Tamara Rojo: "Cometeré errores, pero quiero hacerlo"

  • Desde hace tres meses ya no es “solo” primera bailarina, sino la directora artística del English National Ballet, un cargo donde tendrá que hacer equilibrios entre la gestión y el arte. En el escenario, seguirá siendo la protagonista y desde bambalinas, ampliará el repertorio, trabajará con artistas contemporáneos y llevará el ballet a a los barrios más pobres. Y no tiene miedo.

El anuncio el pasado mes de abril de que Tamara Rojo cesaba como primera bailarina del Royal Ballet para asumir el puesto de directora artística en el English National Ballet dejó al mundo del ballet “de puntillas” y con la boca abierta. Más de un crítico no salía de su asombro ante la idea de que Rojo lo dejase todo en favor de un puesto que, en esencia, no era más que un trabajo administrativo.

Colmada de elogios por el público, constantemente aclamada por la crítica, ¿por qué, en la cima de su brillante carrera, querría la bailarina española abandonar el Covent Garden para tomar las riendas de un puesto de gestión en una compañía que tenía que hacer frente a un descenso en el número de espectadores y a una tesorería precaria? Además, el último director artístico, su predecesor Wayne Eagling, dejó el trabajo tras una estancia realmente breve y los motivos exactos de su salida nunca fueron aclarados.

“La agitación maravillosa” 

Quien asumiera el cargo de director artístico del English National Ballet (ENB) se iba a encontrar luchando con hojas de cálculo, con la junta directiva, con intolerancias en el ámbito creativo, así como con un plantel de bailarines contrariados. Con 38 años, pero aún en su mejor momento, ¿le valía la pena a Tamara poner en riesgo su reputación? Su modelo sería “el de la Bauhaus de la primera época”, según confesó... Bueno, aquello les tapó la boca a sus críticos, aunque la comparación les desconcertó.

Tamara debutó en el cargo el 29 del pasado mes de agosto. Poco después la conocí en la sede de la compañía, la Markova House, un edificio escondido en un callejón empedrado, tras el Royal Albert Hall. Nos sentamos en su oficina, una sala blanca de estilo georgiano, flanqueada por un gran ventanal. Le pedí que me explicara esa referencia al modernismo alemán. “Lo que quise es transmitir la idea de esa agitación maravillosa, propia de los comienzos del movimiento Bauhaus... antes de que se volviera una máquina de hacer dinero, cuando de lo que se trataba de verdad era de producir arte”, me aclaró. Sus ojos negros brillaban en contraste con un rostro de tez pálida y sus dientes, algo saltones, asomaban intermitentemente con entusiasmo.

Los dos meses posteriores seguí su primera temporada con el fin de averiguar cómo iba a conseguirlo. La primera aparición pública como directora artística es una rueda de prensa en el Hotel Corinthia de Londres. Fue en el English National Ballet donde cosechó su primer éxito, como cuenta en su intervención con su voz aniñada, su acento español y sus nervios evidentes. “Hace 15 años, una bailarina de 22 recaló en el Jay Mews, la sede del English National Ballet, llena de sueños y deseos. Nunca fui la mejor bailarina del mundo, pero sí he sido la más testaruda”. Promete incorporar ese estímulo y esa ambición en el nuevo trabajo, generando un ballet “relevante, accesible, divertido, provocador, propio de una gran noche. Nada que ver con ese coto exclusivo de ricos y poderosos”.

Una voz se eleva sobre el resto, momento en que los periodistas aprovechan para atacar. “Lleváis sin director ejecutivo desde enero –dice a bocajarro un periodista–. ¿Dónde está el problema? ¿Qué vas a cambiar en el modo de hacer las cosas en la compañía? ¿Qué es lo que más te preocupa?”. Ella responde sin subir la voz pero con firmeza. “No hay ningún problema. Estamos en vías de encontrar a la persona adecuada...”. Sonríe cuando responde: “Me parece que soy más ambiciosa que mis antecesores en el cargo de directora creativa”. Y dice que no está preocupada: “No tengo tendencia a sentirme intimidada por casi nada”.

