Por vergüenza o culpabilidad, para evitar ser señalada o por temor al rechazo, una de las experiencias más traumáticas de la vida de una mujer acaba muchas veces silenciada. Carmen Maura lo acaba de contar , pero no es la única. 

En nuestro país, nunca un personaje público había dado la cara para reconocerlo. Por eso es curioso que cuando, hace un par de semanas, la actriz Carmen Maura confesó en un programa de televisión que había sido víctima de una violación, no hubiese un cataclismo. Pasó lo que suele: comentamos el detalle del asunto, pero no entramos en el fondo de la cuestión.

El caso de Maura, sucedido hace 40 años, no solo es un ejemplo de cómo la mirada censora de la sociedad convierte a las víctimas en culpables, sino que destapa una pregunta aún más inquietante: ¿si Naciones Unidas indica que una de cada cinco mujeres sufrirá una violación o un intento de violación a lo largo de su vida, por qué apenas recibimos información de estos casos? ¿Es que ya no suceden? ¿Por qué no hablamos de la violencia sexual que denuncian 1.300 españolas cada año, aunque ellas son solo una quinta parte de las posibles víctimas, según diferentes asociaciones?

¿El fin del silencio?

Y sin embargo parece que algo está cambiando y que no todas las mujeres están dispuestas a callar. En España ha sido Carmen Maura quien ha dado rostro a una realidad que afecta a miles de mujeres. Mientras que, en Estados Unidos, el caso de las víctimas de Bill Cosby ha visibilizado que un agresor, por el hecho de ser famoso, no goza de impunidad: el pasado julio, en la portada de la revista The New York Magazine, aparecían 35 de las 46 mujeres que fueron, presuntamente, víctimas de agresiones sexuales por parte del cómico, una de las figuras más populares de la televisión norteamericana.

En el interior de la publicación, las denunciantes relataban aspectos de los abusos, que se produjeron durante cuatro décadas, y la mayoría coincidían en que el actor las convocaba a supuestas clases de interpretación, luego las drogaba y acababa violándolas. "35 mujeres hablan sobre las agresiones de Bill Cosby, y la cultura que no quiso escucharlas" era el titular, que ponía el dedo en la yaga de un clima social que, hasta ahora, ha fomentado el silencio.

¿Cuántas violaciones y agresiones sexuales se producen? ¿Son casos aislados? El primer lugar al que debemos acudir para buscar respuesta son las estadísticas. Los datos están condicionados por dos factores: las mujeres prefieren no denunciar por el estigma social y las autoridades suelen desanimar o descartar las denuncias femeninas.

Los países que ocupan los primeros puestos de la vergonzosa lista son Estados Unidos, Nueva Zelanda, Alemania, México, Brasil y Reino Unido... Pero las cifras no son fiables, porque en los países en vías de desarollo y las zonas en conlicto la violación es una auténtica lacra, pero no hay datos. Sudáfrica, por ejemplo, es calificada por Interpol como la capital mundial de la violación. Allí, las mujeres tienen más probabilidades de ser abusadas sexualmente que de aprender a leer y una de cada tres será víctima de una agresión sexual a lo largo de su vida.

Y de la India llegan las historias escalofriantes: la violación en grupo de dos adolescentes terminó con ellas colgadas de un árbol; otra fue violada por orden de la autoridad local, que castigaba así a su hermano; incluso un ministro, Nihalchand Meghwal, ha sido acusado de violador, sin que se haya producido suspensión ni investigación.

Pero también en Europa, aunque distantes, los datos son alarmantes: más de nueve millones de mujeres europeas han sido violadas, un 33% han sufrido violencia física o sexual y solo una de cada tres denuncia, según el último informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) de marzo de 2014.

En España, el Instituto de la Mujer cifró en 6.562 los casos de abuso, acoso y agresiones sexuales en 2009, frente a los 1.303 ataques que aquel año recogía el Ministerio del Interior. Esta última cifra se ha mantenido estable: 1.298, en 2013, último ejercicio con datos oficiales. Pero desde la web Mehanviolado.com (una asociación surgida de la colaboración espontánea a través de internet de víctimas y profesionales de la comunicación, la Psiquiatría y el Derecho) aventuran una cifra mayor: "Calculamos que el 75% de los delitos sexuales no se denuncia".

Según sus cálculos, en un año se producirían en nuestro país 29.874 agresiones sexuales (incluyendo abuso, acoso y agresiones) o, lo que es lo mismo, una cada 17 minutos. Pese a todas estas cifras, tanto la web Mehanviolado.com como la Fundación Aspacia, que ofrece apoyo a mujeres que han sido víctimas de ataques sexuales en la Comunidad de Madrid, denuncian la falta de datos.

