La escritora italiana, autora de la inolvidable novela 'Donde el corazón te lleve', nos abre las puertas de su idílica vida en la Umbría italiana.

"La mayoría de los santos provienen de aquí", dice con cierto orgullo Susanna Tamaro sobre Umbría, esta región sin salida al mar pero con mucho camino al cielo y en la que vive hace casi 20 años. Antes, la escritora italiana más famosa residía en Roma. Pero como el ritmo frenético que la ciudad le imponía a comienzos de los 90 se tradujo primero en un problema respiratorio y después en asma, el médico le recomendó que se fuera vivir a un lugar donde no hubiese polución. No lo dudó. Juntó sus cosas y se marchó al "corazón verde de Italia", como alguien llamó alguna vez a Umbría, que ha ofrecido al santoral católico, según cita Susanna Tamaro de memoria y contando los nombres con los dedos de la mano, a "san Francisco de Asís, san Constancio, san Herculano, san Ubaldo y santa Clara", entre algunos otros.

Ella nació en el norte, en Trieste, en 1957. Algo de su estilo de vida, tan apegado a la regularidad tal vez provenga de que nació con una puntualidad germánica: el día 12 del mes 12 a las 12 horas y 12 minutos. Desde que llegó a Porano, este pueblecito a pocos minutos de la hermosa ciudad de Orvieto, vive con Roberta, su amiga y compañera desde entonces. La casa es antigua, de piedra, y pudieron hacerla suya gracias al éxito de 'Donde el corazón te lleve' (editada en España por Seix Barral, como el resto de su obra), la novela que en 1994 conquistó el alma de los lectores e hizo de Susanna Tamaro una escritora de éxito.

Adornado por canteros donde crecen rosas rojas, por figuras de escayola de enanos de Blancanieves y clivias en flor, el jardín se ofrece generoso hacia a un prado que acaba unos cuantos metros más abajo, en un bosque de altos árboles. No están solas. Una pareja peruana y sus tres hijas, a las que Susanna adora, las ayudan en las tareas del campo y en el mantenimiento de una vivienda que requiere mucho trabajo: hay animales, un huerto, hay plantas, un gimnasio y una piscina en la que nada Roberta, tanto en invierno como en verano, gracias a un curioso sistema que permite cubrirla en mitad del frío o bajo la inmensidad de la noche. Todos juntos, para Susanna, constituyen su familia. "Una ciudad como Roma tiene algo de enfermizo. Es normal que todos quieran escapar de ella. Hay demasiado caos, mucha contaminación ambiental y no hay tiempo para nada. Ni siquiera para estar con los hijos. Mis amigas que son madres parece que trabajaran de taxistas: se pasan todo el día en el coche, yendo al trabajo, llevando los niños al colegio, a recogerlos... Es un estrés de locos". No es la única que se ha marchado de Roma y ha optado por la vida en el campo, una tendencia que se ha ido acentuado al ritmo de la crisis económica. "En Orvieto viven familias que trabajan en Roma pero viven aquí porque la vida también es más barata. Lo que allí vale un garaje, aquí cuesta una casa con jardín".

Fellini, su primer admirador

Ella conoce muy bien Roma. Llegó allí con 18 años a estudiar cine. Mientras tanto, escribía. Italo Svevo, una de las voces más originales de la literatura italiana de comienzos del siglo XX, era familiar suyo por el lado materno, con lo cual, de algún modo, estaba familiarizada con el oficio. Así, en 1989, se dio a conocer con la novela 'La cabeza en las nubes', a la que siguió, dos años después, 'Para una sola voz', un libro de relatos que Federico Fellini consideraba una obra de arte absoluta. "Fellini llamaba a los periodistas para decirles que eran unos estúpidos porque se había publicado un gran libro y nadie me hacía caso –recuerda–. De ese modo, empecé a ser conocida. Hay una ley absoluta: quien tiene talento, reconoce el talento; quien no lo tiene, no sabe lo que es", subraya esta escritora cuya obra, que ha sido traducida a más de 40 idiomas, le ha permitido ser una de las más leídas en todo el mundo y poder elegir una vida en un tempo más lento, dedicada a las cosas que más le gustan: atender a los animales, cuidar las plantas, practicar yoga, hacer meditación, leer y, por supuesto, escribir.