Contra la tijera

El mayor problema al que tiene que hacer frente Tamara Rojo es cómo manejar los recortes. El año pasado, el Consejo de las Artes de Inglaterra redujo su financiación en un 15%. Para este curso van a recibir unos siete millones y medio de euros. Sin embargo, lo que ella no está dispuesta a permitir es que los recortes alcancen los programas educativos. “Lo peor es cuando la tijera empieza a meter mano a los proyectos de formación. Así, no podemos darnos el gusto de traer a gente nueva, gente que, de otra manera, no tiene ingresos o posibilidad de acceder a la danza. Realmente, estamos preparados para llegar a las personas de la periferia de Londres, aquellos que podrían vivir su primera experiencia teatral de cualquier tipo. Esto puede cambiar tu vida, darte una nueva esperanza para el día de mañana. Si no te va bien en la escuela, hay todo un mundo nuevo en el que puedes encontrar tu sitio”.

En nuestra primera cita, me la encuentro con sus bailarines. Forman un círculo a su alrededor mientras ella les dirige unas palabras. “Desde 1950, el ENB ha montado 'El cascanueces' todos los años. Y este año lo volverá a hacer. Pero también habrá una obra nueva concebida para vosotros. Es una de las frustraciones de mi carrera: he hecho muy poco que haya sido creado ex profeso para mí y yo quiero eso para vosotros”.

Aunque la programación de esta temporada es, en gran medida, heredada, Tamara Rojo está en conversaciones con artistas para crear nuevos ballets y prepara funciones en lugares poco habituales, como una galería de arte. “Si hay una tienda abandonada en una zona comercial, posiblemente aparezcamos por allí”, comenta. No obstante, y de momento, la tradición se ha mantenido: tan solo seis semanas después de que se incorporase, el English National Ballet abrió la temporada con 'La bella durmiente'.

Tal vez la vertiente más ambiciosa del trabajo de Tamara Rojo es que va a compaginar la dirección con la interpretación de los papeles protagonistas, lo que la sitúa en el rango de los Mijaíl Baryshnikov, Rudolf Nureyev y Peter Schaufuss. Encarnar a Aurora en 'La bella durmiente' y a Clara en 'El cascanueces', al mismo tiempo que se lleva la administración de la compañía, requiere inteligencia, motivación y hacer milagros con un horario frenético y terrible. Seis días a la semana ensaya ballet, para lo cual tiene que levantarse a las siete y veinte de la mañana, coger el metro en su casa cerca de Holborn y llegar al ENB, donde se entrena duramente. Baila toda la mañana y, a la una del mediodía, se ducha, se pone un vestido y se dirige a la oficina donde estará la segunda parte del día.

A las 10 de la mañana, la Markova House se llena de chicos con zapatillas de deporte y auriculares, y de chicas musculosas con rasgos delicados. El estudio principal del English National Ballet es una sala espectacular, estilo art déco, con lámparas de araña y paredes azul celeste revestidas de espejos. A las 10 y media en punto, 19 chicas saltan a la pista para el ensayo. Con el pelo recogido en un moño, todas visten un combinado tipo Fama de calentadores a rayas, leotardos y tops de fina gasa.

Hay una auténtica marea de colores vibrantes, pero Tamara, en medio de todos, viste siempre de negro. Ensaya con ellos, comenzando con “pliès” en la barra mientras su ayudante, el “répétiteur” Antony Dowson, les va marcando unos pasos cada vez más complejos, hasta culminar en unos saltos “grand jeté” mientras el piano subraya las notas de Rachmaninov. Hay poca charla, pocas sonrisas, solamente una seria concentración. En los próximos meses ensayarán de 10 de la mañana a seis de la tarde todos los días excepto los domingos. Cuando la clase va por la mitad, todos se dispersan para cambiarse las zapatillas y Rojo se sienta en el suelo para quitarse las puntas. Tiene los dedos vendados y rodeados de esparadrapo blanco.

