A los 47 años ha roto su silencio con un libro donde cuenta la historia de su vida. Una reflexión que la ha ayudado a elaborar psíquicamente una infancia y adolescencia atormentadas que han marcado su existencia. La psicoanalista Isabel Menéndez se acerca a ella para entender su verdad.

En el deseo de entender su vida Isabel Sartorius encontró una palabra, 'codependencia', que le ayudó a explicar lo que le había ocurrido y la condujo a tratarse y a empezar a disolver su dolor. Esa palabra pudo ser el hilo del que fue tirando para desenredar el ovillo de su vida. Cambió la idea de que estaba loca por la de ser codependiente. Para el codependiente la 'droga' es la adhesión sin límites a una persona. "Mendigan amor toda su vida y construyen su identidad a través de esa otra persona. Les entregan su existencia y hacen lo que sean con tal de ser queridas", explica Isabel. Hablamos con ella de este concepto y de las vivencias que describe en su autobiografía 'Por ti lo haría mil veces' (Ed. Martínez Roca). Una conversación tras la que se concluye una cosa: que hay que tener valor para cambiar el ritmo de la historia heredada.

Mujer hoy. Su madre era adicta a la cocaína. ¿Piensa que usted era adicta a ella?
Isabel Sartorius. ¿Podemos hablar de la codependencia? Mi libro está escrito para darla a conocer y ayudar a todas las mujeres que la sufren.

¿No cree que también podría estar escrito para elaborar el duelo por la muerte de su madre? Ella le decía que lo escribiera. ¿A qué cree que se debía su interés?
A que dejara de darle la charla. Ella me decía: "Pero Isa, si te hace tanta ilusión escribe un libro sobre ello". Después pensé que tenía que hacerlo para que nadie pasara por lo mismo, ni se volviera loco por la adicción a otra persona.

En la dedicatoria escribe: "A mi madre Isabel que sigue conmigo. A mi hija, Mencía, que lo es todo. Y más". ¿No es una carga demasiado pesada para su hija ser colocada en ese lugar?
No, para nada, está encantada con lo que he dicho. No creo que sea una carga para Mencía poner que sea todo para mí.

También dice, refiriéndose a su madre: "Hacíamos un equipo perfecto. No hacía falta más gente. Aparte de una hija yo era su amiga y su prinicpal apoyo". Vuelve a plantear que suponía que representaba casi todo para su madre. Y eso siendo una niña es una misión imposible...
Tampoco es que yo lo fuera todo para ella, era la que más se preocupaba, la mayor.

Cuando su madre se casó por segunda vez, usted tenía nueve años y consiguió que la llevara a su viaje de novios. Reconoce que le hubiera gustado que se hubiera negado. ¿Cree que no supo ponerle límites?
Sí, me faltó que me pusiera límites, me he pasado la vida aprendiendo y hubiese sido más fácil que me enseñaran.

La sobreprotección parecía más una necesidad de ella que suya.
Ella me protegía mucho. Pero es distinto a lo que yo hago con Mencía, porque no me hace tanto caso. Mi madre y yo teníamos un carácter más parecido, aunque yo fuera más fuerte. Pero Mencía es ella y su vida. No la involucro en mi cosas. Nada que ver con mi madre, con la que estaba todo el día preocupada.

Estaba preocupada porque su madre estaba mal. En algún momento afirma que no hay nada peor que ver llorar a una madre.
Sí, ella era súper vulnerable, súper niñita, muy desamparada, demasiado pura.

Cuenta que cuando vivían en Lima la acompañaba a sus salidas nocturnas para protegerla. Se compara y dice que ella no le puso límites y usted tampoco supo ponérselos.
Yo tampoco lo hice. Sí, ella quería que estuviese alrededor.

Pero no estaban en el mismo plano, porque usted era una adolescente. ¿Los papeles estaban invertidos?
Ya, ya. Sí, ella era la hija.

¿Usted podía ser vulnerable?
No.

¿Y después?
Pues tampoco. No.

¿Ha podido serlo alguna vez?
Alguna vez. Creo que voy a llorar. ¿Hay que serlo? ¿Hay que ser vulnerable?

Quizá no queda otra, porque todos los seres humanos tenemos algo de vulnerabilidad. Somos así.
Es verdad. No lo sé, luego lo he sido, creo.

Le cuesta reconocer que era vulnerable, que necesitaba amparo. Empieza el libro diciendo que su madre la lleva de la mano y lo acaba igual. ¿Es ese su deseo?
Es que yo la quiero muchísimo. Es como una hija para mí, se lo perdono todo.

En aquella época, cuando era adolescente, afirma que se le destruyó el sentimiento de conexión con el mundo de alrededor.
A lo largo de mi vida me he preguntado mucho sobre cuándo desconecté de la realidad, por qué empecé a vivir las cosas sin estar realmente en ellas. Y también desconecté de mi propio mundo interno. Pero esa desconexión interior es muy típica de los codependientes.

