Donna Leon: "En mis libros la muerte es algo personal"

  • Es una autora best-seller, pero ha prohibido la publicación de sus libros en italiano para poder vivir en paz entre los canales de su amada Venecia. Acaba de publicar en España 'La palabra se hizo carne', el caso número 21 del inspector Brunetti. Nos recibe en exclusiva en su casa para hablarnos de literatura, popularidad, felicidad y música.

Agua, agua, agua. En las puertas hinchadas de las casas, en las piedras resbaladizas de las plazas, en un día de sol en mitad del invierno (manos de lana que se frotan con prisa delante de un rostro, sombreros de alas al final de un callejón barrido por la brisa de la Laguna); todo, en Venecia, es una expresión del agua. Y también del silencio. O, mejor dicho: de la ausencia de tráfico en un lugar que, a cambio del ruido de coches, ofrece un murmullo de voces que emergen de las sobremesas de los bares y dan vida a un sitio donde las cosas, generalmente, se hacen navegando o a pie. A falta de góndolas y lanchas, para moverse en la Serenissima ningún medio es tan eficaz como un buen par de piernas; imposible, si no, subir las escalerillas de los puentes, atravesar los cientos de islas y perderse entre sus menos de 300.000 habitantes.

"Acqua, acqua, acqua", ofrece Donna Leon desde la cocina de su piso, en la última planta de un edificio del siglo XVII en pleno Cannaregio, a unos pasos del palazzo Boldù. Desde sus ventanas góticas se distinguen las cúpulas de las basílicas de San Marco y de Santi Apostoli. Es un barrio tranquilo, libre de turistas. Tal vez las calles estrechas, con negocios que ofrecen servicios de tumbas, les disuaden. Sin embargo, en esta zona se encuentran joyas de la arquitectura veneciana como el Ponte delle Guglie, la iglesia renacentista Santa Maria dei Miracoli o el palazzo Vendramin Calergi, conocido, entre otros motivos, porque allí murió en 1883 el compositor Richard Wagner. Para dar con Donna Leon, el punto de referencia, sin embargo, es otro. "Cuando digo que vivo cerca del palazzo Boldù, todos los que vivimos aquí me sitúan exactamente en el plano que llevamos en la cabeza: el psiquiátrico", dice esta mujer de humor serio y risa irónica. La escritora camina en calcetines sobre un suelo de alfombras orientales, una costumbre que adquirió en los países árabes y que se trajo a Venecia junto a otros objetos de su sala de estar: una suerte de mascarón de proa egipcio de tres mil años de antigüedad, una puerta hecha en Turquía que servía para proteger las ventanas del frío y, ventajas de la tecnología, varios retratos (ingleses, holandeses, napolitanos) que ha comprado por internet y que ha colgado en su despacho, entre estanterías abigarradas de CDs de música clásica.

PATRIA DE ADOPCIÓN

Podría pensarse que, por su sencillez y amabilidad, por la 'finezza' de su tono y por el acento italiano que se concentra en su nombre, Donna es tan veneciana como los 'fritelle', unos buñuelos de crema que exhiben las panaderías en vísperas de carnaval. Pero es americana. Nació en New Jersey, aunque hace tantos años que se fue de América que sentirse de allí le resulta extraño. "Yo soy de 1942. Crecí en Estados Unidos en los 50 y 60, cuando América mandaba. Sabíamos que el mundo era nuestro, fuera verdad o no, y teníamos muy arraigada la idea de que podíamos hacer lo que quisiéramos. Pero yo no quería hacer nada, salvo ser feliz", dice, como si recordara el momento en que, en 1981, decidió dejar de dar vueltas por el mundo e instalarse en Venecia. "Al final, el secreto de la felicidad es no ser ambiciosa", dice la autora. Lo que ella ha hecho por Venecia no lo ha hecho, quizás, ningún veneciano: insuflar vida a un personaje de ficción como Brunetti, el inspector de policía que lee a Herodoto y a Dante y recorre las calles tratando de resolver un crimen seguramente relacionado con algún asunto de actualidad: a veces es la contaminación; otras, el lugar de la mujer en la sociedad o el auge del turismo.

ETERNA EXTRANJERA


Brunetti, que ha llegado a su caso número 21 con 'La palabra se hizo carne', es padre de dos hijos. Está casado con Paola, una mujer culta que da clases de literatura inglesa en la Universidad y cuya mirada sagaz le ayuda a resolver los casos. Parece tan real que no es difícil imaginarlo cruzando canales o entrando en la Jefatura de Policía para saludar a Elettra, la secretaria de su patético jefe. Quienes nunca han viajado a Venecia pueden descubrir la ciudad con estos libros: dónde se puede tomar el mejor vino o que, en el restaurante siciliano de la plaza de Santo Stefano, hay que elegir "zuppa di cozze al profumo di basilico". Pero los venecianos solo pueden acercarse a Brunetti en otros idiomas. Sus libros no se publican en italiano. "No mientras yo esté viva –dice Leon, enérgica–. De los venecianos que me han leído, ninguno me ha dicho nada negativo. Lo que me preocupa es el efecto de la publicidad. Cuando en Il Corriere o en La Repubblica escriben sobre mis libros y señalan que una extranjera critica Italia, o que una escritora americana dice que hay corrupción en este país, me doy cuenta de que aquí no quiero ser conocida. No deseo una vida así. No me interesa la fama porque hace que las personas no se muestren tal como son. Si alguien se encuentra con un famoso, cambia de comportamiento; quiere causarle una buena impresión. Una vez, en un cóctel, se me acercó un señor mayor. "No me gustan sus libros", me dijo. "En todos habla muy mal de Italia y de Venecia". "¿Sí?", le dije. "¿En cuál?". "En todos". Obviamente, no había leído ninguno. Seguramente había oído decir que yo era una extranjera que no dejaba muy bien a Italia y que no publicaba en italiano porque tenía miedo; no porque me gusta vivir en paz".

