Sé feliz... y luego ya veremos

  • Los investigadores coinciden en que la dicha no es un accidente, sino una ciencia en la que hay que aplicarse. Nuestro cerebro tiende al melodrama, pero más allá de las circunstancias y de la mala suerte, los optimistas nunca se sienten retraídos ante el fracaso. En los periódicos y en la cuenta corriente caen chuzos de punta, pero ¿sabes qué, muchas veces, tienes motivos para ser feliz?

No hay mucha gente que se atreva a decir que es feliz en los tiempos que corren. Los que lo son –y no dudes de que vivimos rodeados de personas dichosas– lo reconocen con la boca pequeña, como pidiendo disculpas por su buena suerte. Proclamar a los cuatro vientos que uno es feliz solo sirve, en el mejor de los casos, para que te llamen cursi, blando, irresponsable... y, en el peor, para que mentes perversas –hay tantas como sujetos felices– se empeñen en que la fiesta se te acabe pronto.

Así que, salvo acontecimientos evidentemente festivos como la cura de un cáncer o ganar la lotería, es raro oír a la gente alardear de su felicidad. La que esto escribe no ignora que dentro de nosotros siempre se impone una vocecilla que susurra: “A ver si ahora te está pasando algo bueno, porque luego te va a tocar una desgracia”. Y preferimos mostrarnos cautos, no ser tan exultantemente felices o, al menos, no parecerlo, para lo cual hemos de quejarnos con frecuencia y siempre con razonable éxito de público. Es importante que haya testigos de que las cosas no nos van del todo bien.

Por todo lo anterior y más, asistir como alumna al 'Encuentro de Felicidad', un curso de la Universidad Menéndez Pelayo organizado por el Instituto de la Felicidad (una iniciativa creada por Coca Cola), fue un acontecimiento desconcertante. Entre los ponentes, que se ponían música –a veces dulzona– para sus charlas, y el público, que pedía el micrófono para dar fe de su dicha infinita, algunas de mis teorías saltaron por los aires. Todas menos una: los humanos somos muy malos haciendo pronósticos sobre lo que nos puede traer alegría. Y este es uno de los grandes descubrimientos sobre el bienestar que han hecho los psicólogos positivos, que son los profesionales que se dedican a estudiar la felicidad. Lo hacen desde el día en que Martin Seligman, un experto en depresión, que fue presidente de la APA (Asociación Americana de Psicólogos), reconoció que tenían grandes conocimientos sobre la neurosis, la depresión y otras enfermedades de la mente atormentada, pero sabían muy poco de los cerebros sanos. Él fue quien empezó a estudiar a las personas felices.

Carmelo Vázquez, catedrático de la Universidad Complutense y uno de los psicólogos positivos de España más citados en la literatura científica, me explica con un ejemplo muy gráfico cuán contradictorios podemos llegar a ser definiendo lo que nos proporciona dicha. Para ello, cita el “Pemberton Happiness Index”, una especie de biblia mundial de la felicidad, cuyos autores preguntaron a miles de personas por las cosas que les alegraban la vida, y luego les repitió la pregunta de un modo más concreto. “Todos los padres dijeron, sin dudar, que tener hijos era muy satisfactorio –explica Vázquez–; sin embargo, cuidar de los hijos no aparecía entre las actividades que la mayoría consideraba una fuente de felicidad. Mucho antes estaban las relaciones íntimas, los amigos y el ocio”.

Según este experto, “la arquitectura de la felicidad tiene tres elementos: el bienestar emocional, que incluye la satisfacción con la vida; la eudaimonia, un concepto griego creado por Aristóteles, que define las competencias y fortalezas que se tienen como ser humano, y sus capacidades para funcionar en la sociedad; y el bienestar social, la sensación de vivir en un entorno donde se puede crecer, en un país que te quiere y te mima como ciudadano”. A partir de ahí, que cada palo aguante su vela: los investigadores coinciden en que la dicha no es un accidente, sino una ciencia en la que hay que aplicarse.

Tu cerebro y tú

Uno de los gurús del asunto es Daniel Gilbert, profesor de Psicología de Harvard y autor del “best seller” 'Tropezar con la felicidad' (Destino), un libro donde se pregunta por qué perdonamos una infidelidad a nuestra pareja y, sin embargo, consideramos inaceptable que no haya fregado los platos. Gilbert sostiene que somos capaces de sintetizar la felicidad, pero que, en lugar de ponernos a ello, esperamos tropezarnos con ella. “Consideramos auténtica dicha todo lo que atribuimos al azar y desconfiamos de la felicidad que creamos”, explica en una charla con récords de audiencia en Youtube.

Su teoría es que los humanos tenemos una especie de sistema inmune psicológico, que nos ayuda a ir cambiando nuestra visión del mundo para sentirnos mejor y conformarnos con lo que nos toca vivir. En sus investigaciones comprobó que, tras una catástrofe, la mayoría de las personas era capaz de recuperar sus niveles de bienestar en solo tres meses. Solo el 10% de los afectados seguía hundido un año después. Y los datos se referían a tragedias, como los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York o accidentes de aviación. Pero, aunque según los científicos ser feliz es una cuestión de voluntad, no es fácil lograrlo.