Es posible que estuviera absolutamente conectada con su madre. Y así es muy difícil tener identidad propia.
Mi madre y yo éramos una, no sé por qué. Yo he reflexionado mucho sobre por qué nuestra relación era así. ¿Por qué me pasó esto? No lo sé.

Usted dice que hay amores que matan, yo le diría que hay amores que enferman….
Me enfermó. Mi vida ha sido así, los amores con los hombres no me los tomaba en serio. Lo principal era mi madre.

No pudo efectuar una separación...

¿Tiene que haberla? ¿Tiene que haber separación?

Interna, sí. Una madre y una hija son dos.
Pues nunca la hubo. Solo cuando se ha muerto.

Quizá este libro le ha servido para aceptar muchos aspectos de la relación con su madre, para salvarla a ella y para rescatarse a sí misma de la confusión. A veces, es bueno decirle que no a una madre. Como hace su propia hija con usted.
Mi hija es muy madura para su edad. Tenemos una relación sana.

Parece que ha hecho un ejercicio tremendo, porque no lo tenia fácil para ser madre.
Tampoco he hecho mucho, la verdad. Darle orden, disciplina y un espacio enorme.

Volviendo a su libro, cuándo volvió a Madrid desde Lima decidió irse a estudiar a Washington. ¿Cree que esa decisión fue un poco como una liberación?
No me adapté a España, se me hacía pesada. En EE.UU. empecé a reconocer el dolor. Saber que todos estábamos en un lado distinto del mundo, separados. Ahí sí lloré, veía a una familia y lloraba.

Al sentir la ausencia de su madre…
No, no, no la sentía, estábamos todo el día hablando. Tuve más espacio de libertad, eso sí, pero ella siempre estaba ahí, me llamaba, no me dejaba sola.

No parece casual que estudiara Relaciones Internacionales, explica que entonces soñaba con cambiar el mundo. ¿Ese sueño podría tener que ver también con un deseo de cambiar un poco su mundo interno?
No lo sé. Siempre me interesó. El peruano (se refiere a su padrastro) viajaba mucho, era político. Y quise estudiar eso.

En aquella época su madre la visitaba y usted ya no aceptaba tanto lo que lo que hacía. ¿Cree que la distancia y su mayoría de edad le permitieron reflexionar?
Ahí es cuando comenzó mi lucha para hacerla salir de las drogas.

Afirma que entonces tenía un mecanismo de defensa contra los hombres. ¿De qué debía defenderse?
Pues no lo sé. Quizá, de que no me hiciesen daño. Mi madre había sufrido mucho por amor.

¿Creía que no podía vivir el amor de otra manera que no fuera como lo había vivido ella?
Claro. Supongo que sí. Entonces comencé a ponerme corazas y estaba a la defensiva. Yo tenía esa defensa y no tengo ni idea de por qué.

En su libro describe cómo el príncipe Felipe llegó para el rescate.
No, a lo que me refiero es que era el típico príncipe de película que llega para echarte un cable. Me dio mucha paz.

Escribe que tenía el mundo emocional roto. Con todo esto, quizá renunció porque…
Yo no renuncié a nada, simplemente me sentía mal. Me sentía desestructurada. Seguía con ese follón de mamá y no estaba preparada por dentro. Es solo eso. Sentía una gran necesiad de buscar. Mi prioridad no era casarme y tener hijos, y menos mal que no pensaba en eso. Con todo lo que me había pasado no estaba preparada. Lo de mi madre no estaba solucionado. Yo me hacía cargo de ella. Empezaron las cuestiones del divorcio y tenía que viajar a Perú cada poco. Mi guerra era esa. Además, creía que mi madre iba a salir de la droga. No sabía lo que sé ahora. En este momento ya sé que si alguien está en la droga, tiene que salir por sí mismo.

¿Le parece que había en usted un rechazo hacia el matrimonio?
Yo estaba casada con mi madre. Es que va todo junto. Sí, es cierto, es eso, ¿se lee entre líneas o no?

Avanzando en la historia, cuando tuvo a su hija Mencía, sufrió una depresión. ¿Puede ser que en una identificación con su madre le fuera complicado separarse de ella y esto la llevara a hacerse adicta a los tranquilizantes?
Me falló la química.

En esta situación su padre se preocupó mucho por usted y le sirvió lo que le dijo. Se lo agradece en el libro.
Mi padre fue muy generoso de alma cuando yo era mayor. Al principio tuve poca relación con él.

Cuando anulaste la boda con Javier Soto también te ayudó.
Sí, sí, todos se daban cuenta: yo vivía las cosas sin estar ahí. Es algo muy extraño. Ahora ya no me pasa, ahora vivo totalmente metida en la realidad; soy coherente, soy consecuente.

Después de esa ayuda de su padre, que les acerca un poco, desgraciadamente él muere a los siete meses. Y parece que soporta el duelo comiendo, engorda 20 kilos.
Yo todavía no había hecho ninguna terapia de los comedores emocionales. Me alimenté durante dos meses a base de helados. No sabía que era una gratificación absoluta.

