Leymah Gbowee: "Las madres pueden lograr cambios imposibles"

  • Hace poco más de un año recogió el Premio Nobel de la Paz junto a la presidente de su país, Liberia. Ahora se enfrenta a ella y alza la voz contra la corrupción. Pero la paz sigue siendo su bandera. 

Ha pasado una década desde que Leymah Gbowee, una joven trabajadora social liberiana, se pusiera al frente de cientos de mujeres –de diferentes credos y etnias–, que protestaron en la calle, organizaron una huelga de sexo y rezaron juntas para poner fin a la guerra civil que había sumido a su país en más de 15 años de sangre. Una reunión con el entonces presidente, Charles Taylor, y una declaración en la que aseguraban que “la guerra nos ha enseñado que el futuro está en decir no a la violencia y sí a la paz” fueron el germen de una protesta que acabó con el conflicto; llevó al poder a la primera presidenta del continente, Ellen Johnson-Sirleaf, y culminó con el reconocimiento del premio Nobel de la Paz para ambas dirigentes.

Hoy, poco más de un año después de que ambas recogieran el galardón, la presidenta y la activista se han distanciado. La segunda ha denunciado el fracaso de la primera a la hora de atajar la corrupción y el nepotismo y ha renunciado a seguir al frente de la Comisión para la Reconciliación que Johnson-Sirleaf le encomendó. A Gbowee, por su parte, le acusan de no compartir los 500.000 € que recibió junto al Nobel con las mujeres que protestaron a su lado y que las 29 becas para educación secundaria que ha promovido no son suficientes.

Resuelta, concisa y mirando siempre a los ojos, esta “orgullosa madre de seis hijos” –como ella se apresura en definirse– va directa al grano y habla rápido, transmitiéndote sin dobleces que su agenda no da para más. En el salón de actos de un desvencijado edificio en el centro de Monrovia, donde se ha instalado el Ministerio de las Mujeres, la espera un grupo de jóvenes. Luego ha de coger un avión para Accra, capital de Ghana, donde está su familia.

Para ella, el espíritu que movilizó y unió a las mujeres de su país sigue vivo. “En 2003, tras 14 años de guerra –dice–, nos dimos cuenta de que la experiencia de una mujer musulmana no podía ser diferente de la de una cristiana; que el hambre que azotaba a un niño musulmán no se diferenciaba del que padecía uno cristiano; que las balas no diferenciaban a unos de otros. Comprendimos que las violaciones y abusos no dependían de etnias o religiones, que nos mataban por el hecho de ser mujeres. Decidimos juntarnos y luchar por la paz . Si hay cambios imposibles en una sociedad, son las madres las que pueden conseguirlos”.

Mujer hoy. En 2003 usted leyó, ante el presidente de Liberia, James Taylor, el famoso manifiesto en el que exigían el fin de la contienda civil, y él bajó unos segundos la mirada, avergonzado ante el dolor...

Leymah Gbowee.
La acción no violenta es un acto de poder. Mirar al violento a los ojos y avergonzarle; usar las palabras para denunciarle y desacreditarle. Ese día tuve la oportunidad de decir a la cara a Taylor que era el demonio. Y que nosotras las mujeres, las madres, las hermanas, estábamos hartas de tanta muerte y destrucción. Hartas de ver morir a nuestros hijos, de que pasaran hambre, de que nos violaran y asesinaran. Hartas de la guerra.

P: ¿No temió por su vida al estar ante un personaje que, con una mirada, podía ordenar su ejecución?


R: ¡No! Cuando empezó la guerra en 1989 yo tenía 17 años y empezaba a trabajar como asistente social. Cuando le presenté a Taylor ese escrito tenía 31 y había vivido la mayor parte de mi vida en el terror. Siempre cuento que la primera vez que vi a un muerto perdí el control. Hoy puedo ver un montón de cadáveres sin que me tiemble la mano, porque hemos vivido lo peor del horror.

P: Sin embargo, olvidamos pronto: en la última campaña electoral en su país, el año pasado, muchas voces pidieron el uso de la violencia.

R: Cuando oigo a la gente hablar de la guerra como si hubiese sido un acto de valor me pregunto: “¿No han aprendido nada?”. La mayoría de los jóvenes en este país no la han experimentado y la ven como un acto de valentía, creen que son hombres porque pueden enfrentarse a su enemigo. En realidad, es un acto machista, de cobardía. Los hombres notables utilizan el intelecto, la compasión. Nunca encontrarás los nombres de villanos como Hitler o Taylor como referencias de la humanidad, pero sí los de Ghandi, Luther King, o Mandela; hombres que han entendido el valor de una vida. Porque la vida es preciosa; no hay dinero que pueda pagarla. Esto es lo que necesitamos enseñar a nuestros hijos.

P: ¿Pensó en algún momento que su iniciativa iba a hacer historia?


