Voluntaria por un día en Cáritas

Voluntaria por un día en Cáritas: formación de personas Los voluntarios formaron durante el 2011 a 1.100 personas.

65.000 españoles ayudan a los más necesitados como voluntarios de Cáritas, la mayor organización solidaria de nuestro país. En Mujer hoy, hemos querido descubrir de primera mano su esfuerzo. 

Me levanto decidida a ponerme en la piel de un voluntario de Cáritas. Desde que comenzó esta crisis que ya es larga, el número de personas que dedica parte de su tiempo a ayudar a otros no para de crecer. Ahora son 65.000 en toda España, que han atendido el pasado año a casi dos millones de personas. También aumentan las donaciones. “Crece el número de personas que dona, aunque la cantidad de dinero por donante sea más pequeña que en los tiempos de bonanza”, me explican en Cáritas Madrid Diocesana. Me dicen que los comedores y los roperos están repletos, y pienso que también puedo ayudar enseñando a las personas en paro que lo tienen más difícil para reincorporarse a un mercado laboral en estado de emergencia. Así que me hago una especie de mapa y me dispongo a patearme Madrid.

1ª parada: ropa y comida

La madrileña parroquia de San Jorge es el sitio perfecto para empezar mi jornada como voluntaria. Es jueves y es el día de repartir la ropa y la comida. Así que no hay tiempo para protocolos y debo empezar a trabajar de inmediato. Fuera hay una cola enorme de gente que espera. Sus historias personales son muy diferentes: son personas que han perdido su trabajo, familias donde todos sus miembros están en paro, padres que buscan ropa usada para sus hijos. Gente que nunca pensó que tendría que pedir ayuda.

Las voluntarias trabajan con fichas de identificación para controlar las tallas y poder proporcionarles lo que piden. Hoy se reparte la comida que ha llegado de los bancos de alimentos. Los que piden ayuda traen sus carritos de la compra y se los van llenando: una botella de aceite, un litro de leche, un kilo de pasta o arroz, otro de legumbres, galletas, queso... Eso cada dos semanas. A quienes viven en la calle les reparten latas y comida que no se estropee fuera de la nevera. “Hay varios que piden toallas y sábanas, pero a veces no hay para todos”, me explica una voluntaria. La gente se alarma cuando ve trabajar a nuestra fotógrafa: “No queremos cámaras –protesta una mujer entrada en la cincuentena–. No es plato de buen gusto estar aquí. Ya tenemos bastante para encima salir en los periódicos”, dice con aspereza. Otros replican que, si el reportaje sirve para reconocer el trabajo de Cáritas con las personas necesitadas, vale la pena dejarse hacer unas cuantas fotos.

El ambiente es cambiante, la gente se pone tensa, se siente agradecida y luego se vuelve a poner tensa. A nadie le gusta pedir. Me voy a ayudar en los armarios que ya están organizados por tallas. Hay cerca de 10 voluntarias trabajando, y un chico joven les ayuda a repartirlo todo. Me pongo a rebuscar las tallas que me pide una señora: quiere pantalones para que su hijo de 10 años vaya al colegio. También le vendrían bien unas zapatillas de deporte, me cuenta. “Todo el mundo quiere vaqueros, parkas y zapatillas de deporte. Si alguien quiere ayudar, puede donar ese tipo de ropa cuando ya no la necesiten”, me explica Carmina, otra voluntaria.

2ª parada: la tienda

De la parroquia me voy a la tienda. Está en la calle Orense, en pleno corazón de Madrid. Mi misión será ayudar a la persona que atiende a una clientela habitual y concienciada, pero también tocada por la crisis. “Siguen comprando pero si antes les compraban seis vestidos a la niña ahora solo se llevan dos”, dice Leticia Mauvet, una voluntaria junto a la que trabajaré hoy. Es ama de casa y viene como mínimo un día a la semana. La trajo su tía Lola, que lleva 16 años como voluntaria de Cáritas. “Hay un momento en que sientes la necesidad de ayudar a los otros y sacas el tiempo para hacerlo. Además, aquí no paras, es muy divertido”, me asegura. Los clientes sabe que la totalidad de su compra se va a reinvertir en otros proyectos de la organización. Aquí se venden complementos, como bolsos de piel. También artesanía y confecciones.