Hasta una ignorante en ballet puede ver, solo con observar sus ejercicios, que ella es algo fuera de lo común: cada estiramiento es más enhiesto, cada salto es más pronunciado, cada extremidad de su cuerpo está elegantemente mejor equilibrada que las de cualquier otra persona que hay en el salón. Cuando hacen una pirueta, la suya parece que metiera una revolución extra. Es como ver viejas grabaciones de Jimi Hendrix tocando la guitarra: tiene una técnica soberbia y la confianza de poder llegar más allá de la perfección.

Se abusa a veces de palabras tales como “portento”, pero así es como Rojo descubrió el ballet: nació en Montreal, pero de padres españoles que se mudaron a Madrid cuando ella solo tenía cuatro meses. Ambos con carreras universitarias, no querían ver cómo su hija malograba su inteligencia con la danza. Por pura casualidad, un día que esperaba en la puerta del colegio a que su madre viniera a recogerla, apareció un profesor que la llevó a un estudio de ballet. Ella fue a sentarse apoyando su espalda en el piano, de manera que su cuerpo pudiera sentir la vibración de cada nota. “En ese momento supe que era aquello lo que necesitaba –recuerda–. Pensé: “Quiero quedarme aquí el resto de mi vida’”. Solo tenía cuatro años.

Del Bolshoi a la Scala

Estudió en la escuela de danza de Víctor Ullate en Madrid y ganó el sexto Concurso Internacional de Danza de París (tras prepararse a toda prisa con un margen de tan solo una semana). Gracias al premio, logró un contrato con el Scottish Ballet de Glasgow. “Yo no hablaba inglés la primera vez que fui a Escocia –bromea–, pero no importó mucho porque ellos tampoco”.

Derek Deane invitó personalmente a Rojo a formar parte del ENB en 1996, cuando él era el director artístico de la compañía. Su deslumbrante interpretación de Clara en su montaje de 'El cascanueces' propició que el diario The Times la nombrase “la revelación del año”. En el 2000 se convirtió en la bailarina principal del Royal Ballet, siendo invitada por el Kirov, La Scala y el Bolshoi. Su entrega se resume en lo que ocurrió en 2002: estaba interpretando “El cascanueces” cuando empezó a tambalearse en el escenario. Tras la actuación, se supo que se le había reventado el apéndice.

Los bailarines practican cada movimiento bajo su atenta mirada. Al final de la mañana, se ejercita alejada del grupo y un corro se junta en una ventana para observarla. Con un tutú negro, ensaya el “pas de deux” de 'La bella durmiente' que va a interpretar junto a Vadim Muntagirov en el papel del Príncipe Désiré.

Tamara Rojo cree que bailar con su compañía le proporciona una ventaja como directora.
“Conozco a los bailarines porque estoy en clase con ellos todos los días y sé cómo se sienten”. Señala que los directores suelen ver a los bailarines en un papel específico y tienden, por tanto, a encasillarlos. “Se crea una profecía auto-cumplida: si esta persona es romántica, le doy solamente papeles románticos...”. Parte de su éxito ha residido en su versatilidad: de sílfides etéreas a amantes apasionadas, pasando por oscuras embaucadoras, coquetas y doncellas estilizadas como cisnes. Pretende que sus bailarines también experimenten: “Seguramente cometeré muchos errores, pero quiero hacerlo. Quiero darles papeles que en circunstancias normales no harían y así, como artistas, tienen más opciones”.

La enseñanza es la parte de su nuevo trabajo que más disfruta. A veces, si tiene una tarde libre, abandona su oficina y recorre el pasillo hasta los estudios para mirar y dar consejos. “He tenido la suerte de trabajar con gente increíble. Soy realmente buena absorbiendo información y almacenándola. Ahora resulta que soy bastante buena también compartiéndola. Lo que quiero de verdad es que den de sí lo mejor que puedan dar. Y necesito que lleguen a ser mejores que yo. ¡Y rápido! Así que no puedo dejarlo”. ¿Cuándo cree que dejará de bailar? “Tengo alguna idea –dice sonriendo–. Pero no te lo voy a decir. No está muy lejos”.

