Charlotte Rampling: "No sé cómo tratar a la gente. Me hace sentirme amenzada"

  • Británica y francesa, intimidante y tímida, sincera y misteriosa... las contradicciones definen a la mujer que enamoró a una generación y sigue seduciendo a los 67 años. Tras rodar por primera vez a las órdenes de su hijo, hablamos con ella sobre cine y relaciones. 

Aunque, como todos, admire sus ojos caídos, disfrute de sus películas y me maraville el hecho de que hable tres idiomas a la perfección, al final lo que más impresiona de Charlotte Rampling es lo misántropa que puede llegar a ser, el rechazo que puede sentir hacia el trato con los demás. Las personas alegres pueden acusarla de no tener humor y, sí, es seria. Si le preguntas, por ejemplo, qué le intimida, responde: "La estupidez". Sobre la gente, su opinión es: “Me siento amenazada por ellos. Porque no sé cómo tratarles, no sé como relacionarme con la sociedad. No sé cómo estar todos juntos, charlando”.

De cerca, su voz es lo que más llama la atención. Es extraordinariamente profunda, aunque un poco menos grave que en los años 80. De hecho, siendo una adolescente decidió que no le gustaba y dedicó largas horas a ponerla en forma leyendo en voz alta, hasta que le agradó la manera en que resonaba en su cabeza.

'El portero de noche' (1974) la definió como actriz. Tenía 28 años cuando Dick Bogarde, con quien había coprotagonizado 'La caída de los dioses' cinco años atrás, insistió en contar con ella. La madre de Charlotte, que era pintora, “habría preferido para mí papeles en películas como 'Una habitación con vistas' y cosas así, pero la joven Rampling le hizo poco caso: “Prefiero leer un libro antes que hacer una película bonita”.

Charlotte ha actuado en cerca de 80 largometrajes, incluyendo elecciones un tanto extrañas como 'Instinto básico 2'  y alguna de las que seguramente sí habrían gustado a su madre como 'Las alas de la paloma' o una versión televisiva de 'Grandes esperanzas'. Pero su último estreno cinematográfico 'I, Anna' no es precisamente “bonito”. La ha dirigido Barnaby Southcombe, hijo de Charlotte y de su primer marido, el actor y publicista Bryan Southcombe. David, su hijo menor, que tuvo con el músico Jean Michel Jarre, es mago.

En 'I, Anna', Rampling interpreta a Anna Welles, una frágil mujer de mediana edad, empleada de unos grandes almacenes y amante de las citas rápidas, que guarda un oscuro secreto. Cuando su hijo escribió el guión, le ofreció el papel, pero ella le dijo que no porque encontraba el material demasiado violento. “Me aterroriza la violencia física. Odio todo lo que tenga que ver con gente haciéndose daño”. La violencia psicológica es otra cosa, dice. Él reescribió su papel y se lo volvió a preguntar, esta vez a través de su agente. Con un personaje solo psicológicamente perturbador, Rampling aceptó el papel.

Bella y oscura

¿Cómo fue trabajar con su hijo como director? Dice que ella no es propensa a las pataletas de diva y que le gusta colaborar muy estrechamente con sus directores; hacerlo con su hijo no fue diferente. “Él me dio vida, he sido su “cosa”. Así describe el proceso. ¿Y cómo es ser una musa? “Me gusta. Sientes el reconocimiento”. Por esa capacidad para ser musa de artistas se convirtió en uno de los primeros desnudos de Helmut Newton. Para él posó sin ropa sobre una mesa de roble, con una copa de vino en la mano.

El director Steve McQueen hizo un corto sobre ella antes de rodar 'Shame'. Consistía en un primerísimo primer plano de uno de sus ojos. Es muy interesante preguntarse cómo una niña tan bien educada, cuyo padre –oficial de la Armada británica– prohibió a sus hijas cantar de forma profesional por temor a que se descarriaran acabó interpretando películas tan escandalosas y aceptando papeles tan oscuros o, incluso, abiertamente extraños.

El más raro hasta ahora ha sido, probablemente, el de la esposa del diplomático de 'Max, mon amour', que se enamora de un chimpancé. Está a punto de empezar a rodar 'The sea', que suena bastante normal, pero acaba de terminar un corto conceptual francés sobre “un concierto para criaturas abisales”. ¿Qué opinaba su madre, con su gusto por las cosas bonitas, de las películas de su hija? “No creo que viera ninguna. Sabía que yo era inquieta y provocadora”. Sus hijos tampoco las vieron en su adolescencia. Charlotte no las consideraba adecuadas... salvo 'Orca' (1977), sobre “una ballena asesina que busca venganza por la muerte de su pareja”.