Esta semana en Las Rozas se ha abierto otra tienda parecida. Casi todo sale del Taller 99, también gestionado por Cáritas y que da trabajo a personas en riesgo de exclusión social. Mientras esperamos a que llegue el primer cliente del día, Leticia me cuenta que estudió Derecho pero que nunca lo ha ejercido, el resto de la semana se dedica a cuidar a sus hijos. Ahora que ya no son tan pequeños le dejan tiempo para ayudara los demás. Dice que la mayoría de los voluntarios que conoce son mujeres. Lola, la tía de Leticia, entra en la tienda. Cuenta que empezó de clienta y que, cuando se jubiló, se quedó trabajando de voluntaria porque “hay que hacer cosas por los demás, es algo que llena mucho. Además, con Cáritas tienes la garantía de que la ayuda va a llegar a las personas verdaderamente necesitadas”.

Lo que recaudemos vendiendo hoy irá a parar a los trabajadores que están cosiendo en el Taller 99, personas que han tenido vidas difíciles y que, gracias a este trabajo, cambian radicalmente sus expectativas de futuro. Después de despachar algunos vestidos de niña y un par de bolsos, me voy a conocer a la gente que fabrica todo lo que se vende aquí, y recibe a cambio, como salario, parte de los ingresos de esta tienda.

3ª parada: el taller

En el barrio de Tetuán está el Taller 99. Hay una hilera de máquinas de coser con una gran mesa de trabajo en el centro donde un empleado da forma a algo que parece ser un bolso de mano. Huele a piel. La primera reacción de los trabajadores es ponerse a la defensiva. Todos están aquí porque en algún capítulo su vida se torció y quedaron casi al margen de los circuitos sociales y laborales en que solemos movernos todos con mayor o menor suerte. No les hace ninguna gracia que una cámara entre al único sitio donde se sienten protegidos. Así que tenemos que esperar a que Fransi Díaz les convenza de que nos dejen entrar en su vida.

Fransi trabaja para Cáritas, no es voluntaria.
De profesión diseñadora, su trabajo en el Taller 99 consiste en crear las colecciones, supervisar la confección, enseñar el oficio y, además, gestionar el equipo. Intenta ser una amiga para todos. Me explico: no es que Cáritas pretenda que los jefes sean tus amigos como parte de su labor humanitaria, pero cuando se trabaja con un equipo de personas con historias sórdidas, que no confían en nadie, que han estado en la cárcel o enganchados a las drogas, abrir el corazón y darles confianza es el único camino para que no abandonen a la primera de cambio.

“Hay que ayudarles porque por sí mismos es muy difícil que conserven un trabajo, unas veces por falta de capacidad y otras porque carecen absolutamente de habilidades sociales. Algunos leen y escriben con dificultad, en otros casos tienen una carga enorme familiar y jurídica y no pueden cumplir un horario”. La ventaja del Taller 99 es que les permite flexibilidad de horario para asistir a una cita en el juzgado o con el médico. Todos tienen un contrato de trabajo de ocho horas y cobran alrededor de 1.000 € al mes. Ahora hay dos personas que nunca habían tocado una máquina de coser. Están aprendiendo. “Evidentemente, su trabajo aún no es rentable, pero los estamos enseñando y ellos, además de aprender un oficio, se habitúan a tener un horario y unas rutinas de trabajo”.