En su nueva entrega, Brunetti debe descubrir el lado perverso de la industria alimentaria. Tendrá que salir de su territorio habitual, hasta el matadero de Preganziol, en Mestre, para desbaratar una red de veterinarios corruptos que ponen en peligro la salud de los habitantes de la Laguna. "Es más pesimista que antes –dice la autora– pero el libro, su prosa, tiene algo de humor inglés, algo muy difícil de traducir al castellano. Lo que escribo refleja mi visión intelectual, que siempre es muy negra, muy oscura, a pesar de que soy una mujer inmensamente feliz. ¿Por qué debería ser optimista respecto al futuro? Hoy leí en el periódico que en Mongolia han descubierto toda clase de minerales y que los países más poderosos ya se están instalando allí. En Europa no vemos esas cosas porque vivimos en la Luna. Tenemos médicos, dentistas, internet, electricidad, agua limpia. Nunca tenemos problemas. ¿Qué cultura, en la historia de la humanidad, ha alcanzado tal nivel de riqueza? Ninguna".

Sus libros se venden por millares en otros países. En Alemania, la 'dama negra del crimen', como la llaman, es una autora de culto. "Los alemanes –explica– siempre han amado Italia en general y Venecia en particular. Es su ciudad predilecta. Y mis libros les gustan porque no son gente estúpida. No se avergüenzan de leer una novela que no sea 'seria'". Y es que sus novelas, más allá de la trama policial, no son estrictamente policiacas. Comienzan con la aparición de un cadáver, pero todas le toman el pulso al mundo actual, sin entrar en detalles escabrosos como los análisis forenses. "Lo único importante es saber por qué alguien ha matado al fallecido. La muerte, en casi todos mis libros, es una cuestión personal. Gran parte de la novela negra contemporánea está demasiado obsesionada con la violencia, especialmente con la violencia contra las mujeres, y yo no puedo leer eso". Dice que prefiere releer a los clásicos del género como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Patricia Highsmith y su adorado Ross Macdonald.

JUVENTUD ITINERANTE

Hija de un padre que compraba todos los días The New York Times y de una madre secretaria de la que heredó un profundo sentido el humor y un espíritu optimista, desde muy joven Donna Leon supo que su destino no era quedarse en Estados Unidos. Así, tras estudiar literatura inglesa del siglo XVIII, hizo las maletas y se marchó a Europa. Vivió en Roma, como guía de turismo y en Londres, en una agencia de publicidad. Finalmente aceptó dar clases de literatura en las bases militares que los americanos tenían en casi todo el mundo: estuvo en China, en Irán y en Arabia Saudí. Enseñaba a soldados que, entonces, se apuntaban al ejército para poder estudiar y ser hombres de bien. No como los soldados de ahora, dice, que son "más patriotas y pretenden salvar el mundo". En Irán daba dos horas de clases al día y regresaba a su casa a jugar al tenis. Del tiempo que pasó en Arabia Saudí no guarda un hermoso recuerdo en la memoria. "La mera mención de ese país saca lo peor de mí y me vuelve violenta, rencorosa y vengativa. No me sentía libre, no podía hacer lo que quería y no soportaba el machismo. Así que decidí no trabajar en un país en el que no me sentía cómoda. Quería sentirme libre con la propia vida".

Durante todos esos años tuvo una relación directa con la escritura, pues escribía muchas cartas a sus amigos y familiares. A los 47 años, se cansó del género espistolar y se propuso escribir una novela. Un amigo siciliano, director de orquesta y profesor universitario, estaba hablando de un colega suyo y alguien, en broma, sugirió que lo ideal sería matarlo en su camerino. "Qué gran idea para una novela policial", pensó ella. Como si se tratara de un juego, se puso a escribir 'Muerte en La Fenice', la primera aventura de Brunetti. Cuando la terminó, envió el manuscrito a Japón y se alzó con el premio Suntory. Al poco tiempo la llamaron de la editorial Harper Collins y le ofrecieron un contrato por dos libros más. El resto es historia. "Tuve suerte –dice Donna Leon–. Cuando escribí el primer libro, jamás había tenido un puesto de trabajo seguro. Había trabajado en un país u otro, sin seguridad económica. Y así sigo viviendo desde hace más de 40 años. Sin estos libros, no sé qué habría sido de mi vida. Me siento una mujer feliz, muy afortunada. Hago lo que me gusta y me gusta lo que hago: disfrutar de la ópera, escribir, vivir en una ciudad rodeada de agua".

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