Nuevas raíces

La familia Rampling se mudó de Inglaterra a Francia cuando ella tenía nueve años, y su recuerdo más antiguo es el de estar, con su hermana mayor en su clase de la Academia para jovencitas Juana de Arco de Versalles, “tratando de entender lo que aquella horrible profesora me estaba diciendo en clase de matemáticas. Fue una experiencia terrible. Esa profesora tenía una pequeña chepa. Yo acababa de llegar a Francia con mi hermana y nos pusieron en esa escuela. No sabía hablar francés y no había nadie para ayudarnos. Durante casi un año estuvimos sentadas en esa clase sin entender nada de nada. Era espantoso intentar averiguar de qué hablaban, porque pensábamos en libras, chelines y peniques, y ellos usaban el sistema decimal”.

Reflexiona sobre ello a su manera, grave, y concluye: “Al final eso me hizo aprender francés y probablemente fue algo positivo, pero tenía nueve años y eso es de lo que me acuerdo”. Es interesante que no tenga recuerdos anteriores a ese. “Creo que he borrado todo lo que me pasó antes. He sido como un soldado”.

De Charlotte emana una inmensa tristeza. Se puede sentir desde el primer momento, lo que hace pensar que también hay dulzura en ella, aunque muy a menudo se la define como una mujer fría. Admite que hay tristeza y que la utiliza en sus personajes. Procede de algún momento de su infancia, “pero no podemos hablar de ello porque es demasiado profundo”. Entonces se detiene y carraspea a la manera antigua, que normalmente suele indicar que alguien está saliendo adelante con esfuerzo. “Pero está todo ahí”, dice.

Su gran tragedia llegó más tarde, cuando tenía 20 años, aunque no la hizo pública hasta la muerte de su madre. De adolescente fue enviada a un internado británico en Hertfordshire. Fue la protagonista de la alegre comedia 'Georgy girl'. Hacía todo tipo de papeles y se lo estaba pasando en grande... Y, en ese momento, su hermana Sarah murió, a los 23 años, de una hemorragia cerebral, mientras el bebé prematuro que había dado a luz seguía en el hospital. El acontecimiento produjo un cambio abrupto en la dirección de la carrera de Charlotte. “Las cosas que ocurren en tu vida te forman y yo experimenté un evento trágico a los 20 años. Mi vida tenía que cambiar. Ya no podía verme disfrutando y yendo a discotecas, así que empecé a recorrer un camino distinto”.

Poco después fue elegida para 'La caída de los dioses', de Visconti. La película se estrenó el mismo año en que su padre le confesó que su hermana, en realidad, se había suicidado con un disparo en la cabeza. Charlotte siguió adelante como un soldado. “Pensé que podía superarlo con rapidez. Yo era inteligente, no de la manera académica, pero tenía mucho mundo y pensaba labrarme mi propio camino”.

Pero, al parecer, a los treinta y tantos años sufrió una crisis nerviosa. Este tema es una “zona prohibida”, nos dice con firmeza. “Ahora estoy bien. Todo el mundo debería superar una depresión, eso es todo lo que voy a decir sobre ello. Porque cuando tocas fondo es cuando empiezas a pensar de verdad y probablemente te vuelves menos estúpida. Estoy segura de que antes de esa crisis era muy estúpida”.

Aparentemente, su vida sentimental ha sido mucho más feliz, a pesar de que los periódicos lanzaran a bombo y platillo la noticia de su ruptura con Jean Michel Jarre en 1996. Él había sido fotografiado con otra mujer y esa fue, al parecer, la primera noticia que Rampling tuvo del “affaire”. En perspectiva, la ruptura fue amigable y, de toda su vida juntos, se pueden rescatar muchos momentos felices. Tras su boda, la pareja se trasladó a una “casa preciosa” en las afueras de París. “Los niños tenían niñeras y animales, y sus colegios estaban cerca. Tenían su mundo allí. Así que nosotros íbamos y veníamos. Yo estaba con Michel en aquel momento y los niños siempre tenían su vida estructurada”.

Rampling se describe como una madre estricta, pero relajada. “Si hay niños en mi casa, hablando mal a la gente o gritándome o no obedeciendo ciertas normas, no lo consiento. Necesitamos normas básicas para hacer que la sociedad funcione, y la familia es una sociedad. Se trata del viejo sentido común. Me educaron así, de una forma un poco más estricta en ese sentido. Mi padre era más rígido que yo, pero era un buen hombre, y me legó su sentido común”.

Ermitaña en el mundo

Es tan estoica y guarda tan bien las distancias que la prensa ha estado siempre como loca tratando de escarbar en sus asuntos. Fue toda una sorpresa que, en 2008, firmara con Barbara Victor, en aquel momento amiga suya, una biografía autorizada. El libro, se suponía, iba a ser colaborativo y Rampling sufrió un “shock” cuando descubrió que estaba repleto de asuntos escabrosos sobre su vida.