Su vida, así y todo, no tiene nada de ociosa. Su día empieza muy temprano: a las siete de la mañana. A esa hora, les da de comer a los perros, escribe (si es invierno) y trabaja en la huerta (si es primavera o verano) entre los olivos que se salvaron de la nieve de febrero y los árboles frutales. Después se dedica a cuidar las plantas y las flores. Además, algunos días va hasta el pueblo, en bicicleta, a tomar lecciones de canto: desde hace tres años está aprendiendo a modular su voz de soprano porque se ha propuesto, para cuando cumpla los 60, hacer realidad el sueño de ser cantante. Por si fuera poco, tres veces a la semana, se calza el kimono blanco y se anuda a su alrededor un cinturón negro de karate, pues recibe a un par de alumnos a los que da clases en el gimnasio que ha montado junto a la galería de su casa.

Es, si se quiere, una mujer feliz que, en el fondo, no ha cambiado en nada. Sigue teniendo la misma y profunda mirada sobre la existencia y un sentido religioso de la vida que la fama no ha hecho variar. Lo dice alguien, además, que llegó a vender más de 35 millones de ejemplares con 'Donde el corazón te lleve', la hermosa novela que indaga en las delicadas relaciones entre nieta y abuela. "No podía imaginarme tener un éxito tan grande. Es muy difícil vivir con algo así si no eres una persona equilibrada. Pero siempre he sido la misma. He permanecido fiel a mi vida y por eso he podido resistir todas las maldades, todos los ataques", explica refiriéndose a las críticas que le han caído, por parte de la prensa progre de Italia, por ser cristiana, por reconocerse católica y por haber publicado en revistas como Familia Cristiana o en una editorial como San Paolo, pertecientes a congregaciones católicas. Las críticas, en cualquier caso, las ha recibido de la misma manera que los elogios. "Siempre he tratado de evitar las adulaciones al máximo, porque no las soporto. Por lo tanto, trato de vivir con gente normal, de hacer una vida normal, que me aprecien por aquello que soy como persona, no como escritora. El cristianismo, de algún modo, es aprender a sentir la libertad interior, de poder vivir el amor en el momento que llega, sin barreras mentales", dice mientras reparte caricias a sus cinco perros y a Perla, una gata majestuosa que retoza sobre un césped que huele a recién cortado. "El éxito es capaz de destruir la vida. Pero como cuando se publicó la novela yo ya vivía aquí, pude seguir haciendo lo que había hecho siempre".

"Festina lente". Ese parece ser su lema. La locución latina que propone apresurarse lentamente, llevar una vida sin prisa pero sin pausa. "Nuestro cerebro no está hecho para ir así de rápido; es violento para nuestra cabeza, y al final te vuelves una máquina que no piensa. Necesita un tiempo para asimilar lo que absorve, para reflexionar", explica y agrega que ella no es como otros escritores, que "están todo el día sentados, fumando cigarrillos, escribiendo sin parar. Yo no puedo. De ninguna manera. No puedo estar sentada. Tengo que andar en bicicleta, caminar...".

Hay algo, no obstante, a lo que antes se entregaba con intenso placer y que su médico, ahora, le tiene totalmente prohibido: dormir la siesta. Como no quiere padecer insomnio, acepta la restricción médica y, después de comer, sacrifica esa hora de felicidad entre las dos y las tres de la tarde y hace, simplemente, otras cosas: camina bajo el sol, contempla la naturaleza o cepilla las crines de Julia, Julieta, Rosina e Irma, su majestuoso plantel equino; es decir: una yegua, dos ponis, un burro.

Cambio de estaciones

Para Susanna Tamaro, escribir es una actividad más de las tantas que hace como persona. Escribe siempre en el mismo sitio: una cabañana pequeña, junto a la enorme piscina cubierta. Acompañada por sus cosas queridas, por los libros que lee y las señales de sus creencias (poemas de Kavafis, ensayos de Canetti, cuadros con caracteres japoneses y una imagen de san Antonio Abad, el santo amado por los animales), pasa allí las mañanas de invierno, sin teléfono ni internet, escribiendo, que es, en cierto sentido, una forma de encontrarse con el misterio. "He estado 20 años con un maestro japonés y estoy muy ligada también al budismo, a la meditación. Lo que le falta mucho al cristianismo es la parte meditativa. Yo creo que debe haber un encuentro más fraterno entre Oriente y Occidente, un encuentro que si se da más a menudo, puede resultar muy fructífero: los orientales, tienen demasiado silencio, y nosotros, demasiadas palabras".

