Durante años, su marido se atribuyó la autoría de sus cuadros. Después de sobrevivir a una pesadilla, la artista logró recuperar su obra y su dignidad en los tribunales. Ahora, Tim Burton lleva su historia a la gran pantalla en 'Big eyes'.

"De pequeña siempre estaba dibujando. Tenía 10 años cuando pinté mi primer óleo: eran dos niñas, una estaba llorando y la otra sonreía. Es irónico, porque aquel cuadro resume muy bien cómo ha sido mi vida…”, recuerda con cierta melancolía la pintora Margaret Keane, en esta entrevista exclusiva. Sus lienzos, dominados por los enormes ojos que la han hecho célebre, han dibujado una biografía tan polémica como apasionante, que ahora Tim Burton lleva a la gran pantalla en 'Big Eyes' (ya en cartelera). A sus 87 años, Keane está abrumada por la atención que ha despertado la película basada en su vida, pero nos atiende con amabilidad en su casa, en el valle californiano de Napa.

“Cuando me casé con mi marido, pensaba que era un artista. Había pintado muchos cuadros de las calles de París. Luego, me enteré de que todo era mentira”. Se refiere a Walter Keane, tan protagonista como ella de esta historia. Se casaron en 1955 y para ambos fue el segundo matrimonio. Ella se dedicaba a pintar; él había estudiado en París a finales de los años 40 y también era artista. O eso decía. Su historia empezó a desmoronarse poco después de casarse. “Yo pintaba y él vendía mis cuadros. Dos años después, me enteré de que iba diciendo que eran obra suya”.

Walter contaba una lacrimógena historia para explicar cómo empezó a dibujar aquellos ojos enormes y tristes. Eran, explicaba a clientes y galeristas, las miradas de los niños que se peleaban por la comida de la basura en las calles de París después de la Segunda Guerra Mundial. Años más tarde, escribió en sus memorias: “Esbocé aquellas pequeñas víctimas de la guerra llenas de magulladuras, con sus cuerpos y mentes laceradas, su pelo enmarañado… Así comencé a pintar”.

Vida de impostura

La verdad era muy diferente. “En el colegio, siempre dibujaba ojos en los márgenes de los libros. Cada vez eran más grandes. Al principio, no sabía por qué, pero luego me di cuenta de que era mi forma de buscar respuestas a las preguntas de siempre: ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? ¿Por qué tenemos que morir?”, explica Margaret sobre cómo empezó a pintar aquellos enormes ojos que en los años 60 fascinaron al mundo.

Mientras sus cuadros de niños, perros, gatos o payasos se exponían en galerías de San Francisco, Chicago o Nueva Orleans, y sus obras alcanzaban precios astronómicos (algunos llegaron a venderse por 50.000 dólares de la época), los críticos de arte e intelectuales como Woody Allen se burlaban de su estilo kitsch y populista. “Entonces, me hacía daño, pero ya no: hay gente a la que le gusta lo que hago y gente a la que no. No pasa nada”, explica.

“Mis cuadros cada vez eran más famosos y la mentira se convirtió en una gran bola de nieve –comenta Keane–. Él me prometió que aprendería a pintar si le enseñaba y yo quise creerle... Durante un tiempo, firmé los cuadros como W. Keane porque él me aseguraba que nadie los compraría si sabían que los pintaba su mujer. Así que me pasaba todo el día trabajando. Era horrible”.

Los Keane vivían en una gran casa, con piscina y servicio, pero mientras Walter disfrutaba de su existencia de estrella del arte, Margaret estaba recluida en una habitación. A veces, pintaba durante 16 horas al día. Nadie, ni el servicio ni su propia hija (fruto de un matrimonio anterior), sabían lo que pasaba dentro. Las cortinas estaban echadas y la puerta, cerrada con llave. En aquella prisión con barrotes de oro, Margaret pintó sus cuadros más oscuros y sus ojos más tristes. “Con cada cuadro, me hacía más conocida. La situación cada vez era peor y yo no sabía cómo salir de ella”, explica.

