Universal y profundamente andaluz. El paradigma de la seducción no conoce naciones ni culturas diferentes. Las bailarinas de la Compañía Nacional de Danza lo demuestran.

Ojos negros, piel cobriza. Pelo también negro, largo y brillante, ''con destellos azulados como el ala de un cuervo''. Una mujer gitana del Barrio de Triana, joven y exótica, que baila y canta con desparpajo, además de practicar todas las artes adivinatorias y volver locos a los hombres. Así dibujó Prosper Mérimée a su 'Carmen', y esa belleza salvaje, espléndido envoltorio de un carácter indómito, ha llegado a encarnar el arquetipo de la fatalidad muy vinculado a lo español.

Tal vez por eso pueda descolocarnos encontrarnos con las tres 'cármenes' que propone en su último espectáculo la Compañía Nacional de Danza. Tres bailarinas alejadas geográfica y culturalmente del estereotipo mediterráneo: Kayoko Everhart es japonesa con raíces afroamericanas, Emilía Gisladöttir es islandesa y Elisabet Biosca pone la nota española (aunque, eso sí, con rasgos más propios de valkiria que de zíngara). Tres cármenes con las que el coreógrafo Johan Inger -sí, es sueco- ha buscado dar una vuelta de tuerca a un mito mil veces versionado y salirse del cliché más conocido.

''Soy consciente de que resulta chocante plantearse una islandesa haciendo de Carmen explica Emilía-. Pero Johan, el director, tampoco es español: es nórdico, como yo, y está buscando una nueva creación. La idea es que Carmen puede ser tanto de Islandia como de cualquier otro país; una mujer a la que puedes encontrar en cualquier lugar del mundo''.

La reinvención del mito

El reto es superar el cliché y, para ello, Emilía se ha empapado de la Carmen de papel para después ''integrarla en mi vida y hacerla mía''.

Por su parte Kayoko, es japonesa de nacimiento, de cultura y de corazón, pero en su físico ha pesado más la genética afroamericana de su padre que la oriental de su madre. Ella, bailarina principal de la Compañía Nacional de Danza, nos explica en un más que correcto español -lleva 11 años ya en nuestro país- que ''la idea del coreógrafo era dejar a un lado la parte más vulgar del personaje y representar a una mujer muy fuerte. Quería destacar la fortaleza y ha elegido tres 'cármenes' muy diferentes entre sí para ofrecer esa fusión de mujer con fuerza y libertad, pero cada una con su personalidad''.

A diferencia de ellas, Elisabet, la única española, conoce no solo el mito, sino también lo que representa en nuestro contexto cultural. Tal vez por eso lo viva con una intensidad diferente: ''Es un reto para mí, pero más en cuanto a la interpretación que a la danza en sí. No solo quiero bailarla bien: quiero darle vida. Carmen es una superviviente y, por más que muchas veces se la vea como la puta, tiene también un rasgo de vulnerabilidad. Me siento muy bien haciéndola, moviéndome en esa dualidad''.

Vocación temprana

Las tres comparten no solo un personaje, sino también las vivencias comunes a la mayoría de las jóvenes, sean de donde sean, que un día decidieron apostarlo todo a la danza, en la que muchas son las aspirantes y pocas las elegidas. Las tres dudaron durante años sobre sus posibilidades, y así Kayoko, por ejemplo, asegura que ''nunca pensé que podría llegar a ser profesional. Solo me he dado cuenta una vez que lo he conseguido y ha sido una sorpresa''.

Su acercamiento al baile se produjo de una manera fluida: su madre había sido bailarina en Japón, de modo que, cuando la familia se trasladó a vivir a EE.UU., cuando ella tenía siete años, se vio con absoluta naturalidad que la niña comenzara a dar clases de danza en la escuela local. ''Lo veía en casa, me gustaba. Pero en mi ciudad no había escuelas profesionales y pensé que sería muy difícil llegar a destacar, sobresalir para poder ser una profesional. Nunca tuve esa confianza''.

Esas dudas también las tuvo Elisabet. En un primer momento, no eligió la danza: fue su madre quien la apuntó en la escuela del pueblo como actividad extraescolar para que hiciera algo al salir de clase. Fueron pasando los años y resultó que la niña valía para el baile. ''Cada vez me gustaba más, me había picado el gusanillo y, a los 18 años, se me cruzaron los cables y le dije a mi madre que quería hacer las pruebas para entrar en el Institut del Teatre, el conservatorio de Barcelona''. Eso sí, tenía un plan B: ''Me había matriculado en Veterinaria. Cuando me admitieron en el Conservatorio, mi madre se llevó un disgusto, y fue entonces cuando me dije: ''Siempre puedes retomar los estudios. La danza es ahora o nunca''. Y fue ahora''.

