Joanna Bourke: "El dolor no es democrático"

  • Ella es una historiadora atípica. Su estudio trasciende los hechos, datos y fechas y fija su atención en las personas y sus emociones. En sus últimos libros ha investigado sobre el dolor y el miedo y ha descubierto sus mecanismos.

Su rostro es dulce y su sonrisa, fácil y franca. Pero sus serenos ojos azules han visto, leído e indagado en los actos y comportamientos más atroces de los seres humanos. Joanna Bourke es catedrática de Historia en el Birkbeck College de Londres, pero la historia que ella cuenta no se transcribe en el mero devenir cronológico de fechas, datos y lugares. Ella centra su atención en los protagonistas, hombres y mujeres de distintas épocas y en las motivaciones emocionales que impulsan sus actos y empujan sus acciones. Estudiosa de temas como el dolor, el miedo o la guerra, esta extrovertida neozelandesa de 49 años, habla de todas estas cuestiones sin pudor ni condescendencia. Y sus palabras levantan ampollas. Cuando desenmascaró el gran tabú de todas las guerras –el placer de matar, que se cuela entre la grandilocuencia del honor, la patria, el territorio y el miedo–, se puso a militares y gobiernos en contra. "El acto característico de los hombres en guerra no es morir sino matar. Para los políticos, los estrategas militares y muchos historiadores, la guerra quizá sea una cuestión de conquistar territorio, pero para el hombre en servicio activo una confrontación bélica implica la matanza lícita de otras personas", afirmaba en 'Sed de sangre', un libro que no es historia de la guerra, sino de cómo la gente cuenta lo que piensa, lo que sufre y lo que disfruta de ella, basado en las cartas de los soldados desde el frente.

Joanna Bourke, hija de misioneros, pasó su infancia en lugares como Zambia, las Islas Salomón y Haití, donde contempló los primeros horrores de su vida, siendo solo una niña, y donde nació su voluntad de no apartar los ojos de la violencia, de observarla, estudiarla y combatirla. Vive habitualmente en Inglaterra, pero estuvo en Barcelona, invitada por el CCCB, para hablar de la que para ella es "la virtud más desesperadamente necesaria cuando el cuerpo está poseído por el dolor: la fortaleza, física, moral y emocional". 


MÁS QUE HECHOS  

Durante toda su vida ha buceado en los recuerdos, experiencias, diarios y correspondencia de víctimas y verdugos de violaciones, de guerras y matanzas, humillaciones, asesinatos y ensañamientos. Bourke habla de estas cosas con la naturalidad de alguien acostumbrado a tratar cuestiones delicadas y le ha dado un giro a la manera de tratar los hechos históricos, a los que mira de frente y a través de la psicología, la antropología y la filosofía. Dota de vida lo que explica, con testimonios directo. En su paso por España, para departir sobre la fortaleza, una de las virtudes clásicas, la escuchamos, igual que el resto del público, atrapados y atentos, relatar la terrible historia de la escritora Fanny Burney, que en 1812 fue sometida a una mastectomía sin anestesia, a la que resistió con una mezcla de terror y valentía, ofreciéndose, incluso, al cirujano para sostener el pecho que tenían que amputarle.

Es precisamente el dolor el tema en el que ahora concentra todos sus esfuerzos, estando como está inmersa en el propósito de escribir la historia universal de ese sentimiento. "Me atrae porque es invisible, subjetivo y difícil de expresar y de hacérselo entender a los demás", explica la profesora a quien la cuestión también le seduce porque lleva implícito el miedo, una emoción que según sus propias palabras ha guiado el siglo XX y ha permitido a los gobiernos usarlo para el control. "Desde el temor que suscitan las nuevas tecnologías hasta el que genera el terrorismo. La ansiedad es la clave: no saber qué pasará, cómo cambiará tu vida... Todo eso crea un malestar emocional que nos paraliza". El miedo, cuenta Bourke, siempre ha existido, en la edad Media, estaban las brujas, el diablo y la peste, ahora vemos la amenaza en la alimentación, el cáncer, el cambio climático, el terrorismo... "El miedo es la emoción más fácil de estimular. Hacerlo es un juego de niños", asegura.

