Soledad, el precio de la libertad

  • Estar solo asusta, requiere sentirse bien consigo mismo y plantarle cara a algunos prejuicios sociales que dicen que la vida en pareja es mejor.

Nacemos dependientes, confundidos con el otro, sin saber quiénes somos. Construimos una identidad propia, una subjetividad única cuando adquirimos independencia y sentimos que podemos manejarnos solos. ¿Podemos defender nuestra libertad si no vivimos bien nuestra soledad? ¿Es mejor pagar el precio de estar sola, pero sentirse libre, que estar acompañada y sentirse agobiada por el otro? Hay dos tipos de soledad: una conlleva una pérdida de contacto con la realidad, con los otros, evitando así todo vínculo afectivo; la otra, sin embargo, es creativa, necesaria, íntima, es la que todos llevamos dentro, ese vacío que nos habita y nos hace únicos. Una soledad que nos da la posibilidad de explorar lo más profundo de nuestro ser para, desde allí, volver renovados. Elisa escribe en su diario: “Por fin, sola. Me siento bien, me siento libre. Ya no tengo que ocuparme de él, voy a pensar en mí. Estoy sola, pero acompañada de recuerdos e ilusiones; tengo proyectos que llevar a cabo. Quiero encontrarme conmigo misma, saber quién soy, aprender a cuidarme, valorar lo que he conseguido. Antes estaba protegida, pero dormida. Más bien estaba controlada y negaba la situación. Ahora tiemblo ante el futuro, sola pero viva, creo que acabo de despertar de un mal sueño. Me siento libre, quizá estar sola es el precio que tengo que pagar para ello”. Hace poco, Elisa decidió separarse de su pareja. Antes de conocerle, estaba divorciada y tenía una hija. Aunque trabajaba como informática y se desenvolvía bien en la vida, a veces se sentía sola. Apareció Jorge, atractivo y detallista, que la conquistó y se fueron a vivir juntos.

Atreverse a romper

Según fue pasando el tiempo, él se convirtió en un hombre controlador porque era muy dependiente y enfermizo, y le recriminaba el tiempo que ella le dedicaba a su profesión y no la ayudaba con su hija. Elisa se dio cuenta que había repetido con él el lugar que tenía en su familia, el de cuidadora de los demás. Era la hermana mayor y su madre siempre la había hecho atender a sus hermanos. Se le acabó el amor hacia Jorge, estaba triste, irritada, agobiada... Decidió romper, necesitaba estar sola para valorarse, más allá de ser la cuidadora de otros. Para eso, ya tenía una hija. Pero solo pudo llevar a cabo este deseo cuando dejó de sentirse culpable de repetir el lugar que ocupaba en su familia y que ella realizaba con la idea de que solo sería querida si cumplía la función de cuidadora.

Sin prejuicios

La mujer que vive sola, o con hijos, pero sin pareja, es, prácticamente, algo insólito en nuestra sociedad: antes se daba pocas veces. Ahora hay mujeres que viven sin hijos, maridos o familia a quien cuidar y la sociedad las mira con ciertos prejuicios. ¿Por qué? Estar solo asusta porque de quien más se huye es de uno mismo. Pero jamás se está solo cuando uno ha aprendido a sentirse bien consigo mismo y con su historia emocional, en la que siempre habitan otros. Cuando la soledad la ejercita una mujer, alarma más que cuando es un hombre. Esto se explica históricamente, según la psicoanalista Alcira Alizade, porque la mujer ha vivido bajo la protección patriarcal; porque, aunque cada día menos, se las suele considerar como seres dependientes y vulnerables; porque, socialmente, la compañía de un hombre aumenta el estatus; y porque el consenso social opina que la vida en pareja es superior.

A la mujer se le ha pedido que esté ahí para dar compañía a los otros, olvidándose de sí misma. Esto le evitaba enfrentarse a sus temores, pero también la coartaba en sus posibilidades. En los momentos de lucidez cualquiera es capaz de enfrentarse al desafío de la soledad. En realidad, siempre estamos solos ante el espacio que se abre en nuestro interior y que debemos aprender a escuchar. Cuando se trata de una mujer, se piensa más en soledad negativa, como si no fuera una elección, como si transgrediera, más que un hombre, las normas sociales. La soledad tiene un lado positivo que la mujer cultiva cada día más. Esta intimidad es un mundo indispensable para lograr una identidad autónoma. Sola es sinónimo de independiente. Un ser independiente es libre de decidir y no acepta el sometimiento. Estar sola implica contar con una misma, ser dueña de sí, y esta es una nueva imagen de la mujer que conecta bien con su soledad y camina hacia lo propio cuando se convierte en madre de sí misma.

Independencia

El logro de la autonomía psíquica requiere un esfuerzo continuado. El viaje para llegar a la cita consigo misma pasa por dos estaciones. Una es la relación con la madre durante los primeros años de vida: un lazo afectivo dependiente que tiene que saber romper. La adherencia a la madre protege a la niña, pero infantiliza a la mujer. La segunda estación, que también tiene que dejar atrás, es la de la protección paterna. La función de un padre es ayudar a la hija a crear un espacio propio para poder separarse de las dependencias familiares. El sometimiento al padre resguarda a la hija, pero le impide el crecimiento. Las adherencias a los primeros objetos amorosos y los prejuicios socioculturales fomentan el aniñamiento. El miedo que hasta ahora había tenido a vivir sola y la imposibilidad económica de hacerlo, al no haber accedido al mercado laboral, han sido claves para no conquistar a la grata sensación de ser autónoma.

Las clave

  • Algunas mujeres están solas por elección. No quieren comprometerse, quieren disfrutar de la soledad. Ello no quiere decir que se sientan solas, pues tienen amigos, trabajo y se sienten bien.
  • Se puede optar por vivir sola, cuando formar una pareja está asociado a la pérdida de un espacio personal que ha costado trabajo conquistar. Reconocerlo parece todavía un deseo ilícito, quizá porque no se ajusta a los convencionalismos.
  • No se está solo cuando se está bien con uno mismo. Todos somos propietarios de un jardín privado que debemos cuidar. En caso de descuidarlo, nos alcanzará el sentimiento de vacío, que se intentará tapar buscando a otro. Hay que saber estar solo para llegar a estar bien acompañado.
  • El creciente número de mujeres jóvenes que eligen vivir solas, quizá sea un síntoma de que la mujer quiere organizar primero su jardín privado, conocerse y aprender a estar bien sola para alcanzar su libertad y, después, llegar a estar bien con los demás.
  • Por paradójico que esto parezca, para no sentirse solo hay que haber aprendido a estarlo. La capacidad para comunicarnos  con los otros depende de la que tengamos para hacerlo con nosotros mismos.
  • No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Lo primero puede ser un placer; lo segundo, una catástrofe
La palabra: subjetividad

Se compone de todo un entramado psicológico que nos concierne como sujetos humanos
. Nuestra subjetividad es única e irrepetible y está constituida por instancias que conocemos y por otras que permanecen en la sombra.
  • La que conocemos es el “yo” y a ella asociamos unos gustos e ideas a través de los cuales nos reconocemos.
  • Las instancias desconocidas pertenecen al mundo del inconsciente, donde están los deseos reprimidos. Es donde habita la sexualidad y también un sistema de normas morales por las que nos regimos y de las que no podemos salir sin sentir culpa.
  • La subjetividad es la construcción que podemos hacer los humanos cuando sentimos que tenemos un mundo interno que nos pertenece y desde donde miramos a los otros.

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