Pedagogía Blanca, por Carmen Amoraga

Una amiga me ha contado que va a intentar tener un hijo para salvar su matrimonio. Así, como lo cuento. Para salvar su matrimonio, ha dicho. En realidad no es una amiga: es amiga de una amiga. Si lo fuera, mi amiga, le pondría una mano sobre cada hombro y la zarandearía con cierta firmeza, diciéndole: “Pero qué dices, muchacha, pero qué majadería estás diciendo”. Porque a mí los hijos me gustan, los míos y los del resto. 

Estoy convencida, como dice la Pedagogía Blanca, de que los niños nacen con un montón de habilidades, con una inteligencia que los padres podemos coartar, sin darnos cuenta, a base de chantajes y castigos. Una vez fui a uno de sus talleres y me quedé loca. No era consciente de la cantidad de cosas que era capaz de hacer mal, creyendo que actuaba del modo correcto. Por ejemplo, poniendo límites absurdos que me empeño en mantener; intimidándoles con amenazas que no voy a cumplir (“O haces esto o no verás más dibujos”); o, lo peor, esperando que se adapte a mi tiempo y no al revés. 

La terapeuta nos pidió que nos hiciéramos una pregunta que tendría que determinar el tipo de reglas que jamás nos podríamos saltar. Nos dijo: “Imaginad que es el día de vuestra muerte. ¿Qué querríais que vuestros hijos recordaran de vosotros? Pues en base a ese recuerdo, imponed las normas, dos, tres como mucho, que jamás deberéis saltaros”. Tan sencillo. Por eso, cuando esa amiga de mi amiga dijo que quería tener un hijo para que salvase su matrimonio, me llevé las manos a la cabeza y me dieron ganas de decirle aquello. 

Un hijo nunca puede salvar un matrimonio. Primero, porque los hijos, cuando nacen, son fuente de conflictos y fricciones. El cansancio, los nervios, el desconocimiento, el miedo, juegan malas pasadas. Y la gente, que opina sin cesar y va por ahí lanzando como dardos sus verdades universales: “Hay que dar el pecho”; “No hay que cogerlos porque se acostumbran”; “Hay que dormir con ellos y darles todo lo que pidan, sea la hora que sea”; “Hay que enchufarles el biberón y actuar con ellos como si fueras una emperatriz austrohúngara”... y así hasta que ya no sabes qué hacer y empiezan las broncas en casa. 

Una pareja tiene que tener las bases firmes, sólidas, antes de embarcarse en la aventura de la paternidad. De lo contrario, es más que fácil no estar a la altura de las circunstancias. Por no mencionar la posibilidad de que un día el niño se entere de que su llegada a este mundo no fue un acto de generosidad, sino de egoísmo elevado al cubo.