He fracasado ¿y qué?

  • Es el mantra de Silicon Valley: la gente se equivoca un promedio de dos veces antes de tener éxito. Y no es una vergüenza. De hecho, una vez al año los fracasados organizan un congreso para presumir de meteduras de pata. 

Hay un lugar en el mundo donde los fracasos se ponen en el currículum. Esto, que parece una fanfarronería, forma parte de la mitología de Silicon Valley, Palo Alto y toda la fauna tecnológica que habita los alrededores de la Bahía de San Francisco (EE.UU.). Cuenta la leyenda que, antes de decidir dónde invierte su dinero, un “Venture Capital” –señores que invierten sus dineros en anónimas “start up”, esas empresas tecnológicas que luego se convierten en los nuevos Google o Facebook– se interesa por el registro de batacazos previos. Y ese dato, es positivo. Junto a los garajes como origen de empresas de éxito –en Palo Alto incluso se puede visitar el garaje donde nació HP–, mantener una buena relación con el fracaso forma parte de la leyenda de los triunfadores más creativos.

Al que cuece y amasa...

No niego que hay un halo de mito en todo esto, pero también hay mucho de realidad. Estamos hablando de gente que fomenta el “Let’s do it!” (“Hagámoslo”) como filosofía de vida, y que prefiere equivocarse sobre prototipos concretos que vaticinar los errores desde la atalaya de la teoría y el “blababla”.

Al fin y al cabo, como decía el refrán tradicional, “al que cuece y amasa... todo le pasa”. Equivocarse es parte del juego, por eso no se considera un estigma. De hecho, en la Escuela de Negocios de la Universidad de Stanford se encargan de enseñar que antes de conocer el éxito hay que equivocarse, al menos dos veces. “Por una “start up” que triunfa hay 15 que se hunden”, enseñan los profesores y los alumnos se lo creen.

En esas clases de la escuela de negocios, que alberga probablemente a la gente más joven y ambiciosa del mundo, es posible encontrar a chicos de 25 años con dos empresas arruinadas a sus espaldas, que ya iban a por el tercer intento y no se les quitaban las ganas. Manuel López-Figueroa, un canario que trabaja para Bay City Capital en San Francisco, una empresa que invierte en proyectos biotecnológicos con potencial, me contó que a la hora de poner dinero en una “start up” sabe que muchas fallarán. Manuel repite el mantra de la Universidad de Stanford: “La gente se equivoca como promedio dos veces antes de tener éxito”.

Filosofía del error

“Fail fast” (“Equivócate, cuánto antes). “Haz cosas”. “Es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Todos estos mantras forman parte del evangelismo del fracaso que en San Francisco ha dado para convocar una conferencia anual monotemática, donde los empresarios que se han equivocado van a contar sus proyectos desde el error. Se llama Failcon y cada año consigue importantes coberturas de prensa. The Wall Street Journal es uno de los periódicos que dedica más espacio a contar cómo se equivocan los emprendedores y a dar cuenta de todos los errores que hay detrás de una historia de éxito.

“La razón por la que el fracaso es importante en Silicon Valley es porque la mayoría de las ideas que la gente tiene son erróneas”, declaró Eric Ries, un emprendedor en serie que ha desarrollado una metodología para guiar a los jóvenes. Y añadió: “Y no se trata de que las ideas no estén suficientemente pensadas o de que la gente no sea inteligente. Es simplemente que el mundo en que vivimos es muy complicado y la innovación exige mucho esfuerzo”. Este reportaje publicado en la revista Wire reconoce que en Europa el fracaso es “un estigma social persistente que desanima a los emprendedores a arriesgarse, que es el único modo de crear negocios realmente nuevos, que cambien la economía”.

Por esta razón, en Europa algunos inversores como Saul Klein han animado a seguir el ejemplo de California y a abrazar la filosofía del error. “El fracaso o la bancarrota no son aceptados culturalmente, pero si queremos contar con abundancia de talento para empezar a crear compañías que realmente cambien el mundo, debemos aceptar que habrá muchos más fracasos que éxitos”, escribió en su blog. “post mortem”. Una vez instalados en el error, cualquier cosa es válida menos ocultarlo. Los expertos abogan por sacarlos a la luz en unas ponencias que llaman

“Post mortem”

La misma denominación reciben las reuniones en las empresas para aprender de los proyectos fallidos, según cuenta María Sainz, una española que dirige una compañía farmacéutica en Palo Alto. “Llevo años yendo a estas reuniones, cuyo concepto es: “Ahora que hemos fracasado, hablemos de ello durante las próximas cuatro horas”.

Del arte de compartir los batacazos no se sacan teorías abstractas sino asuntos muy concretos que no hay que repetir. Por ejemplo, gracias a la Conferencia del Fracaso se han identificado los tres errores más comunes por los que se estrellan las empresas tecnológicas emergentes. A saber:

1. Empezar con un equipo inadecuado, porque se lleva mal entre sí, o porque es demasiado grande o demasiado pequeño, o porque tiene personas que doblan funciones.
2. (Y punto crucial). Los fundadores contratan casi siempre a sus amigos para sacar adelante sus proyectos. Es humano, pero suele ser gente con un contexto demasiado similar, que no resulta útil al proyecto porque se parecen demasiado y sus aportaciones son bastante similares.
3. Subcontratar las partes que son el corazón del proyecto (por ejemplo, el sistema operativo de un software) porque resulta más barato. A largo plazo, lo mejor suele ser esperar a encontrar a la persona correcta para desarrollar la esencia de la idea. Ya habrá tiempo de subcontratar todo lo demás.