Explica en su libro que "la muerte de alguien a quien quieres tanto te hiela por dentro, te congela, su muerte me tumbó". Y empieza a comer helados. En ese momento estaba cerca de su padre.
En ese momento él me daba seguridad. Como padre e hija, no como colegas.

Eso es lo que necesita una hija, un padre, no un colega. Puede ser que en ese momento, al perderle, volviera a sentirse internamente de nuevo más confundida con su madre. Lo digo porque señala que los carbohidratos poseen el mismo efecto que drogas como la cocaína.

Eso está probado. No lo digo yo. Creo que compensé la tristeza.

Repasando su vida laboral se deduce que el mundo de la comunicación le gusta.
Profesionalmente aún no me he realizado. Al principio era ambiciosa y después fui dejando todo, fui escapando de un lado para otro. He dado la supremacía al mundo emocional. Ahora voy a intentar trabajar la constancia. Tengo una gran sensación de fracaso en lo laboral, por mi pasividad, porque nunca he terminado las cosas. Ahora he empezado en la televisión. Pero sé que no he tenido muchos triunfos. Es mi lado vulnerable, la inconstancia.

Lo profesional tiene que ver con algo que es solamente suyo.
Me exige tanto el trabajo. Me exige tanto la vida. La verdad, no he hecho nada bueno profesionalmente.

Ha hecho lo que ha podido y tiene por delante camino que recorrer.
Vivir al lado de la autodestrucción me ha hecho perder un poco el sentido de la vida. ¿Cree que eso es normal? Tener una madre adicta a las drogas te marca. Y no me trabajo las cosas. El haber visto a mi madre en la cama para después morirse... No solo el trabajo, de repente, cuando cuesta algo en la vida, pienso “¡uf! ¿Qué sentido tiene esto?”. Yo no era así. Yo era muy estudiosa, ambiciosa. Eso es algo que tenía innato, pero con el tiempo he adquirido mucho de destrucción, de desidia... es lo normal.

Sí lo normal es identificarse con la madre.
No solo la identificación. No solo eso. Porque yo he vivido desde los 12 años con una madre que vivía en la cama.

¿Y se va a permitir ser diferente?
Nunca haría eso porque soy muy activa, porque me aburro. Voy a cumplir con los deseos y con los objetivos. Un poco tarde, porque tengo 47 años.


LA MIRADA PSICOLÓGICA, PALABRAS PARA ENTENDER UNA VIDA 

¿Puede ser un libro un acto de amor a una madre? ¿Puede escribirse para elaborar el duelo por su muerte? ¿Puede servir para arreglar cuentas con el pasado? ¿Para liberarse de él?

Todas estas, entre otras motivaciones más o menos inconscientes, han podido llevar a Isabel Sartorius a escribir su autobiografía. Su madre, adicta a la cocaína, marcó su infancia y su vida. Poco antes de morir, hace tres años, se lo pidió: "Escríbelo, Isa, escríbelo…, con todo lo que sabes a lo mejor ayuda". Isabel lo ha escrito, sigue ayudándola después de muerta, realizó su deseo.

El libro, que se titula 'Por ti lo haría mil veces', ya anuncia una declaración de amor, un intento de entender a una madre autodestructiva que no pudo ocupar el papel materno de protección y fue su hija quien tuvo que protegerla a ella. En esta dedicación hasta intentó separarla de su segundo marido (el padrastro de Isabel), con el que tenía una relación tormentosa. Isabel dice: "Asumí un reto que me sobrepasaba: el de su rescate".

En esta relación donde la madre era la dependiente de la hija, la hija se quedó sola, desamparada. Le robaron la infancia. Se convirtió en una niña no dependiente, lo que la transformó en una adulta dependiente. Pero poner palabras a la verdad personal sana. En su libro Isabel explica que nunca hasta ahora había contado a nadie que iba a escondidas a comprar droga para su madre. "Lo único que tenía dentro de mí era una pasión enorme por protegerla y ayudarla en todo lo que me pidiera. Era devoción", escribe.

Sabe que la van a atacar, pero no le importa. Alguien cque ha tenido la necesidad de hablar para salir del infierno, escribe sobre todo para sí. Se trata de un acto de amor a sí misma. Ya que no tuvo una madre que la acogiera en sus miedos, ha sido ella misma la que los ha expulsado y los ha puesto en páginas en blanco. Para entenderlos y para dominarlos, algo que sí puede ayudar a otros.

No se trata solo de los acontecimientos traumáticos que marcan el destino, sino de la forma que se tenga de vivirlos y de reflexionar sobre ellos. Con el tiempo, se puede cambiar la mirada que se tenía sobre lo sufrido. Un libro de esas características constituye un ejercicio terapéutico que pone palabras a la historia emocional. Nadie debería juzgar una autobiografía.

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