De vuelta al dolor físico, sorprende cuando dice que hay dolores que valen la pena. Ante el impacto que producen sus palabras, se explica: "Por ejemplo, el dolor del parto. Las mujeres saben que es un camino, que es necesario para que su hijo venga al mundo". Pero no es el único que resulta útil, también es el que siente el deportista que alcanza una meta y que aunque este dolorido y agotado, sigue adelante. "En las sociedades de los siglos XVIII y XIX había más creyentes y esas personas pensaban que soportar dolor era necesario para alcanzar la vida eterna", explica Bourke que concluye que la pérdida de esa fe ha tenido como resultado que el dolor nos resulte inútil. "Ese descreimiento ha contribuido a que se vea solo como algo negativo. A eso hay que añadir los avances médicos, como el cloroformo, que nos permiten operarnos sin sentir más molestias que las del posoperatorio, lo que nos ha llevado a desechar el dolor y evitarlo a toda costa", explica la catedrática de Historia.

"Hay una sola cosa que no ha cambiado a lo largo de la Historia: la angustia que siente el que está enfermo", expone Bourke que dirige sus críticas a la parte de la comunidad médica que no tiene en cuenta los condicionantes psicológicos en el tratamiento de enfermedades físicas. "Aún tendrá que pasar mucho tiempo para que se entienda bien que dolor físico y emocional van de la mano y se traten en paralelo. En cierta manera es lógico que aún no se haya entendido esa relación directa, pues hasta el siglo XIX la ciencia no empezó a hablar de traumas y enfermedades mentales", remata la profesora neozelandesa que se muestra convencida de que el dolor se puede controlar. "Yo entrevisté a un soldado que estuvo horas luchando con una pierna rota y solo se dio cuenta cuando acabó el combate", cuenta y apunta otros ejemplos, como el las personas que son capaces de mitigar su malestar físico a base de técnicas de relajación y respiraciones. "No creo que nadie se pueda curar así, pero sí creo que el cerebro es capaz de controlar el dolor", explica.

Con la historia de la valerosa Fanny Burney aún fresca, indagamos en la manera en que hombres y mujeres afrontan el dolor, Bourke se acomoda en la silla, como buscando el equilibro adecuado para contestar. "Hay quien dice que las mujeres son más fuertes porque dan a luz y otros que dicen que las mujeres son más débiles física y psicológicamente por naturaleza. Pero la respuesta correcta sería: "Depende de la mujer". Sin embargo, más avanzada la conversación, se destapa la respuesta que más le satisface: "La clave está en la clase social. En el siglo XIX, las mujeres de clase trabajadora no podían permitirse el lujo de no ser fuertes. Si no lo eran, se hacían duras. No podían permitirse desmayarse en una chaise-longue cuando recibían una mala noticia. Y a las damas victorianas les sucedía lo mismo pero a la inversa: ¿para qué endurecerse y aguantar penurias si no les hacía falta?", explica riendo sin perder un ápice de su contundencia.

Este tema le interesa mucho a Bourke que se define como una feminista que cree que el rol de cuidadoras que la sociedad le ha asignado a las mujeres no le resta mérito a la labor que han desempeñado a lo largo de la historia. "Nosotras somos más empáticas porque nos han enseñado a serlo. Nos han inculcado el cuidado y la preocupación por los demás. Pero ellos pueden hacerlo igual de bien y las mujeres tenemos la obligación de enseñarles todo eso a nuestros maridos y a nuestros hijos".

SER FUERTE

Su respuesta nos devuelve al tema de su conferencia sobre la fortaleza. ¿Se puede aprender a ser fuerte?: "En condiciones normales podemos enseñar a nuestros hijos a no tener miedo, a ser valientes, empáticos y a tener valores sólidos y constructivos." Por "condiciones normales", se refiere a entornos en los que lo básico está garantizado. Porque para ella los pobres, los hambrientos, los subempleados o los inmigrantes ilegales padecen de una forma más cruel el dolor de todo tipo. "El dolor se ceba con los débiles. Los ataca porque no están bien nutridos o abrigados o preparados. Y cuando enferman, también les trata peor porque no pueden acceder a un buen médico, a los medicamentos necesarios, al tiempo y las comodidades que requiere una persona enferma. En este sentido, el dolor no tiene nada de democrático", dice con seriedad. Y es la única vez en toda la entrevista que pierde la sonrisa.

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