Aquellos años 80

Corrían los años 80 y yo tenía 20. La estética de entonces es por todos conocida, ya que fue testigo patente la indumentaria que gastaban los tantos grupos musicales de entonces: Mecano, Gabinete Caligari, Alaska ..., por ejemplo, y especialmente los que pintan en esta historia: Tino Casal, los Loco Mía y los Nuevos Románticos ingleses como Adam and the Ants, que marcaron estilo con sus hombreras atómicas, que no sólo los artistas, sino las plebeyas de a pie llevábamos con gran orgullo, exageradamente, casi como si fuéramos jugadoras de rugby.

Tanto que -no os lo perdáis- hasta llevábamos a veces ¡dos! en cada lado. En fin, tal y como está la moda en que con frecuencia se recurre al revival, no me extrañaría que algún día volviéramos a lo mismo.

Como aquella vez, como decía, con 20 años. Tenía una cena con una amiga y otra gente que no conocía; era por lo tanto una ocasión un tanto incómoda. El caso es que, precisamente por eso, porque no sabía con quien me iba a encontrar, dudé mucho a la hora de vestirme. Lo más fácil era ir lo más discreta posible, pero tampoco es mi estilo…, pero ¿y si me pasaba?. Total, decidí ponerme un top de tirantes (los tirantes del sujetador bien tapaditos, ¡¡no se fueran a ver!! y una americana que… ¡oh, cielos! la que combinaba con el top ¡no tenía hombreras!.

No cundió el pánico porque teníamos solución para esos casos. Guardábamos en el cajón de los calcetines dos hermosas hombreras de quita y pon, normalmente con velcro –ahora que lo pienso ¡qué horror!- que usábamos tanto para un roto como para un descosido, para una camisa, una camiseta de algodón (sí, sí, también), para una americana… para todo oiga, y que amarrábamos bien con las tiras del sujetador, bien fijaditas que quedaban.

Después de mucho pensar, de hacer todas las combinaciones posibles, el conjunto final quedó bastante bien, y yo estaba lista para hacer unos cuantos placajes.

La gente con la que me encontré resultó ser de lo más simpática
. Mis miedos se fueron esfumando y se creó un ambiente muy distendido. La cena transcurrió como suele ocurrir normalmente, suave y correcta al principio y poco a poco va subiendo la temperatura a medida que se va comiendo, bebiendo y cogiendo confianza con los que tienes al lado.
 
El caso fue que no sólo subió la temperatura anímica sino también la física, y tuve la necesidad de quitarme la americana, y tan a gustito que estaba yo con mi charleta, que se me olvidó que la americana que llevaba puesta no era la de las hombreras incorporadas sino la otra.

El acto tan natural de quitarme la americana se convirtió en el TIERRA TRAGAME más desagradable de mi vida. Yo, rodeada de gente que acababa de conocer y que se me quedó mirando sin reaccionar, y yo con mis dos hombreras bajo las tiras del sujetador y del top, que parecía yo el Arcángel San Gabriel.

Fueron los cinco segundos más disparatados de mi vida: mi amiga que me hacía señas que yo no entendía (¿caspa?, ¿una avispa?), las miradas incrédulas del grupo y sonrisitas que empezaron a surgir, darme cuenta de repente de la situación (¿qué hago?, me vuelvo a poner la americana, me quito las hombreras…).

Mi decisión casi inconsciente fue volvérmela a poner, pero el ridículo estaba ya hecho. ¡Qué vergüenza pasé!. Intenté encontrar razones que me convencieran de que no había sido para tanto: que era gente comprensiva, que estaban todos cargaditos de Rioja, el consuelo de mi amiga… pero aún y todo, hoy todavía recuerdo el momento con gran horror.

Antes lo he comentado, quizá algún día vuelvan a estar de moda tales plastrones, pero a mí no me van a pillar. Para el caso seguiré machacando en el gimnasio para que no me vuelvan a hacer falta o en todo caso huiré como de la peste de las hombreras quita-y-pon. Por si acaso.