Diálogo para un tiempo de paz

  • Un conflicto puede dar al traste con la Navidad. ¿La solución? Hablar de ello. Porque la historia solo se cambia cuando se escucha y se entiende. 

Decía Tolstoi al comienzo de 'Ana Karenina' que todas las familias felices se parecen, mientras que las desdichadas lo son cada una a su manera. Viene el tiempo de las reuniones familiares y con ellas, de forma puntual, los conflictos que les son inherentes. En esta época ,comienzan los excesos: comidas, bebidas, dulces y regalos. Pero también aparecen otros menos controlables: los emocionales.

La Navidad se asocia a la familia y esta palabra evoca en nosotros una serie de emociones que remiten a lo más difícil de controlar: nuestro origen. Puede ser sinónimo de calor, ternura, protección, pero también de asfixia, desamparo o incomunicación. Puede recordarnos algo bueno que nos ayude a superar las dificultades o, por el contrario, convertirse en una carga abrumadora para nuestro corazón. ¿Podemos hacer algo para favorecer una convivencia agradable cuando asistamos a una reunión familiar? ¿Es posible prevenir malestares hablando sobre los conflictos o reflexionando sobre la forma en que nos afecta lo que sucede en nuestra familia? No resulta fácil, pero sí posible. Como todo lo que se refiere al mundo emocional, es algo complejo que necesita tiempo y reflexión para resolverlo; pero, aunque cuesta esfuerzo, la recompensa lo merece: vivir unas reuniones satisfactorias.

Las posibilidades de resolver esos conflictos pasan por dos soluciones. Por un lado, podemos hablar de lo que es problemático unos días antes de la reunión, intentando comprender la postura del otro, pero también expresando lo que a nosotras nos duele o nos cansa. Por otro, también podemos buscar ayuda para resolver un problema familiar con aquellos que sepamos que nos pueden echar una mano actuando de intermediarios con alguien con el que hablar de forma directa nos resulte imposible.

Con todo, el trabajo más importante lo tenemos que hacer con nosotros mismos. Por lo general, las demandas afectivas que no se satisfacen son las que crean conflictos. Además, hay que soportar la ausencia de algunos seres queridos y la presencia de algún otro poco apreciado. Si alcanzamos la conclusión de que el entendimiento con la persona con la que tenemos el conflicto no es posible, es mejor evitar el encuentro. Nos conviene, asimismo, revisar las expectativas que tenemos, que no deben ser demasiado altas, pues en caso contrario nos frustraremos. Debemos ver a los miembros de nuestra familia como son y no como queremos que sean. No les pidamos más de lo que pueden dar, aunque sea poco.

Altas expectativas 

Si nos reunimos pocas veces al año, quizá se espere demasiado de esos encuentros, echando a perder la posibilidad de disfrutar de lo que sí podemos compartir. Estas reuniones entrañan la búsqueda del otro, con el que a lo mejor no nos entendemos bien o con el que tenemos cuestiones por resolver. No haber puesto palabras previamente a estas realidades puede organizar un ruido de fondo que arruine los encuentros. Mar recordaba lo mal que había acabado la cena de Nochebuena del año pasado y temía que en esta pasara algo similar.

¿Y si quedaba con su hermana Julia antes de la fecha para hablar de lo que sucedía con su madre? Su familia se reunía en su casa las fiestas navideñas desde hacía varios años. Su hermana menor, Julia, también venía junto con sus hijos y su marido porque decía que la casa de Mar era más grande, y porque su madre, que era una anciana dependiente, vivía allí desde hacía dos años. Mar cuidaba a su madre con agrado, pero estaba muy cansada de que sus hermanos apenas colaborasen. Ni siquiera se la llevaban en vacaciones y la solución de vivir con ella, que en principio se había planteado como algo transitorio hasta que se pusieran de acuerdo, se alargaba demasiado.