Resulta que nuestro cerebro tiende al melodrama y presta más atención a lo que va mal o supone una amenaza. Las razones son evolutivas: para el hombre de las cavernas, todas las alertas eran pocas ante los peligros que le acechaban. Desde entonces, el cerebro humano tiene lo que la profesora Elaine Fox, de la Universidad de Essex (Dublín), llama sesgo negativo. “La zona triste del cerebro –dice– es más fuerte que la alegre. Eso explica que sea más fácil concentrarse en las cosas negativas. Para ver lo bueno, hay que hacer un esfuerzo”. Justo lo que intentamos conseguir cuando nos decimos: “Pensamiento positivo” o “Quédate con lo bueno”. Lo que han descubierto los científi cos es que nuestra tendencia natural es a hundirnos en la miseria.

La elección

“La vida está llena de cosas buenas y malas. Tenemos que ser capaces de escoger dónde ponemos la atención y la energía. Eso sí que es una elección personal”, explica Fox, que se dedica a investigar cómo corregir ese sesgo negativo con técnicas cognitivas y conductistas. Porque, para ello, es una cuestión de cantidad: cuantas más ideas negativas generemos, será peor para nuestro estado de ánimo. Fox pone un ejemplo:“Una persona con una depresión tiene una idea negativa por cada pensamiento positivo. A un sujeto feliz, por cada tres cosas buenas que piensa, le pasa una mala por la cabeza. Y el secreto de las parejas que funcionan es que, por cada suceso negativo que viven, hay cinco positivos. Por ejemplo, por cada discusión hay cinco acontecimientos agradables para compensar el mal rato”, comenta. Si ese ratio se altera, la pareja hace aguas, asegura la psicóloga irlandesa.

En su consulta, Elaine pone a sus pacientes a corregir a su propio cerebro. “Un órgano sobrevalorado”, según ella y que se equivoca mucho. Durante un mes, deben apuntar tres cosas buenas que le pasen cada día. “Es un entrenamiento que te educa para buscar lo bueno”, comenta. Otro experto en Psicología positiva, Shawn Achor, CEO de la compañía Good Think Inc., que investiga las ventajas del optimismo para la productividad, también ha probado este método. Asegura que, 21 días después, el cerebro empieza a retener un nuevo patrón: buscar en el mundo lo positivo en lugar de lo negativo.

A pesar de su obsesión por contabilizar las cosas buenas de la vida, Elaine Fox cree que no es sano pretender ser feliz todo el tiempo. “La tristeza es una de nuestras emociones básicas y tiene su razón de ser”, sostiene. Según ella, tiene la misión de desapegarnos de un objetivo que perseguíamos y no hemos alcanzado. Nos ayuda a alejarnos de una meta perdida. Es útil para cambiar de rumbo y tomar otra dirección. Ante una pérdida, es sano el sentimiento negativo, pero por un corto periodo de tiempo”, asevera.

El vaso medio lleno

Después de entrevistar a miles de personas, los investigadores de la felicidad no suscriben aquella frase de que un optimista es solo un pesimista mal informado. En sus estudios han comprobado que los optimistas parece que siempre tienen buena suerte. Vaya por delante que los psicólogos positivos no son una especie de entes bondadosos que solo creen en la felicidad. A todos a los que pregunté, me confirmaron que la mala suerte también existe y que hay muchos sucesos que se escapan a nuestro control. Dicho esto, estas personas que parecen haber nacido con buena estrella tienen algo más que buena suerte.

“Nunca se sienten retraídos ante el fracaso. Si algo falla, lo intentan otra vez. Son muy persistentes”, asegura Elaine Fox. Shawn Achor, el líder más carismático de los expertos en felicidad, sostiene que solo el 25% de las probabilidades de éxito pueden predecirse por el coeficiente intelectual. “El restante 75% dependerá del optimismo, los apoyos sociales y la capacidad de percibir la presión como un reto y no como una amenaza”. Es lo que llama la ventaja de la felicidad, que justifica que en sus investigaciones los cerebros positivos sean un 31% más productivos que los negativos, que los neutros o que los que están bajo presión.

Por ejemplo, según sus datos, los optimistas, cuando son vendedores, venden el 37% más. Y si son médicos, son un 19% más precisos. Con todas estas cifras, Achor dice que estamos equivocados: “Creemos que debemos estudiar una carrera, tener un trabajo, alcanzar el éxito y, solo entonces, conseguiremos ser felices. Yo creo que funciona al revés. Primero hay que ser feliz y, luego, las posibilidades de triunfo se disparan. La gente que tiene éxito ya era optimista antes. Hay que invertir la fórmula”.

Una receta para sonreír

Estos son los caminos a la felicidad, según los resultados de una investigación de la Universidad de Michigan liderada por M. Seligman.

Sentirse bien: Se recomienda la búsqueda de emociones y sensaciones placenteras, siguiendo el modelo hedonista de Epícuro: maximizar el placer y minimizar el dolor.

Implicarse: Se trata de provocar el estado de flujo descrito por Mihaly Csikszentmihalyi, otro experto en Psicología positiva, haciendo actividades que nos absorban, de tal modo que perdamos la noción del tiempo. Es el estado más cercano al bienestar total. Vale la pena descubrir qué nos gusta y dedicarnos a ello en cuerpo y alma, sin otra pretensión que ser felices.

Hacer cosas: Debemos ayudar a otros y dejar de mirarnos continuamente el ombligo. Hay que implicarse en proyectos de cooperación y encontrar un sentido a tus habilidades y virtudes, más allá de ti mismo.

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