Lo más natural

''Empecé a bailar a los cuatro años y lo disfrutaba muchísimo. No tuve que plantearme nada, sencillamente me dejé llevar''. Dejarse llevar: así es la filosofía de Emilía, que reconoce no haberse fijado metas sino recorrer, sin preguntas, el camino que se abría a su paso. ''Me encantaba ir a la escuela, fui progresando y, de pronto, me vi bailando en Suecia. Tenía 18 años. Todo en mi carrera ha ido fluyendo; ha sido fácil, sencillo, sin brusquedades''. ¿Ni siquiera una renuncia o un sinsabor? ''Sí, supongo que tuve que renunciar a cosas, pero no era duro porque me compensaba: así de sencillo''.

Por no renunciar, no ha renunciado ni a la maternidad. Tiene un hijo de cinco años gracias al cual es mucho más sencillo aceptar la vida fuera de su país. ''Vivo en España con mi prometido y mi hijo desde hace tres años. Ya he creado aquí una familia y, aunque a veces echo en falta a los míos, soy feliz en Madrid''.

Tampoco Kayoco vive como sacrificio el haber abandonado su país. Al fin y al cabo, es una nómada: ''Me fui de Japón con siete años; me marché de casa y crucé el país a los 17 para irme al ballet de San Francisco... Venir a España era solo irse un poco más lejos''. Y, cuando le pregunto a qué ha tenido que renunciar para ser bailarina, me mira con algo próximo a la estupefacción: ''Yo ya conocía, por mi madre, las partes difíciles de esta profesión. Requiere disciplina, sí, pero es algo que aprendes desde pequeña. Llevas toda la vida haciéndolo y no lo ves como algo difícil''.

Sí reconoce, en cambio, que le costó adaptarse a España: ''Aunque he vivido muchos años en EE.UU., donde me siento verdaderamente en casa es en Japón. Mi cultura es la japonesa, y por eso me costó habituarme a lo expansivos que sois aquí. La gente me parecía un poco... [vacila], no sé. Allí somos más callados. Cuando llegué, pensaba que todo el mundo estaba enfadado; no entendía el idioma y, por las voces y gestos, pensaba que se habían molestado''.

Ni la reserva oriental de Kayoko ni la filosofía de vida de Emilía les llevan a pensar que, en el sueño de ser bailarinas, han podido dejarse algo en el camino. Pero Elisabet sí admite haber sentido alguna vez esa punzadita de ''mis amigos divirtiéndose y yo aquí... En la época previa a mi entrada en el conservatorio, combinaba la danza en dos escuelas y, además, tenía que prepararme los exámenes de Bachillerato y la Selectividad. Recuerdo que los sábados mucha gente se iba de fiesta y yo me tenía que quedar estudiando... Pero había también una chica que estudiaba piano y nos acompañábamos la una a la otra. Luego, una vez eres profesional, esto es como cualquier otro trabajo''.

Como cualquier otro trabajo, así de simple. Y, además, con la ventaja de que, a diferencia de lo que sucede en otras compañías, en la CND los bailarines tienen libres las tardes y los fines de semana. Otra cuestión es cuando están de gira; esos viajes son los que hacen que Kayoko se cuestione la idea de la maternidad: ''Sí que quiero tener hijos, pero la verdad es que, hoy por hoy, sería difícil organizarlo bien. No tengo familia en Europa y, además, mi novio también está en la compañía [es el bailarín israelí Erez Ilan]. Es difícil llevar al niño de gira; eso es lo único que ahora me retrae de ser madre, porque no me inquieta nada el tema de que mi cuerpo pueda cambiar''.

Prueba de ello es el caso de Emilía: ''tenía 24 años cuando me quedé embarazada, era bastante joven. Me recuperé genial porque he bailado toda mi vida y seguí bailando casi hasta que di a luz; hice muchísimo ejercicio, nadé y no me costó volver a la normalidad. Ahora, todo me resulta sencillo, porque mi prometido es estupendo y me apoya por completo''.

Sin miedo a nada

Los cambios físicos que entraña la maternidad no suponen tampoco una inquietud para Elisabet. Ella tiene una genética privilegiada y disfruta del placer de la comida (además, sus padres son cocineros), aunque reconoce haber aprendido ''qué combinaciones de alimentos hacen que retenga más líquidos o entorpecen mis digestiones. Tengo mucha energía, el mío es un trabajo tremendamente físico. A mí me gustan las bailarinas esbeltas, pero no frágiles. Delgadas, pero fibrosas y definidas''. Y no duda que seguirá siéndolo después de estrenarse como madre. Pero eso tendrá que esperar. Ahora está viviendo un momento espléndido y con un reto, el de ser Carmen, que la hace muy feliz.

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