En el Instituto de la Mujer no actualizan las estadísticas sobre violencia sexual desde 2009 porque ya no hay un cómputo común. Cada comunidad maneja sus datos, y dentro de cada una, Policía y Guardia Civil llevan sus propios registros. Más allá de los números, los expertos advierten del avance de cierta "cultura de la violación" (una traducción literal de rape culture, que también puede entenderse como "caldo de cultivo para..."), por la cual la violencia contra las mujeres se contempla con cierta tolerancia (en series de televisión, por ejemplo), como una mera invasión justificable o, incluso, como el resultado de una provocación.

Los síntomas están ahí, por mucho que se les quiera aplicar el relativismo o hasta el sentido del humor. El lenguaje misógino, la consideración del cuerpo femenino como un objeto, la glamurización de la violencia sexual, los debates alrededor del consentimiento (especialmente en menores de edad), la culpabilización de las víctimas (por llevar más o menos ropa, haber bebido demasiado o aceptar una invitación), la trivialización del acoso en los espacios públicos, el recurrente argumento de las denuncias falsas (bastante infrecuentes, según las asociaciones de víctimas), las campañas que insisten en enseñar a las niñas cómo evitar ser violadas en vez de educar a los niños para no caer en la violencia, porque en los centros educativos, aunque nos parezca mentira, se producen agresiones a diario.

En Estados Unidos, por ejemplo, una de cada cinco universitarias sufre agresiones sexuales, una verdadera epidemia que se vive en silencio: solo un 12% denuncia, aunque nueve de cada 10 conoce a su violador. "Un 63% de los responsables de este tipo de delito ha confesado que ha violado a una media de seis mujeres en su vida", señala el Informe sobre la violencia sexual en EE.UU., presentado por el Consejo de Mujeres y Niñas de la Casa Blanca que levantó la libre acerca de la impunidad de los agresores en los campus.

El detonante de esta movilización fue una estudiante de 21 años de la Universidad de Columbia (Nueva York), Emma Sulkowicz, que decidió cargar durante meses, hasta el día de su graduación con el colchón en el que había sido violada por uno de sus compañeros. La imagen de la estudiante arrastrando un colchón de 23 kilos de un lado para otro (que se convirtió, además de en una performance, en su tesis de fin de carrera) despertó una ola de solidaridad por su simbolismo, aunque también controversia, porque el chico acusado negó los cargos y no ha sido detenido ni expulsado.

La prevención

"A pesar de lo que se quiere transmitir, la gran mayoría de las agresiones sexuales ocurren en el entorno cercano de la mujer", dice la psicóloga Mª Ángeles de la Cruz, psicóloga del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales de Madrid (CAVAS). "Y esto ocurre porque nuestra sociedad responsabiliza a la mujer de la agresión sexual, en vez de encaminar los esfuerzos a prevenir desde la infancia estos comportamientos.

Es decir, nos enseñan a protegernos, responsabilizándonos de la agresión sexual, en vez de evitar mediante la educación que nos ataquen. Por ejemplo, en muchas canciones o series los jóvenes hablan tranquilamente de emborrachar a una chica para acostarse con ella".

Desde el Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales de Valencia advierten de un incremento de hasta un 5% en los casos de mujeres que son violadas por sumisión química. También de la creciente violencia sexual entre adolescentes, en los que se detecta un repunte del sentimiento machista.

Durante un Congreso contra la Violencia de Género celebrado en Bilbao, Javier Elzo, sociólogo y catedrático emérito de la Universidad de Deusto, denunció que "tanto maltratadores como víctimas cada vez son más jóvenes. (...) Cuando se les pregunta a los jóvenes españoles por las cualidades fundamentales que definen a cada sexo, tanto ellos como ellas coincidan: los chicos destacan por su autoridad y capacidad de decisión, y las chicas, por su ternura, dulzura y paciencia.

Estamos mejor que hace 50 años, pero peor que hace 15 o 20". ¿La consecuencia para Javier Elzo? "Tenemos jóvenes machistas, chicos y chicas, para rato". Y, sin embargo, en el último barómetro del CIS sobre las preocupaciones de los españoles, la violencia machista está en el puesto 17.

"La violencia sexual es una forma de violencia de género y, como tal, la motivación de los agresores es una cuestión de poder, dominación y control sobre las mujeres puntualiza Mª Ángeles de la Cruz. No es un asunto sexual, como piensan muchas personas, sino que entra en juego la violencia machista, que busca el control y la humillación de la mujer". De hecho, el agresor suele ser un conocido o un familiar (solo un 30% de ellos son desconocidos), y más de la mitad de los asaltos se producen en la casa de la víctima, otro factor que convierte en más que incómodos los relatos públicos acerca de las violaciones, y que convierte en auténticas heroínas a las mujeres que se atreven a hablar.

