En torno a los dos años los niños empiezan a llevar la contraria por sistema y esa continua negación puede llegar a desesperar a las madres, que intentan seguir con su rutina normal armándose de paciencia a cada minuto. Sin embargo, debemos entender que esa rebeldía y negativismo son señales positivas de la formación de la personalidad infantil.
Entre el 50 y el 80 por ciento de los niños de entre dos y tres años tienen rabietas, al menos, una vez a la semana. De hecho, alrededor del 20 por ciento tienen rabietas diarias. El 60 por ciento de los niños de dos años con rabietas frecuentas continúan teniéndolas a los tres años y, de éstos, el 60 por ciento continuará haciéndolo a los cuatro años de edad. Sólo en contadas ocasiones es necesario la intervención profesional.
Conocidos estos datos, podemos observar las rabietas desde una perspectiva más objetiva y contemplarlas como una fase más del desarrollo infantil que somos capaces de comprender y de manejar. Se trata de una explosión colérica que tiene lugar cuando las emociones negativas de ira o de frustración superan la capacidad de control del niño. Así, cuando no consigue lo que desea se enfada y al no poder expresarse mediante palabras canaliza sus sentimientos mediante la rabieta.
Desde que nace el bebé requiere de una dedicación absoluta y necesita sentir el apego incondicional de sus madres ya que eso garantiza su supervivencia. Alrededor de los dos años, el niño empieza a cobrar autonomía propia ya que puede caminar y comer solo o jugar con otros niños y tomar decisiones propias. Así, comienza su preparación para la independencia, conformando su propia personalidad. El modo en que el pequeño demuestra que él es un ser independiente y diferenciado de sus padres es negándolo todo.
Evitar y gestionar las rabietas
¿Qué hacer entonces cuando nos encontramos con el ‘no’ por sistema? ¿Cómo comportarnos en caso de que cada día tengamos que enfrentarnos a una explosiva rabieta?
Los expertos consideran que debemos empezar por nosotros mismos, evitando todas las tentaciones posibles. En este sentido, si no dejamos al alcance del niño aquello que no queremos que coja no tendremos que reñirle cuando su curiosidad natural le lleve a cogerlo, y si no ponemos golosinas a la vista antes de comer no habrá que decirle que en ese momento no se comen ‘chuches’. Así que lo primero es preparar nuestra casa a prueba de pequeños exploradores.
Teniendo en cuenta que los niños están formando su personalidad en esta etapa, es interesante permitir que puedan realizar pequeñas elecciones frecuentes dentro del terreno de lo aceptable. Sin embargo, es importante que no les demos a elegir si no les vamos a dejar que realmente lo hagan. Por ejemplo, no preguntarles “¿Quieres comer?”, si ya hemos puesto la mesa y preparado el plato. En esos casos debemos hablar de forma serena y afirmativa explicándoles que ya es la hora de comer.
Aún poniendo todas las precauciones posible habrá rabietas de autoafirmación que se irán pasando con la edad cuando el niño o niña adquiera la capacidad suficiente para explicar lo que le está sucediendo.
Paulino Castells Cuixart, doctor en medicina y cirugía por la Universidad de Barcelona, especialista en pediatría, neurología y psiquiatría lo deja claro en su libro ‘Tenemos que educar’: “Cuanto más caso haga a la rabieta o al llanto inmotivado (…) más durará aquella o aquel. Lo más efectivo es hacer caso omiso de estas conductas malhumoradas, porque, si les prestamos atención, las reforzaremos (gratificaremos), y se repetirán de manera inexorable”. A su juicio, "las rabietas son un espectáculo que precisa espectadores, y si el niño se queda sin público, se extinguen por sí solas”.
Por su parte, la corriente de crianza natural considera que para conseguir que las rabietas finalicen lo antes posible es clave profundizar en la fase del apego, ya que un niño inseguro tarda más en pasar la etapa de independencia. “Si quiere que su hijo sea autónomo, mímele todo lo que pueda cuando sea pequeño. Para adquirir independencia se necesita seguridad y la seguridad se adquiere con un buen apego”, publican en la web crianzanatural.com. Desde esta perspectiva, ignorar el comportamiento o intentar reprimirlo, provocará comportamientos sumisos o rebeldes.
Lo que sí resulta imprescindible es mantener la calma en caso de el niño la pierda para no entrar en un bucle de gritos y llantos irrefrenables y no ceder en la decisión adoptada ya que, en otro caso, el pequeño comprenderá que con golpes y enfados puede conseguir lo que se proponga. Mostrarle una posición firme, serena y comprensiva sin dar mayor importancia al hecho de que esté chillando o revolcándose en el suelo hará que las aguas vuelvan a su cauce en unos minutos.