Sentido del deber

Su oficina está apenas amueblada: un escritorio de pino lleno de papeles, un ordenador enmarcado con “post-it” y, al lado, una pequeña figura que representa de forma abstracta a una bailarina. El aroma de las velas Dyptique flota en el ambiente. Un vaso con rosas blancas destaca en la repisa de la chimenea. En la pared hay un calendario salpicado de puntos verdes que corresponden a las fechas en las que tendrá actuación. La encuentro allí una tarde y le pregunto si es difícil alternar los papeles de bailarina y directora. Ella niega con la cabeza. “Se me da bien separar, centrarme en cada cosa a su tiempo. Puedo ver el panorama completo, pero si tengo que concentrar mi punto de vista, también soy capaz”. La preparación para el papel de directora le supuso pasar un mes siendo la sombra de la exbailarina Karen Kain, directora artística del National Ballet de Canadá, y graduarse a tiempo parcial en Artes Escénicas.

La compañía se reúne cada mes para discutir cuestiones prácticas: horarios de ensayo, gestión del escenario, planes de viaje. Tamara aparece en la reunión con un jersey azul oscuro y unos vaqueros ajustados, el pelo todavía húmedo de la ducha. Entre los jefes de departamento en la reunión de hoy está Linda Darrell, la “coordinadora de donaciones”. Quiere hablar de la cena Circle, un evento de recaudación de fondos de los principales donantes celebrada en el club privado. “Por lo general, es una noche encantadora –cuenta Darrell–. No hay baile, pero no sería mala idea tener a unos cuantos bailarines uniformados en la recepción”. Tamara interrumpe: “No, no, no. Si van a bailar, sí. Pero si solo los vamos a tener vestidos sin que bailen, no, porque es muy incómodo. Tenerlos con tutús y zapatillas de punta... ¡Es horrible!”, dice taxativa.

“Yo soy la representante de los bailarines –me explica después– y tengo la obligación de cuidar de ellos. En el estudio, en la sala de ensayo, en los eventos, en los contratos de patrocinio. No quiero exponerlos a nada por lo que yo tampoco quisiera pasar. Sé por experiencia que estar en una fiesta vestida de bailarina no es agradable. Si vas a una fiesta, quieres ser vista como alguien que habla, como una artista, no como una pieza de decoración. Los bailarines son muy inteligentes, son la élite, están en la cima de todo aquello que afecta a millones de personas. Y tienen algo que decir”.

Su sentido del deber también se manifiesta en su discurso contra el estigma de la anorexia en la danza. Me cuenta que ha perdido papeles por haber sido considerada “gorda” según ciertos patrones del ballet y, al mismo tiempo, recalca que sus discípulas no tendrán que hacer frente a ese tipo de presión. “Quiero dejarle claro a cualquier bailarina de mi compañía que su peso no influirá para nada en mis decisiones. Lo único que a mí me concierne es cómo bailan”. Le pregunto si va a adoptar alguna medida más directa para combatir los trastornos en la alimentación. “Ya tenemos acceso a nutricionistas y psicólogos”, contesta. ¿Y qué hay de prescindir de las bailarinas cuyo peso sea inferior a lo que marcan los índices de masa corporal? “No. No a menos que un médico lo recomiende, lo cual sería una decisión médica. Salvo que haya un problema, sería absolutamente ridículo para mí pensar que yo puedo tomar esa decisión”.

