El Congo, el país más pobre del mundo, cambió la vida de la expresentadora de televisión. Ella lo dejó todo para transformar la existencia de los más desfavorecidos.

Antes de viajar al Congo, el mundo de Conchín Fernández era el de una presentadora de televisión que quería triunfar en su profesión. Tenía 32 años y acabó en un pequeño poblado de la selva congoleña, donde su ducha era un estanque y su espejo de maquillaje, el único en kilómetros a la redonda.

Quería grabar un reportaje sobre la labor de un antiguo conocido, el padre Amable, que necesitaba fondos para construir una escuela. Tras pasar allí un mes, ella volvería a su vida. Pero tras lo que vivió, se sintió incapaz de retomarla. Lo cuenta en 'Querido Noah' (Plaza & Janés), su primera novela.

Aquel reportaje en Loukolela cambió la vida de mucha gente. Tras su emisión, se construyeron dos de los colegios más grandes del norte del país, en los que estudian 400 niños; una fundación española compró 16 hectáreas de cultivo para los vecinos, que tienen ahora tres canoas a motor para vender sus productos; y, en un futuro cercano, 1.700 familias tendrán agua potable. Todo gracias a donaciones de quienes vieron el reportaje. También cambió la vida de Conchín, que dejó su trabajo y su vida por África.

Mujerhoy. ¿Qué le llevó a escribir 'Querido Noah'?

Conchín Fernández. Cuando volví, tras dos años en la República Democrática del Congo, me encontré en Madrid sola y embarazada. Recibía miradas y preguntas que me empezaron a pesar. A mí me daba igual, pero me preocupaba que mi niño quizá también tendría que dar respuestas. Por eso decidí contarle su historia. Porque detrás hay una preciosa historia de amor hacia un hombre extraordinario, hacia un continente y un país. Quería que se conociera el Congo que no sale en las noticias. Ese país precioso, de naturaleza exuberante, donde viven personas extraordinarias. Quería que mi hijo se sintiera orgulloso de sus orígenes. Y de mí.

MH. ¿Qué idea tenía del Congo antes de visitarlo por primera vez?

CF. Cuando fui, no sabía ni ponerlo en el mapa. Tenía la idea de los documentales y pensaba que allí se concentraban las enfermedades más peligrosas, pero poco más.

MH. Aún así, viajó hasta allí.

CF. Sí, porque quería ayudar al padre Amable. Él estaba convencido de que, como yo trabajaba en televisión, podría dar repercusión a su proyecto de escuela. Fue una especie de encerrona. Aunque suene absurdo, fui en contra de mi voluntad [Risas]. Nadie me animó. A mi madre casi le dio un infarto, pero pensé que solo iba a ser un mes: hacer el reportaje y ya está.

MH. ¿Confiaba en que lo que hiciera iba a servir para algo?

CF. La verdad es que no. Yo era presentadora del tiempo del Canal 24 horas y no había cogido una cámara en mi vida. Compré una antes de ir y, por suerte, mis compañeros de TVE me dieron unas clases. Decían: Tú, plano fijo y trípode. ¡Y no muevas la cámara!. Y yo pensaba: ¡Dios mío! Si yo estoy acostumbrada a los tacones y el maquillaje... No he ido al campo en mi vida y ahora me voy a un poblado perdido en África Central....

MH. Pero acabó yendo.

CF. Sí, y como si me fuera a la guerra. Me compré unas botas hasta las rodillas porque pensé que podía haber serpientes, y un traje que parecía de astronauta. También un chaleco con 400 bolsillos, un gorro con mosquitera y tres silbatos para ahuyentar a los mosquitos. Al entrar en el avión, vi que la gente iba con traje, unas chicas con minifalda... Pensé: "Van a coger la malaria nada más llegar. No me quito mi gorro ni mis guantes ni loca". En cuanto aterricé, me envolví en una mosquitera enorme que llevaba. Me miraban como si estuviera loca.

MH. Pero consiguió adaptarse.

CF. La primera noche fue un shock, no pegué ojo. Entre otras cosas, porque no había visto una cucaracha en mi vida y en el cuarto había mucho más que cucarachas. Pero, poco a poco, ves que no es para tanto. Me divertía mucho, sobre todo con los niños y las mujeres. Como soy muy presumida, me dije que, aunque estuviera en la selva, no iba a ir hecha unos zorros. Todas las mañanas, me lavaba el pelo, me ponía las lentillas, aunque el médico me lo había desaconsejado, y me maquillaba. El primer día, las mujeres me miraban extrañadas, hasta que empecé a maquillarlas. ¡Fue una revolución! Tenía cola esperando. Y entendí que, por encima de color de piel o culturas, hablamos el mismo idioma.

MH. No es la primera escritora a la que África ha revolucionado la vida. ¿Qué tiene ese continente para atrapar de esa forma?

CF. Allí uno se encuentra consigo mismo. Te enseñan a ver la vida de otra manera, más humana quizá. Yo quería triunfar en mi profesión y punto. La maternidad ni me la planteaba, pensaba que era incompatible con lo que quería. Pero llegué a Loukolela y no había agua, luz ni cobertura en el móvil. Es ahí donde uno descubre quién es. En una situación límite, reaccionas siendo tú misma, sin envoltorios.