Con estas cuatro cosas sabidas, asumidas e interiorizadas, los nuevos emprendedores se lanzan al ruedo con grandes probabilidades de equivocarse por una cuarta razón... que todavía nadie ha registrado en los anales del fracaso. Pero que, en caso de ser identificada, será compartida entre el gremio de fracasados que aspira, en algún momento a dejar de meter la pata y triunfar. Mientras llega ese día, lo van contando: “Me he equivocado. ¿Y qué?”. 

Emprendedores que empezaron mal... Y acabaron bien

Steve Jobs. CEO de Apple (hasta su muerte en 2011).

Error. Insistió en que el ordenador Apple III, creado en 1980, no necesitaba un ventilador que se encargara de enfriar el sistema. Muchas unidades del modelo se sobrecalentaron y fallaron. No sé sabe si por esto, o por diferencias con su socio, fue despedido de la compañía que había fundado.  

El Retorno. En 1997, después de que Apple comprara NeXT Software, la compañía que el propio Jobs había creado, volvió por la puerta grande y se centró en lo que sabía hacer: el diseño y la facilidad de uso de sus máquinas. Así, creó los tres gadgtes que cambiaron el mundo de Apple (y el nuestro): el iPod (2001), el iPhone (2007) y el iPad (2010).  

Moraleja. Nadie es experto en todo. Hay que delegar en las personas adecuadas y centrarnos en lo que se nos da realmente bien.


Mary Kay Ash. Fundadora de Mary Kay Cosmetics Inc.

Error. Después de trabajar durante casi 25 años en el área de ventas en la compañía Stanley Home Products, Mary Ash se marchó de la empresa. Estaba completamente frustrada porque no tomaban su trabajo en serio y no le proporcionaban oportunidades de crecer profesionalmente.  

El Retorno. Mientras estuvo en el paro, Mary Kay se puso a escribir un libro dirigido a mujeres emprendedoras y, para su sorpresa, descubrió que ella encajaba en el perfil del que hablaba en su obra. De ese modo nació la marca Mary Kay, y ese mismo año renunció a su antigua compañía, y empezó con una inversión inicial de 5,000 dólares. Cuando murió en el año 2001, su marca tenía más de 800,000 representantes a lo largo de 37 países y sus ventas anuales sobrepasaban los más de 2.000 millones de dólares.

Moraleja. Los reveses personales pueden inspirar buenas ideas de cara a los negocios.


Walt Disney. Fundador de The Walt Disney Co. (ahora Disney Corp.).

Error. Los gastos de producción que ocasionaron sus primeros cortometrajes de animación, 'El gato con botas' o su primera versión de 'La Cenicienta', sobrepasaron a los ingresos de la empresa. A principios de los años 30, la compañía debía más de cuatro millones de dólares.  

El Retorno. Recaudó algo de dinero entre sus amistades (no mucho) y financió su obra maestra, el largometraje 'Blancanieves y los siete enanitos' (1938). El resto de la industria consideró esta inversión una auténtica locura, ya que nadie había hecho semejantes aportaciones de dinero en grandes producciones animadas. Sin embargo, la película revolucionó la industria y sacó a la compañía de la bancarrota. A raíz de este éxito, en el año 1939 se comenzaron a construir los estudios Walt Disney Studios.

Moraleja. A veces es suficiente con una idea potente e inédita para salvar un proyecto. Y siempre hay que arriesgar cuando se tiene fe.

Henry Ford. Fundador de Ford Motor Company.

Error. Las primeras ediciones de sus automóviles eran eficientes y veloces, pero la compañía carecía de una estrategia clara de ventas. Motor Company se transformó luego en la Henry Ford Company, de la que finalmente el fundador fue despedido por los inversores.

El Retorno. Al final, en su propia empresa y con su propio dinero, Henry Ford apostó por crear coches diseñados para el consumidor de clase media. Un producto menos elitista para llegar a un público masivo. La clave de su éxito residía en su procedimiento para reducir los costes de fabricación: la producción en serie, inspirada en el método de los mataderos, que fue conocida después como “fordismo”.

Moraleja. Para construir una marca, hace falta algo más que prestigio y un buen producto: hay que entender el mercado.

H.d. Sanders. Fundador de Kentucky Fried Chicken (KFC).

Error. No creó una estrategia de comercialización sólida. Empezó de manera informal, viajando de ciudad en ciudad y de restaurante en restaurante, cocinando su pollo para los dueños y sus empleados. Su visión de negocio demasiado local lo llevó a la ruina, aunque su marca, Kentuchy Fried Chicken, ya era reconocida y su rostro sigue siendo la imagen oficial de la marca.

El Retorno. En la década de los 50, Sanders tomó la decisión de franquiciar su concepto. Una década después de la apertura del primer restaurante, KFC ya tenía 600 locales en Estados Unidos.  

Moraleja. No basta con tener una buena idea y un producto que pueda funcionar, hay que saber cómo venderlo, conocer a la potencial clientela y cuál es el modelo de negocio más adecuado.

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