Por ello, para evitar el desastre de la Navidad anterior, Mar tomó la decisión de pasar por casa de su hermana y, con la excusa de enseñarle algo que iba a comprar a su madre, le propuso tomar algo en una cafetería. Quería hablar con ella fuera de casa para que su cuñado no estuviera en la conversación. También necesitaba hacerlo cara a cara, pues nunca se veían a solas. En la conversación le dijo directamente que necesitaba ayuda para cuidar a la anciana. Si Julia no podía colaborar, habría que pensar en una aportación económica entre todos los hermanos para contratar a una persona que se hiciera cargo el tiempo necesario. Mar confesó que estaba muy estresada y ello empezaba a afectar a su trabajo y a su salud. Su hermana comprendió mejor de lo que esperaba su propuesta y, de hecho, reconoció que quizá se había comportado así porque le había resultado más cómodo dejar la situación sin resolver.

Poner palabras 

Mar pudo conversar con su hermana de este espinoso tema después de dejar de sentirse culpable por reconocer que cuidar a su madre la cansaba. Hacía apenas unos años quizá se hubiera callado en su afán de seguir siendo la buena y responsable hermana mayor. Hoy, después de reflexionar, sabía que cargar con más trabajo que sus otros hermanos se debía a su deseo de ser la más querida y que nada tenía que ver con el amor que sentía hacia su madre. Es más, pidiendo ayuda también le daba a los demás miembros de la familia la oportunidad de hacer cosas por la anciana. Después de esta conversación, Julia se sentía más útil y Mar, más liberada.

Cuando se fue a casa, pensó que esta Nochebuena iba a ser diferente mejor: ella no se iba a sentir mal, lo no dicho el anterior año no iba a pesar en este y la aceptación por parte de su hermana de lo que le había propuesto había aliviado el malestar que sentía hacia ella. Iba a sentirse mejor porque estaba en una familia en la que se podía hablar.

Cada persona tiene una familia que se ha creado en su psiquismo y que casi siempre dista un poco de la realidad de los otros. Poner palabras a lo no dicho, pero que es importante para nosotras, aclara las relaciones y evita malestares en estas semanas de tantos encuentros. 

Las claves

  • Para resolver los conflictos conviene que escuchemos cómo nos sentimos. Si estamos incómodos con alguien se puede optar por hablar antes de la reunión. Si no es posible, tendremos que intentar alejarnos del conflicto. 
  • Lo silenciado, sobre todo si tiene una carga emocional alta, puede estropearnos las reuniones familiares. La Navidad es la estación de los recuerdos: en la medida de lo posible, conviene rescatar los buenos. 
  • Cuando hay demasiada angustia, incomodidad o malestar, es porque existe un deseo camuflado que busca manifestarse y no lo consigue. Para mitigar los malestares, lo mejor es reconocer los deseos accesibles a la conciencia e intentar ponerles palabras. 
  • La mejor forma de acercarse a algunos miembros de la familia es aceptándolos como son. Podemos resolver conflictos si asumimos sus carencias y fallos.
El libro: 'No hay padres perfectos'.

Bruno Bettelheim Bettelheim es uno de los psicólogos infantiles más importantes del siglo XX. Este libro se ha convertido en un texto de referencia para entender a los niños.
La educación es una experiencia apasionante y creativa, es un arte y necesita, más que de reglas complicadas, flexibilidad y sensatez.
Los padres no deben ceder al deseo de construir el niño que a ellos les gustaría tener, sino que deben ayudarle a que se desarrolle y llegue a ser lo que él quiera y pueda. El libro de Bettelheim nos da pautas para entenderles en áreas conflictivas. Se refiere a los resultados escolares, la disciplina, los castigos, al juego... Nos dice cómo construyen su identidad, nos habla de la familia como soporte y del significado de las navidades.
Bettelheim asegura que no hay padres perfectos. Estos solo existen en nuestra fantasía. Pero sí hay buenos padres: aquellos que logran tener con los hijos una comunicación basada en la confianza y el respeto. Este libro ayuda a ello.

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