El patito feo, por Genoveva Casanova

Conducía por una carretera de Dinamarca camino a Odense, pensando en la ilusión que me hacía conocer este pequeñísimo museo en honor al escritor Hans Christian Andersen. No solo mis raíces danesas me sensibilizan con él: mientras recorría aquellos verdes campos, me venían a la memoria los cuentos que mi madre me leía y que hoy me producen tanta nostalgia. 

Una casita sacada de uno sus cuentos decora la entrada del museo. Luego se accede a la parte más moderna, donde se guardan cartas, manuscritos, ropa, libros, cuadros y otros objetos personales del autor, que dibujan para el visitante su compleja personalidad. Una complejidad de la que parecen surgir personajes como el soldadito de plomo o el patito feo. Al final del recorrido encontramos la casa amarilla que le vio nacer en 1805. 

Hijo de un zapatero y una lavandera, el pequeño Andersen se encontró muchas veces durmiendo bajo puentes o mendigando, razón por la cual dedicó a su madre La pequeña cerillera. Tuvo una vida difícil. Su aspecto físico, su situación económica y el desequilibrio amoroso le causaron mucho sufrimiento, pero le permitieron construir un mundo de fantasía en el que toda la inocencia y la magia con las que nacemos viven resguardadas. Un mundo alimentado con los muchos viajes que realizó. “Viajar es vivir”, decía el autor, y los viajes que suponen sus historias son tantas vidas vividas… 

Muchas generaciones ya hemos crecido con estos personajes que nos muestran un universo en el que existe una forma de lidiar con el dolor: tocarlo desde el sitio en donde reside la pureza, dentro de nosotros mismos. Así nos transformamos en algo más bello, algo inesperadamente hermoso. Más allá de nuestros ojos, más allá de esta vida…