MH. ¿Y cómo se descubrió?

CF. Me di cuenta que soy más valiente y creo que también más generosa de lo que creía. Y también que tenía bastante sentido del humor. Cuando me desperté el primer día, había 200 o 300 personas mirándome por la ventana. Y no sé por qué, cogí una lentilla y dije que se me había caído el ojo. No fue buena idea. El padre Amable me advirtió que no lo volviera a hacer, que me tomarían por bruja.

MH. Tras un mes, volvió a España. ¿Le resultó difícil retomar su vida?

CF. Sí porque te parece que esta vida es irreal. Aquí es muy fácil: estás enferma y vas al hospital; tienes sed y abres el grifo. Allí, si quieres agua, tienes que recorrer kilómetros; no hay luz; la vida es muy, muy difícil. Y no te puedes quedar impasible. Por eso luché por sacar ese reportaje adelante; pensé que era muy importante que se conociera lo que pasaba y que no podía defraudar a esa gente. Cuando has visto, sentido y vivido todo eso, te transformas. Además de disfrutar del paisaje, navegar por el río Congo y conocer la selva, que es una visión extraordinaria, había compartido mi tiempo con personas con las que volví a los orígenes, viviendo de forma muy sencilla... Había sido feliz y, sobre todo, me había dado cuenta que podía cambiar la realidad de mucha gente. Yo tenía la idea de que en el Congo la gente muere en las guerras y por enfermedades incurables, pero no: mueren de hambre o por una gastroenteritis.

MH. De hecho, acabó dejando su trabajo y marchándose a Zaire.

CF. Sí, tres años después solicité una plaza en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Era una locura, porque estaba en mi mejor momento profesional, en La 1, que era mi sueño, pero me sentía vacía. Cuando se apagan los focos, te quitas el maquillaje y te preguntas: "¿Qué he hecho? Tengo 1.000 mensajes de fans, gracias, ¿y qué?". En cambio, ver que habíamos construido un colegio, que los niños aprendían... me llenaba de satisfacción.

MH. Y en esa segunda estancia se enamora de un congoleño, el padre de Noah.

CF. Sí, me enamoro de un hombre extraordinario. No tengo días para describir las cualidades de Valêre. Es una de las mentes más prodigiosas que he conocido, pero eso no sería suficiente para enamorarme. Me atrajo ver cómo luchaba para que le subieran el sueldo al chófer, cómo pagaba medicamentos de todo el mundo, el ansia que tenía por que los niños fueran al colegio... Me transmitió entusiasmo. A su lado, aprendí muchísimo.

MH. Las miradas de reprobación, ¿las veía también en El Congo?

CF. No era normal que una occidental tuviera como pareja un congoleño. Pero, para Valêre y para mí, el ser humano está por encima de razas y culturas. Yo no lo veía negro ni verde, veía a un ser humano que conectaba conmigo, alguien con una sensibilidad especial. ¡Pero no me gustaría desvelar el final de la novela!

MH. Usted ha vuelto a vivir en España. Desde la distancia, ¿ve esperanza para el Congo?

CF. Es un país que se sostiene por la ayuda internacional. Unicef se hace cargo de las vacunas infantiles, que cuestan 10 millones de dólares. Pero ¿hasta cuándo? Hay que agradecer a las organizaciones internacionales que estén allí, siempre que no creen un gobierno paralelo. Además, muchos congoleños que se formaron fuera están volviendo para ayudar a sus compatriotas, y eso es esperanzador. Son conscientes de que todo está por hacer y quieren hacerlo. En cuanto haya formación para todos, tomarán las riendas de su país.

MH. ¿Volverá entonces?

CF. En realidad, no me he ido del todo. Me daba tanta pena marcharme que dejé mis cosas allí. Y ahí siguen, esperándome.

Dress from Africa: el Congo a través de la moda

Conchín Fernández trajo a España una maleta llena de vestidos confeccionados por mujeres congoleñas bajo patrones occidentales que ella les había dictado. Fueron un éxito; pudo pagar los sueldos de las 10 costureras y encargar más. Así nació el taller de Fanny. "Me llamaba mucho la atención lo presumidas que son las congoleñas –cuenta Conchín–. Siempre van hechas un pincel y hay casas de costura por todos lados. Y como diseñan muy bien y tienen telas preciosas, pensé adaptar sus vestidos a los diseños occidentales.

Cada vestido 'cuenta' algo del Congo: "Creamos el modelo Lubumbashi, que es una ciudad muy cosmopolita; el Ubangui, uno de los ríos más importantes; el Mashamba, que es el apellido más común allí y representa los poblados alrededor del río... La moda es una forma de acercar la cultura congoleña a nuestro país".

Una historia de amor

'Querido Noah' no solo relata la experiencia de Conchín Fernández en Congo, también es un reivindicación de la maternidad, de la vuelta a los orígenes y a lo que realmente es importante, por encima de culturas y fronteras, y del amor como motor de la vida (Plaza & Janés).

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