Detrás del glamour de la pasarela y las celebrities que ocupan el 'front row', la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid esconde un submundo lleno de prisas, nervios y trabajo, mucho trabajo, para que todo salga a pedir de boca.
"¿Podéis ponerle más laca a Erin?". "Qué alguien me traiga un alfiler por favor" "Vamos, vamos, a tope". Minutos antes del desfile de Carlos Díez, todo son nervios. Con un cinturón lleno de brochas, lápices, horquillas y peines, un arsenal de estilistas se acercan a las modelos segundos antes de empezar el show. Al mismo tiempo, el diseñador va una por una revisando cada detalle de sus creaciones. No es para menos. Se trata de su examen final, veinte minutos en los que se jugará todo por lo que lleva trabajando durante meses.
Minutos antes, el camerino se llenaba de periodistas entrevistando al creador y cámaras tomando imágenes de recurso, al tiempo que profesionales de la firma terminaban de dar las últimas puntadas y planchaban cada una de las prendas pertenecientes a la nueva colección. Las modelos ya están en la sala de maquillaje y peluquería, y los invitados empiezan a tomar asiento. Todo está listo para que comience el espectáculo.
Empieza a sonar la música y las maniquís toman posiciones. En fila, unas miran al suelo y otras charlan entre ellas esperando su turno para aparecer en escena. Minutos después, y con su primera salida realizada, surgen del otro lado corriendo para cambiarse de ropa. Allí aguardan dos personas para ayudarlas a vestirse de nuevo en cuestión de segundos. Del otro lado, cientos de personas disfrutan del espectáculo en las gradas, ajenas a lo que está ocurriendo en el backstage. Ésta es la tónica general de cada uno de los desfiles no solo de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, sino de todas las pasarelas del mundo.
Más allá del glamour de los diseños y de los famosos sentados en el front row, se encuentra un submundo lleno de trabajo para que todo salga a pedir de boca. Desde diseñadores, ayudantes, maquilladores, peluqueros, fotógrafos, cámaras y periodistas, hasta las azafatas encargadas de organizar el sitting en cada desfile o las camareras que se hartan de servir cafés en la sala de prensa. Cada pieza del engranaje resulta fundamental.
Y todo ello para que veinte minutos después, el backstage se llene de abrazos y gritos celebrando que todo ha pasado como esperaban. "Ahora a beber a Kissing, Cuca", dice Carlos Díez entre risas al termino del desfile. Unas risas que siguen el Kissing room junto a amigos y periodistas, justo antes de decir adiós al volver al camerino para empaquetar toda la colección y el atrezzo en cajas, maletas y hasta contenedores. Hasta el año que viene.