Para abrazarte, por la espalda, por Carmen Amoraga

El otro día acompañé a mi madre a un velatorio. Mi madre es viuda. Mi padre murió hace poco tiempo. Todavía no sabemos dónde poner nuestra pena. Tratamos de vivir como vive la gente cuando se le muere alguien, y les ves por la calle como movidos por hilos invisibles que les llevan y les traen y les permiten que sigan haciendo lo mismo que antes, cuando todo estaba en orden. Como esa gente, sonreímos con frecuencia, y no es raro que se nos oiga reír a carcajadas.

Nos esforzamos, supongo que como ellos, en seguir haciendo las cosas tal como a mi padre le hubiera gustado, cosas diversas, pequeñas, sin importancia, que, a veces, requieren una gran dosis de esfuerzo y, a veces, se hacen sin darse una cuenta, como celebrar un cumpleaños, o la Navidad, o hablar de él sin que se quiebre la voz, o llorar de vez en cuando y tragarnos rápido las lágrimas para que no contagien a los demás, o ir al cementerio a ver si las flores siguen bien o las de al lado están mejor, o jugar al mismo número de la lotería al que él solía apostar. Seguir viviendo, con normalidad, digo, a veces, es fácil. A veces, se convierte en una cuesta empinada imposible de coronar.

Así que el otro día acompañé a mi madre al velatorio del marido de una amiga suya que se llama Tere. Él, que se llamaba Antonio, era amigo de mi padre. Se pasaban horas hablando, sin parar, en el comedor de su casa. Quién sabe de qué. Cuando me compré mi casa, vino a verla y la bendijo con disimulo. Antonio tenía leucemia y había sido cura. Lo dejó por amor. Al ver entrar a mi madre, Teresa se levantó y se abrazó a su amiga. Mi madre le acarició el pelo, y le susurró al oído: "Esto es muy duro, Tere, esto es muy duro".

Al verlas así, pensé en cuántas veces me han abrazado así mis amigas cuando yo creía que se me había roto el corazón. Y pensé, también, en la osadía de Antonio y Teresa para poder estar juntos. Y pensé en J. Porcupine y en su amor esforzado (*), y por el contrario, en lo poco que nos gusta cualquier cosa que no sea sencilla, en lo fácil que rompemos cuando un amor cuesta trabajo, o, lo que es peor, en la cantidad de parejas que funcionan como si su relación fuera un negocio. Tu cuerpo está, pero tu mente viaja lejos. En el trabajo y en las relaciones.

Y, pensé, esas son las peores pérdidas. Las que pierdes sin saber que ya has perdido.

*Y besar tu cuello y acariciar tu vientre mientras digo que soy capaz de darle la vuelta al mundo para abrazarte por la espalda. Así te quedaría claro que eres amada por mí (La vuelta al mundo para abrazarte por la espalda, de J. Porcupine).