Ellas sí lo han contado

  • Carmen Maura.

Cuando tenía 30 años, su agresor llamó a la puerta de su casa, le pegó un puñetazo y la violó a punta de pistola. En el juicio le preguntaron: "¿Estás segura de que no quieres hacerte famosa con esto?". Para Maura, lo más denigrante no fue la agresión en sí, sino "todo lo que vino después". De hecho, ha llegado a decir que "el fiscal era bastante más repugnante que el violador".

  • Ellen Degeneres.

Su padrastro abusó de ella cuando era adolescente y su madre estaba enferma de cáncer.

  • Oprah Winfrey.

Desde los nueve años fue violada por un primo, un tío y un amigo de la familia. Con 14 años se quedó embarazada y pensó en suicidarse, pero el niño murió poco después de nacer. Recientemente, una biografía no autorizada ha cuestionado la veracidad de estos abusos, afirmando que la familia de Oprah no se los cree.

  • Teri Hatcher.

Padeció abusos desde los cinco años por parte de su tío, pero la protagonista de Mujeres desesperadas guardó silencio hasta que su tío fue acusado de pedrastia por abusar de una menor que se quitó la vida. Teri Hatcher declaró en su contra y fue sentenciado a 14 años de cárcel.

  • Lady Gaga.

Fue atacada cuando tenía 19 años por un productor musical mucho mayor. Jamás ha querido revelar la identidad de su asaltante.

  • Pamela Anderson.

Un caso paradigmático de mujer con un pasado marcado por el abuso y el sufrimiento, pero cuya imagen sexualizada hace que se cuestione su versión de la historia: una niñera abusó de ella cuando tenía seis años; a los 12, un hombre la forzó a tener relaciones; y más tarde fue víctima de una violación grupal por parte de su novio y su grupo de amigos.

  • Madonna.

Cuando llegó a Nueva York, aún veinteañera, la llevaron a una azotea de un edificio amenazándola con una navaja para consumar una violación. "No me atreví a denunciarlo porque ya tenía suficiente con la humillación que había sufrido, no quería más".

  • Tori Amos

A los 22 años, a la salida de un concierto en Los Ángeles, un fan la secuestró a punta de pistola y la violó durante horas. Se decidió a contarlo tras ver la película Thelma y Louise y escribió una canción sobre su experiencia: Me And A Gun. Declaró a The Guardian: "Fue muy duro entender la diferencia entre intercambio y subordinación. Solo después de dar a luz a mi hija sentí que mi cuerpo me volvía a pertenecer".

La mirada psicológica de Isabel Menéndez, psicoanalista.

Poner palabras

  • Una violación provoca un trauma psicológico y físico, que deja a su victima hundida por el sentimiento de humillación que conlleva. Es una invasión en el cuerpo que rompe el psiquismo.
  • El cuerpo sigue durante un tiempo gritando de rabia y de dolor. Son frecuentes los desmayos, los sudores, los vómitos y los temblores. Los desmayos representan la imposibilidad de defenderse o huir, así como el deseo de negar lo ocurrido no hablando de ello. Los sudores expresan la rabia. Los vómitos, un intento de expulsar la agresión misma. Los temblores delatan el miedo a sentirse vulnerable. Tras un tiempo, algunos síntomas remiten, pero otros, como la falta de apetito, las pesadillas o la imposibilidad de tener relaciones, pueden persistir. Todos constituyen un intento de elaborar psíquicamente lo sucedido. Esta elaboración pasa por la palabra, hay que hablar de ello para que el terremoto emocional pueda tener una vía de expresión. Si la víctima cuenta con la ayuda adecuada, superará la agresión.
  • ¿Por qué se culpa a sí misma la víctima? La mayoría de las veces porque enlaza lo ocurrido con acontecimientos fantaseados de los que ni siquiera es consciente y que, por tanto, ignora. De otro lado, muchas de las agresiones se producen en el entorno familiar, lo que agrava la situación, ya que, cuando se mezclan el afecto y la agresión, la valoración personal queda dañada. La víctima puede pensar que se lo merece. Además, a la culpabilización que ella misma se infringe, se añade aquella a la que es sometida socialmente.
  • ¿Por qué no se ponen más medios para ayudar psicoterapéuticamente a las víctimas? ¿Por qué no se debate sobre el tema? ¿Por qué se silencia tanto? ¿Se culpabilizaría igual a un hombre que ha sido violado?

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