Alergia a medicamentos: el plan B

  • Mientras las reacciones a los fármacos crecen, los expertos han logrado minimizarlas engañando al sistema inmunológico. 

La mayoría de nosotros podemos optar por alargar la mano hasta el cajón donde guardamos una aspirina de emergencia con el fin de espantar así un persistente dolor de cabeza. ¡Y qué descanso buscar en el botiquín un ibuprofeno que haga remitir un inoportuno dolor de muelas o un antiácido que nos haga más soportable la sobremesa! Pero estos gestos, tan cotidianos y despreocupados para algunos de nosotros, son peligrosos, e incluso están prohibidos, para otros.

La alergia a los medicamentos constituye un motivo de consulta cada vez más frecuente y, según datos de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), ya ocupa el tercer puesto en el ranking de visitas al especialista, solo por detrás de la rinoconjuntivitis y el asma. Se estima que entre el 15 y el 25% de la población de nuestro país puede sufrir alguna reacción a la medicación que utiliza que, en la mayoría de las ocasiones, puede derivar en una alergia. Los analgésicos y los antiinflamatorios son los fármacos que más hipersensibilidad provocan, seguidos de cerca por los antibióticos betalactámicos, que incluyen la penicilina y derivados como la amoxicilina y las cefalosporinas.

La dificultad adicional para este creciente sector de población estriba en que estas reacciones medicamentosas no tienen un tratamiento específico. Lo que los expertos aconsejan en primera instancia, como en cualquier otro caso de hipersensibilidad, es evitar el contacto con el fármaco en cuestión y extender esta precaución al grupo de medicamentos relacionados, buscando alternativas de tratamiento seguras para el paciente.

Sin embargo, esta medida no es siempre posible. A veces no hay opciones, bien porque no existen medicamentos alternativos o porque estos no resultan tan eficaces. En algunos casos, la ausencia de otra opción terapútica supone un riesgo para la vida del paciente. Algo que ocurre, por ejemplo, si se padece una alergia a los antineoplásicos (antitumorales), a los tuberculostáticos, a las sulfamidas (antibióticos), a la penicilina o al ácido acetilsalicílico (la popular aspirina) cuando se usa como tratamiento antiagregante plaquetario.

Pero hay más. A María P. le acaban de diagnosticar un cáncer y en pocos días comenzará su tratamiento con quimioterapia. Afronta con optimismo los seis ciclos que tiene por delante, pero ¿qué sucedería si se manifestara una alergia al medicamento que necesita para combatir su enfermedad?

Salvavidas

Hasta hace unos años, la única opción para situaciones como la de María era evitar el fármaco implicado en la reacción y sustituirlo por otros que, en muchos casos, resultaban ser, no solo más caros y con más efectos secundarios potenciales, sino, además, menos efectivos. Hoy, sin embargo, se aplica un tratamiento de desensibilización que, tal y como explica la doctora María José Torres, coordinadora del Comité de Alergia a Medicamentos de la SEAIC “consiste, básicamente, en administrar el fármaco en cantidades inicialmente muy bajas y progresivamente crecientes, hasta alcanzar la dosis terapéutica”.

En definitiva, la solución consiste en ir “engañando” al sistema inmunológico con pequeñas dosis de medicación de manera que, finalmente, el paciente acabe finalmente tolerando la que necesita “sin darse cuenta”, es decir, minimizando las respuestas alérgicas. Un rosario de reacciones que pueden ir desde manifestaciones cutáneas como enrojecimiento de la piel, prurito, urticaria, agioedema (hinchazón en párpados y labios) a estornudos, congestión nasal, dolor... Pero existe una versión más grave: la anafilaxia, que suele comenzar 30 minutos después de la ingesta del fármaco y puede presentarse combinada con un rosario de picores, urticarias, hipotensión, dificultad para respirar y, finalmente, mareo y pérdida de conciencia.

Repetir el proceso

La inducción al medicamento es un tratamiento que ha probado sobradamente su eficacia y que puede aplicarse a cualquier persona siempre que el fármaco al que se va a desensibilizar sea estrictamente necesario para el paciente, irreemplazable o más efectivo que las alternativas disponibles. En este tratamiento, el fármaco se va aplicando a intervalos de entre 15 y 30 minutos, bajo una monitorización cuidadosa del paciente.

Se trata de un proceso activo, dependiente de la dosis, reversible, y que va íntimamente ligado a la presencia continua del fármaco en el organismo. “Es un procedimiento de riesgo que requiere un exhaustivo control alergológico y, en muchos casos, la hospitalización en una Unidad de Cuidados Intensivos. Debe realizarse por personal médico y de enfermería entrenado y requiere disponer de un equipo médico completo con objeto de vigilar correctamente y tratar una posible reacción alérgica”, explica la experta.

Pero hay que dejar claro que la desensibilización no implica que el paciente deje de ser alérgico a ese fármaco. En realidad, solo lo admitirá durante el tiempo en el que esté tomándolo; tras suspender su aplicación, el efecto durará un máximo de 48 horas. Por ello, si el paciente necesitara de nuevo ese medicamento, habría que someterle de nuevo a todo el proceso. Si María, recién diagnosticada de cáncer, llegara a manifestar una reacción alérgica (puede aparecer al principio de las sesiones de quimioterapia, aunque es más frecuente en pacientes que han sufrido una recaída y deben recibir el tratamiento por segunda vez), se beneficiará de este procedimiento para poder seguir adelante con su terapia sin problemas.

Oncología y mucho más

Los protocolos de desensibilización se aplican con éxito para tratar reacciones alérgicas a los tratamientos quimioterápicos más comunes, como los taxanos, los platinos o las doxorubicina, así como a los anticuerpos monoclonales empleados para combatir las patologías oncológicas. Pero no son solo estos pacientes quienes se benefician de este “plan B”. Esta estrategia de actuación terapéutica también es eficaz para alérgicos a los tratamientos contra la tuberculosis, para los pacientes con VIH con alergia a las sulfamidas, así como para los individuos sensibles a la penicilina o los que presentan intolerancias a ácido acetilsalicílico, a pesar de necesitarlo como antiagregante plaquetario por sufrir una patología cardiaca o vascular. Asimismo, la desensibilización rápida a insulina en diabéticos y a otros medicamentos, como el hierro, permiten tratar a los enfermos con fármacos que no son reemplazables y que tienen una repercusión importante en su calidad de vida y su supervivencia. 

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