Apenas concluye febrero, las palabras que Susanna ha volcado en el ordenador portátil suelen dar por concluida la novela que ha estado tramando y escribiendo en todos esos meses. La luz de la nueva estación le anuncia que han llegado otras actividades y que debe dedicarse a ellas. "La oscuridad ayuda a escribir. En primavera, o en verano, cuando hay luz, es todo muy bonito fuera; no me apetece escribir", afirma. En esos momentos, dice, prefiere ver las flores, estar con los animales, dar paseos en bicicleta porque para ella, en cualquier caso, no es obligatorio escribir. Solo lo hace si lo siente de verdad.

El amor, el dolor y la vida

Maestra de yoga, que declara odiar todo lo que sea estrecho, que piensa que el mal de nuestro tiempo es la idolatría al dinero, que ha dicho que la felicidad es vivir según la propia conciencia y que también está al frente de una fundación para el desarrollo de la mujer que ofrece ayudas a jóvenes que han sido prostituidas por las mafias, nunca tuvo reparos en confesar su profunda fe cristiana, como tampoco los tuvo a la hora de vivir como piensa y de vivir su fe, y su vida, con libertad, sin ataduras ni convencionalismos. "Yo no me he casado, pero vivo con esta comunidad, con estos niños, como si fuésemos una familia, porque, para mí, lo importante es este sentimiento de fraternidad, algo que va más allá de los lazos de sangre. También vivo con Roberta, somos muy amigas; comenzamos de casualidad, compartiendo la casa hace muchos años y después nos hemos llevado bien y nos hemos quedado a vivir juntas. La amistad puede ser mucho más importante que el amor. Pero existe esta forma de estupidez, de convenciones sociales, que terminan ejerciendo una violencia terrible en las personas".

Acaba de publicar 'Para siempre' (Ed. Seix Barral, 17 €), la historia de Matteo, un cardiólogo que 15 años después de la muerte de su esposa, aún no puede recuperarse de su pérdida. Una novela extraordinaria sobre el amor y el significado del dolor y de la vida, de la muerte y del renacimiento. Sus libros, dice, no son de consumo sino de reflexión, pues han nacido de un proceso de meditación, de un encuentro profundo con la naturaleza, en un diálogo constante con el misterio. "La naturaleza nos habla de nosotras mismas, nos habla de nuestra naturaleza y también del misterio del mal". Susanna Tamaro espera seguir avanzando según le dicte su conciencia, confiada en que allí donde esté su corazón estará su secreto, y donde esté su secreto, su felicidad.

Una ciudad con un pasado milenario, Orvieto se encuentra camino a Florencia, a una hora en tren desde el centro de Roma, y se alza sobre una roca inmensa, en medio de una llanura verde y tupida. Se dice que sus primeros habitantes aparecieron mucho antes de la era cristiana, pero que su período de mayor esplandor ocurrió cuando la ocuparon los etruscos, entre los siglos VI y IV a. de C. Después la perdieron a manos de los romanos y de aquella época quedó realmente muy poco, salvo las cuevas que los etruscos habían hecho para no encontrarse sin agua en caso de ser asediados por el enemigo, un laberinto de túneles en las entrañas de la roca por las que actualmente se pasean los cientos de turistas que cada día llegan para ver el otro orgullo de Orvieto: Il Duomo, una deliciosa arquitectura gótica, recortada sobre un cielo de azul infinito en cuyo interior destacan obras maestras del Renacimiento italiano, como los famosos frescos que Luca Signorelli pintó entre 1499 y 1502.

Por sus calles suele caminar los sábados por la mañana Susanna Tamaro. Hay mercado, y le gusta ir a hacer algunas compras y a encontrarse con sus amigos. "Hago un poco de vida social", dice la escritora, que después de andar por Orvieto desea volver rápido a su casa, a su vida campestre, al refugio de su comunidad, de sus animales, al deseo de hacer siempre cosas nuevas. "Intento crecer constantemente. Por eso los lectores son felices conmigo, porque siempre propongo un camino nuevo."

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