R: Para nada. La única idea que tuve cuando empecé esta labor, y que sigo teniendo, es que se trata de un acto de supervivencia. Es como cuando en Europa o en EE.UU. haces un seguro de vida en favor de tus hijos. Mi activismo en pro de la paz es un seguro de vida, es mantener la paz para que los jóvenes puedan tener una educación e ir a la universidad. África es un continente muy rico en recursos naturales y humanos, en cerebros jóvenes, en innovación. ¡No creo que los jóvenes de Europa o América sean más inteligentes que los de aquí! Pero tenemos demasiados conflictos para desarrollar nuestro potencial. Todo lo que aquí necesitamos es paz y estabilidad para poder desarrollar todo este talento.

P: En 2006, Ellen Johnson-Sirleaf se convirtiera en la primera presidenta de un país africano. Con el Nobel de la Paz, que tanto ella como usted recibieron en 2011, el círculo de reconocimiento a su activismo parece haberse completado.


R: Curiosamente, he recibido este reconocimiento junto a otras dos mujeres: una mayor, la presidenta Ellen Johnson-Sirleaf y otra mas joven, la yemení Tawakkul Karman. Creo que esta posición es un símbolo de mi misión de paz, como intermediaria entre el Gobierno de mi país y el pueblo. Y quiero destacar que siempre, cuando pienso en este premio, lo siento como una distinción que reconoce los sacrificios que yo y mis hermanas hemos hecho en beneficio de nuestros hijos.

P: ¿Por eso aceptó el encargo de la presidenta de dirigir una comisión de reconciliación por todo el país?

R: Quiero hacer llegar tanto a los jóvenes como a las autoridades de este país este mensaje: no hay más que una Liberia. Si miramos en el mapa no vemos otro país que se llame como el nuestro. Hemos de unirnos como un solo pueblo para decir no a la división, al sectarismo, a la política de discriminación, al tribalismo, a todo lo que es negativo y nos separa. Quiero hacerles entender que somos un pueblo, una nación, un destino. La reconciliación debe comenzar desde y con el pueblo. Y las mujeres han sido y son fundamentales para conseguir esta misión.

A Leymah, si hay algo que le enorgullece es ser conocida como una activista por la paz en las aldeas más recónditas de Liberia. Sin terminar de hablar, se levanta y, disculpándose, se despide y se va. La sala contigua está llena de esos jóvenes a los que ella se refiere continuamente, que han acudido para oír su conferencia. Les cuenta que, durante la guerra, un día su hijo de dos años, hambriento, le suplicó una rosquilla. Fue entonces cuando comprendió que debía hacer algo para acabar con tanta miseria. Sus palabras y sus gestos recuerdan a los de un predicador, y conectan con una audiencia fascinada con su mensaje de mantenerse alerta porque la paz, igual que la memoria, es quebradiza.

Quizá por eso no es extraño que, una década después de que los destinos de las dos liberianas más admiradas se cruzaran para emprender juntas el camino de la democracia, la concordia en su país se tambalee. La dimisión de Leymah al frente de la Comisión Nacional por la Paz y la Reconciliación por la falta de medios y porque, a su juicio, desde el Gobierno no se han hecho suficientes esfuerzos por atajar la corrupción y el nepotismo han abierto una grieta difícil de cerrar.

P: ¿Por qué considera que no puede proseguir con su misión para conseguir la reconciliación nacional?

R: No nos engañemos. En un país donde miles de mujeres fueron esclavas sexuales, sufrieron terribles violaciones y murieron descuartizadas; donde niños de siete años fueron arrancados de sus hogares para utilizarlos como máquinas de matar, no es posible conseguir un equilibrio moral, espiritual y social sin reconciliación. Y eso pasa por un proceso de purga y limpieza, por algún tipo de justicia y reparación del daño.

P: Estando al frente de la Comisión, usted realizó una gira de reconciliación, durante la que se entrevistó con muchas de esas mujeres víctimas de la guerra...

R: Hay docenas de mujeres que aún sufren heridas de guerra, que aún tienen fragmentos de metralla en sus cuerpos que no les permiten valerse por sí mismas. Creo que todas ellas necesitan justicia, además de cuidado y ayuda. Yo, desde mi fundación, seguiré trabajando para encontrar solución a algunos de sus retos y hago un llamamiento al Gobierno para que haga lo mismo.

P: Usted es muy crítica y no se muerde la lengua a la hora de “cantar las verdades”, incluso a la ONU, ¿por qué no ha denunciado antes este tema?

R: Siempre he hablado claro y el año pasado, durante la campaña contra la violencia de género, en la que se admitió que la paz en la nación dependía de la paz en el hogar dije que era imposible mantener la paz cuando los estómagos están vacíos y no hay acceso al trabajo ni a la educación; que corresponde al Estado proveer a los liberianos de los medios necesarios para erradicar la violencia. Se ha avanzado mucho en infraestructura, pero para qué sirven las carreteras cuando no tienes qué comer. Pero sí, me siento decepcionada conmigo misma y con Liberia. No hablar es tan malo como ser parte del sistema. Algunos dirán que soy cobarde, pero la oportunidad de hablar se me ha presentado ahora. 

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