Dos semanas después de esta conversación, el elenco se traslada al teatro para el ensayo general de 'La bella durmiente'. Asomo la cabeza en su camerino. Se está maquillando, a la vez que observa el ensayo en un monitor. ¿Bailará en esta parte? “No lo sé. Voy a estar aquí. Estaré en el frontal del escenario. Voy a estar en todas partes”. Y lo está. En el anfiteatro gritando con un megáfono, un rato en la mesa de luces, acto seguido en el patio de butacas, cambiando opiniones con su ayudante, Jane Haworth, observando el escenario desde diferentes puntos, antes de ensayar su solo. Cuando lo hace, las chicas de la compañía se congregan entre bambalinas para admirarla. En cuanto Rojo empieza con sus ejercicios, me doy cuenta de que una chica traza en el aire sus mismos movimientos a la vez que ella.

Esa noche escenifican un ensayo general para los fotógrafos de prensa. Durante su “pas de deux” con Muntagirov, de repente Rojo pierde el paso, con el tutú enganchado en la chaqueta. La orquesta deja de tocar. La multitud aguanta la respiración. “Tendríamos que resolver este problema, porque estos trajes son para bailar”, dice con ánimo destemplado. Hasta el anochecer Tamara sigue en el teatro ensayando con su elenco.

La noche siguiente, mientras el público va entrando en tromba al teatro, la tensión se puede cortar entre bambalinas. “Ni se te ocurra acercarte al camerino de Tamara”, me abronca la directora de marketing. Pero ella no está en su camerino. Está en el escenario, repasándolo todo, repitiendo la escena una vez tras otra, con los ojos vidriosos y a la vez ardiendo como faros, ajena al corrillo de bailarinas que se están colocando los tutús y unas chaquetas con brocados dorados. Cuando el director de escena llama al reparto, ella se detiene y se fija en una chica que está ensayando a su lado. “¿Estás bien?”, se interesa Rojo. La joven asiente con la cabeza tímidamente. “Buena suerte”.

Arriba el telón

En el primer acto, cuando Rojo salta al escenario para su primer solo, los laterales se llenan de bailarinas. “¡Oh!”, exclaman las chicas cuando da comienzo a su número, haciendo aspavientos con las manos en cada muestra de admiración. “Increíble”, susurra otra cuando Tamara realiza una perfecta triple pirueta. “Qué cara... Se la ve tan relajada...”. Estallan en un aplauso cuando termina. “Estaba chupado”, bromea otra en el momento en que la bailarina española se acerca a las candilejas jadeando y secándose el sudor de la frente.

Su “pas de deux” con Muntagirov es de los que quitan el hipo. “Es tan perfecta que da asco”, susurra una bailarina al mismo tiempo que el público rompe a aplaudir. “Equilibrios eternos, “rubato” fluido y la buena voluntad de conjurarse con Tchaikovsky para desgranar unos matices inéditos de los pasos más conocidos”, escribió un crítico de la actuación a la mañana siguiente. Cuando cae el telón y los bailarines empiezan a retirarse, Tamara se queda sola en el escenario, con su ramo de flores. De repente se da cuenta de que estoy ahí. “Nunca había estado tan nerviosa –me dice riéndose–. He pasado más nervios esta noche que cuando bailé en el Bolshoi. Porque entonces solo me representaba a mí misma... y hoy estaba representando a todos”. ¿Vas a salir a tomar algo?, le pregunto dibujando una amplia sonrisa. “No. ¡A dormir!”, gimotea.

Al verla así, te das cuenta de que este paso no es menos para ella sino mucho más. “Al fin y al cabo, convertirme en una bailarina de ballet es algo que ya había conseguido. Logré lo que me propuse y no estaba con ganas de más. Desde un punto de vista personal, se convirtió en algo un tanto condescendiente, un poco aburrido. Me aburro si no pienso más que en mí misma todo el día. Tienes que compartir. Tienes que devolverle algo a la industria y a los bailarines más jóvenes. Les ves peleando contra las circunstancias y llega un punto en que no puedes seguir mirando: tienes que involucrarte”. ¿Ha cambiado ella desde que se incorporó al ENB? “No lo creo”, responde encogiéndose de hombros. Y entonces sonríe. “Estoy feliz. Estoy muy feliz, la verdad”. 

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