Victor reconoció a la prensa que Charlotte estaba “fuera de sí”. La actriz no quiso hablar de ello en aquel momento. “No sabía qué hacer, porque la escritora era mi amiga. Pero está claro que me equivoqué,” dice oscuramente. ¿Lo considera una traición? “Totalmente. Completamente. Una absoluta traición. Cien por cien traición. Pero no pasa nada”. El final de la frase llega como un susurro, y a continuación carraspea indicando que el tema está cerrado.

El carraspeo es lo que hace en lugar de llorar o montar en cólera. Canaliza mucho de lo que ha reprimido en sus papeles. Cuando hizo 'Bajo la arena' (2000), la película de François Ozon que gira en torno a la desaparición de un hombre, se dio cuenta de ello: “Había muchas situaciones que me eran familiares, aunque no lo sabía en aquel momento. La gente venía y me decía lo mucho que les había ayudado con pérdidas personales que habían sufrido hacía poco. No puedes definir lo que haces cuando estás de luto, ¿no crees? “¿Qué haces?”. “Aquí sentada, de luto”.

Así que lo sutil es ser capaz de contar una historia sobre una emoción fundamental a la que la gente pueda engancharse. Por eso estoy interesada en seguir, porque sé que puedo hacerlo”. Charlotte Rampling no es una ermitaña, pero se podría pensar que no le importaría vivir en mitad de ninguna parte. Aparentemente, sigue prometida a Jean-Noël Tassez, un magnate francés de las comunicaciones (el compromiso data de 1998), pero confiesa que “necesita” Inglaterra. ¿Podría trasladarse permanentemente a Gran Bretaña? Probablemente lo odiaría.

Ella sabe que intimida porque se lo han dicho innumerables veces. A la pregunta de si es una maniática del control, responde que ha elegido no serlo, “porque podría fácilmente ir por ese camino y machacar a la gente”. En el pasado, “yo me apartaba de la sociedad porque no sabía soportarla; había tanto que no me gustaba”. ¿No le gusta la gente? “No, a mí lo que no me gusta es la sensación de fingimiento que tienes en este negocio, en cualquier negocio, en cualquier trabajo. Hay mucha falsedad. No soporto lo falso”.

¿Y qué ocurre cuando se encuentra con demasiada falsedad? “No puedo tolerarlo. Me tengo que marchar”. ¿La gente no se da cuenta? “Siempre he sido educada. Nunca he mostrado a la gente lo que siento de verdad”, asegura. Charlotte Rampling se ha reído tres veces en toda la entrevista y, en cada una de ellas, su tremenda belleza se ha evaporado temporalmente y su cara se ha convertido en algo bonito, pero irreconocible: la de una de esas atractivas cincuentonas (en realidad, Rampling está a punto de cumplir 67 años) que las firmas de alta cosmética muestran sonriendo benignamente en las revistas. No sé cuántos anunciantes podrían lidiar con su oscuridad.

Volviendo a su terror a la estupidez humana, dice temerlo tanto “porque es muy peligroso”. ¿Por qué? “La estupidez significa que no piensas, no intentas nada, no tratas de resolver nada, solo actúas. En cinco minutos puede haber una pelea, una pareja puede estrangularse o estrangular a los niños... Porque nadie está pensando. ¡Nadie piensa! Puede pasar cualquier cosa. ¿Cómo podríamos evitar estas situaciones? Pensando durante unos instantes”.

Mantener las distancias

Parece que es muy positivo para ella no vivir a tiempo completo en Inglaterra. A tiro de piedra, en París, puede mantener la mística glamourosa que su reputación en Gran Bretaña requiere. Como residente a tiempo completo en su país natal sería, probablemente, incomprensible para los británicos, con sus modales de institutriz y sus oscuras tesis sobre el arte, la lealtad y, sobre todo, la gente: “Creo que mantener una cierta distancia es necesario para mí”, dice. Pero a ella le gusta la gente. “Me gusta escucharles y me gusta el alma humana”. Ese es el problema de ser naturalmente intimidante: “Si a la gente le asusta estar contigo no vas a llegar a estar cerca de ellos, ¿no crees?”.

Así que hace un verdadero esfuerzo para ser amable. Pero puede que la amabilidad sea la clave, o que la falta de esta no haya sido nunca el problema. La clave, me parece, es que, aunque a ella le guste ser alguien cercano y hacer las cosas que aproximan a las personas –charlar, bromear, mostrar a otras personas sus sentimientos–, todo eso es contrario a cada uno de sus instintos. Le gustan las personas, sí. El problema es solo este: “No puedo estar siempre rodeada de ellas”. 

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