Pero no solo por las réplicas... Muchos de los habitantes de la ciudad murciana han regresado ya a sus casas, aunque todavía sienten el miedo en el cuerpo.

Poco a poco, en un goteo, los habitantes de Lorca han ido regresado a sus casas y tratando de recuperar sus vidas. Las cifras oficiales hablan de que los dos seísmos que vivió la ciudad murciana el pasado 11 de mayo provocaron nueve muertos y más de 300 heridos; que causaron daños en más de 20.000 viviendas, de 7.500 lorquinos que se han quedado sin hogar, de que el coste de reparación material podría alcanzar entre los 70 y los 100 millones de euros...

Se habla de que hará falta, al menos, un año para volver a la normalidad, pero no se habla tanto de la sensación de inseguridad permanente que atenaza desde aquel día a las víctimas. Más de dos semanas después de la devastación, Lorca sigue inmersa en un clima de irrealidad. Policía, ambulancias, bomberos, furgones militares y helicópteros de Protección Civil se convirtieron en protegonistas de un decorado dantesco durante los primeros días, pero tras el ruido se ha quedado el silencio y ha de comenzar la normalidad.

El problema es que los protagonistas recuerdan una y otra vez lo vivido. “Yo estaba en casa. Tendida en el sofá. Noté un temblor hasta dentro de mí. Sentí pánico –explica Loli Sánchez–. Mi hijo vino y me sacó. No cogí nada antes de salir, no tenía la cabeza para pensar en esas cosas. Han pasado muchos días, pero sigo incapaz de volver a mi casa: me pongo delante del portal y las piernas no me responden”.

Reacción de alerta

La psicóloga Helena Sancho distingue dos tipos de reacción ante una situación de alerta: “Por un lado, hay quien padece un estado de shock, que conduce inevitablemente a la parálisis, al estatismo. Pero también hay otras personas, sin embargo, que experimentan una concentración inusual de adrenalina. Esto último es lo que favorece una respuesta incluso atlética de nuestro cuerpo y, claro está, nos da la lucidez suficiente como para priorizar unas cosas sobre otras”.

De Loli Sánchez, y su marido Pedro Giner, se puede decir que han tenido suerte: el pequeño edificio en el que habitaban, en el barrio de La Viña –el más dañado por el movimiento sísmico–, aguantó en pie la embestida y es muy posible que, tras las obras pertinentes de restauración, puedan regresar al lugar donde llevan viviendo 40 años.

Dos de sus hijos no han corrido la misma fortuna: su casa, situada a escasos metros de la de sus padres, se ha convertido literalmente en una montaña de escombros. Pedro sospecha que muchas de las nuevas edificaciones se hicieron sin muro de contención y asegura, con más resignación que rabia, que “van a llover las denuncias.”

La vida entre cascotes


Tras el seísmo, la casa ha dejado de ser un espacio de seguridad para muchos lorquinos y las grietas se han convertido en un recuerdo constante de la vulnerabilidad del ser humano ante los fenómenos de la naturaleza que no controla. Ana Miguel, de 28 años, se “autoexilió” en casa de su hermana en Murcia y ahora se resiste a volver a su hogar, aunque en la puerta haya una señal amarilla que no le impide el paso.

“No puedo soportar la sensación de que todo lo mío esté sucio, mojado o roto. Tengo la sensación de haberlo perdido todo”.
Desde el temblor, Ana sufre vértigos y pesadillas, en lo que la psicóloga describe como “un síndrome de estrés postraumático de manual”.

A pesar de todo, las escenas de la vida cotidiana trataban de abrise paso entre cascotes casi desde el día siguiente de la catástrofe: dos mujeres pasean por la avenida principal recién salidas de la peluquería; un hombre recicla el vidrio, con cierta dificultad, en el contenedor verde... Una estampa muy repetida desde entonces es la del corro de vecinos situados frente a su inmueble ruinoso y provistos de maletas cargadas de ropa y enseres. Nómadas en su propio pueblo, han intentado salvar todo lo posible antes de que la casa se venga abajo o la derriben. Todos cuentan lo mismo.

El día de los seísmos tuvieron que salir corriendo con lo justo: la llave de casa, alguna medicina, el gato, un par de mantas...
En los días posteriores, han ido volviendo a por lo que es suyo. La psicóloga Helena Sancho lo explica así: “Muchas veces volcamos nuestros sentimientos en objetos físicos. Eso hace que, tras una situación extrema como esta, nos queramos aferrar a ellos. De hecho, muchas de estas personas que han vuelto a casa a recuperar sus cosas mantendrán una relación con ellas muy parecida a la que se establece con un talismán. Es como si necesitaran salvar sus ajuares y sus recuerdos para poder salvarse a sí mismos”.

Un par de semanas después del terremoto, las aceras todavía se confunden con un rastro o un mercadillo: restos de vajillas y cristalería, fotos, zapatos, gafas, un libro de Geografía de 1º de Bachillerato... La vista va recorriendo la colección de objetos con una mezcla de piedad y morbo. Cuando la mirada se eleva a las ventanas de estas casas desahuciadas, dos letreros rebufan como un sarcasmo: “Se vende”, “se alquila”.