Walter la había amenazado de muerte si se atrevía a dejarle o si le contaba la verdad a alguien. Pero después de 10 años de matrimonio, Margaret decidió pedir el divorcio. “No sabía cómo iba mantenerme y pensé que perdería la custodia de mi hija. Era una pesadilla. Pero mentirle a ella me estaba destrozando. No sé cómo encontré el valor, pero finalmente hice las maletas”. Aun así, Margaret le prometió guardar silencio e, incluso, siguió pintando cuadros y enviándoselos a su marido. Hasta que cinco años después, en 1970, por fin, contó la verdad en un programa de radio. “Me costó reunir valor para desvelar que yo era la verdadera artista. Me daba mucho miedo, porque él había amenazado con matarme. Pero llegó un momento en el que decidí que no iba a mentir más. Fue un alivio”.

Margaret retó a su exmarido a un concurso de pintura público, al que él nunca se presentó. Walter, que se comparaba con genios como Rembrandt, El Greco o Miguel Ángel, contestó con una demanda, que fue desestimada. Y en los 80 volvió a la carga diciendo que, si Margaret se había adjudicado la autoría, era porque pensaba que él estaba muerto. Fue demasiado. Decidida a recuperar su dignidad, le llevó a juicio en 1986.

Artista supercotizada

“El juicio fue traumático. Después de casi cuatro semanas, el juez me dejó pintar delante de él y del jurado. Walter alegó que no podía hacerlo por una lesión en un hombro, aunque todos los días llegaba al juzgado cargando un maletín con el mismo brazo con el que, supuestamente, no podía levantar un pincel”. Margaret pintó su cuadro en 53 minutos. Era la prueba definitiva e irrefutable. “Estaba asustada, pero fue maravilloso enfrentarme, por fin, a él y probar que yo era la artista”, cuenta. La sentencia obligó a su exmarido a compensarla con cuatro millones de dólares. Jamás vio un céntimo. Walter murió arruinado en el año 2000, a los 85 años.

La artista se trasladó a Hawai y se casó con el periodista deportivo Dan McGuire. Durante años, recibió propuestas para llevar su vida al cine, pero las rechazó. Hasta que los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski, responsables del libreto de Ed Wood, le mostraron el guión que habían escrito y Keane les dio su bendición. El proyecto se estancó, pero Tim Burton llegó al rescate. Él y Keane se conocían. “Había comprado algunos de mis cuadros y vino a verme con su novia de entonces para que le hiciera un retrato… Me encanta Tim, es una persona muy sensible –recuerda Margaret–. Sabía que Tim haría un gran trabajo, porque tiene mucho talento, pero al mismo tiempo estaba abrumada…”.

Hace unos meses, Keane vio el resultado: “Contemplar mi vida en la gran pantalla fue… profundamente traumático. Christoph Waltz es exactamente igual que Walter, habla y se mueve de la misma manera. Es increíble. Y Amy Adams, que hace de mí misma, refleja muy bien cómo me sentía. Mi hija y yo estuvimos en shock varios días… Es muy realista”.

La artista hace un pequeño cameo en la cinta y, a sus 87 años, sigue pintando cada día. “Para mí es como un juego. A veces, me siento culpable de divertirme tanto”. Su obra, denostada en un tiempo, ahora está considerada como una de las joyas de la cultura pop y se ha convertido en objeto de deseo para coleccionistas, que pagan hasta 200.000 dólares por sus cuadros. Hoy Margaret es una persona distinta, feliz: “La fe cambió totalmente mi vida. Por fin, encontré todas las respuestas a mis preguntas. Estaban en la Biblia. De hecho, no creo que estuviera viva si no me hubiera convertido en Testigo de Jehová”. Sus ojos ya no están tristes. Ahora, como en aquel primer cuadro que pintó, vuelven a sonreír.

Una doble de cine

A Amy Adams, que interpreta a la pintora, le costó aceptar el papel, pero cuando leyó el guión, la atrapó. “Margaret es muy tímida y humilde. Creo que por eso fue manipulada”, explica la actriz. Nominada cinco veces al Oscar, podría volver a optar a la estatuilla.

Para su intrepretación, estudió a fondo la historia y viajó a San Francisco para conocer a la pintora. “Me ayudó a entender que, aunque es humilde, también es una mujer muy fuerte”. Pasaron un día juntas y Adams le preguntó por qué había accedido a contar su vida: “Ella me dijo que quería enseñar que por muchas cosas que te pasen, es posible encontrar la redención. Sentí que me dio permiso para dar a conocer su historia, porque la entendí”.

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