A los dos años, que es el tiempo que pasan aquí, están en mejores condiciones de reinsertarse en el mercado laboral. “Nuestro objetivo no es tener buenos profesionales cosiendo aquí, contratamos a gente que nos necesita y nuestra meta es que, cuando se vayan, hayan aprendido algo. Pero, por otro lado, tienes la tienda con una clientela que ha costado mucho crear y que hay que mantener con la calidad de los productos”. Me siento entre las máquinas a ayudar a Dominga, una dominicana que cose minuciosamente las asas de los bolsos. Me cuenta que ha estado presa, pero que no es una delincuente; que una vecina de su pueblo, en Santo Domingo, le dio una maleta para que la trajera a España. La maleta tenía un doble fondo lleno de cocaína. Pasó varios años en la cárcel y despotrica contra todos: los que la traicionaron, el juez que no la creyó, el mundo que está en su contra... Pero reconoce que ahora tiene una segunda oportunidad.

4ª parada: la asesoría

Después de ayudar un par de horas en el Taller 99, me voy al Centro Interparroquial de Las Rozas a ver a otra voluntaria, Alicia López Villagrá, una abogada en paro que, dos días a la semana, brinda asesoramiento legal a personas que van a ser despedidas, que están en medio de un ERE conflictivo y no pueden pagarse un abogado. En este centro trabajan más de 120 voluntarios. “Lo hago porque creo que puedo ayudar a gente que está en una situación complicada. Se trata solo de dar asesoría, no entramos en ningún acto judicial porque para eso están los abogados del turno de oficio”, me explica. Aquí también hay otros abogados que dan consejo a personas que se enfrentan a un desahucio.

Como hoy no hay mucha gente, me voy a conocer a otra voluntaria que trabaja muy cerca. Se llama Chari y hace voluntariado 34 horas a la semana. Ahora enseña castellano a una chica marroquí que trabaja de camarera y necesita el idioma para mantener el empleo. Lleva casi un año dando clases por la mañana con Chari. Ya se comunica bastante bien y ahora necesita ampliar su vocabulario. Además de enseñar nuestro idioma a trabajadores inmigrantes, Chari da clases de apoyo a niños de escuelas públicas.

Última parada: formación

A última hora me voy al Centro de Formación de Cáritas. Me ha contado su responsable, Cristina López de Heredia, que en 2011 formaron a 1.100 personas, se atendió a 12.400 solicitantes 2.222 encontraron un empleo. Llego a tiempo para entrar al curso de peluquería que imparte Jaime, que es peluquero. Me cuenta que en este curso se aprende lo básico, unos conocimientos que permitirían trabajar de auxiliar de peluquería: lavado de cabeza, peinado con secador de mano, con plancha y rulos... Es un primer paso para empezar a formarse en la profesión. Las chicas aprenden el corte de puntas en unas cabezas de goma. Voy con Jaime supervisando el corte, ayudándoles con el secador. Son muchas y apenas hablan entre ellas, muy atentas a lo que están haciendo.

Marta Obeso, que hace voluntariado 20 horas al mes, se enfrenta hoy a unos 20 alumnos que rondan los 50 años, con experiencia laboral y mucho mundo detrás. Marta les enseña habilidades sociolaborales, por ejemplo, cómo hacer bien un currículo y en esto sí puedo ayudar. Debatimos si debe o no llevar foto, si debe ser muy largo o muy corto. Ellos se implican, cuentan sus historias, dónde y cuándo se han equivocado. “Es gente muy agradecida. A veces, hacen ellos más por mí que yo por ellos. Este curso es como un camino, ven que no están en un callejón sin salida, que conocen gente, que se les abren puertas. Les da fuerzas para seguir y les mejora la autoestima”, me dice. Casi todos han perdido el trabajo a una edad en la que deberían estar preparando un retiro tranquilo. Marta no les puede prometer nada, ella también está en paro, tenía un negocio y tuvo que cerrar, pero está convencida de que juntos llegarán a buen puerto. Seguro.

Termino agotada mi jornada de voluntariado. He aprendido que siempre se encuentra algo donde podemos echar una mano, que todos tenemos algo de valor que ofrecer a los demás y que lo más importante es dar el primer paso.

Si quieres colaborar: www.caritas.es y 914 441 000. 

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