. Todos tenemos en el interior unos deseos oscuros y atroces. Si quieres hablar del alma humana, no se puede hacer desde la corrección, sino desde la libertad. 

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