La educación que damos a nuestros hijos tiene un objetivo: que alcancen esa imprescindible sensación de bienestar que provoca la libertad de sentirse dueños de su propia vida. Ahora bien, para llegar a tener una saludable maduración psíquica tienen que dejarnos atrás, y eso solo se logra si antes se han sentido protegidos y ayudados. Crecer lleva implícito ir separándose de las dependencias que impiden ser autónomos. Nacer ya es una separación, atrás se deja un lugar donde todas las necesidades estaban cubiertas, para convertirse en un ser dependiente de la madre. El padre separa al niño de la madre para que pueda tener una subjetividad propia. La guardería señala el abandono del ámbito familiar para entrar en el social... Todo el proceso vital está jalonado de separaciones que los hijos viven por primera vez y en las que los padres reeditan sus propias experiencias pasadas.
Abandono materno. El hijo pequeño de Marta, con 22 años, se iba de casa para vivir con su novia. Ella le animó a hacerlo, respetó su decisión y estaba contenta porque le veía feliz. Unos días antes de que se fuera, y de acuerdo con su marido, decidieron hacerle una fiesta de despedida. Él les dio las gracias por alegrarse de esa separación que representaba que había crecido y ya no necesitaba tanto su ayuda. Marta lo había celebrado pensando en él, pero también empujada por su propia historia que hacía años había logrado elaborar en una psicoterapia, a la que acudió tras la depresión que sufrió después de haberse separado de su primera pareja. Marta detestaba las separaciones y se apegaba demasiado a quien amaba. Su madre la dejó al cuidado de sus abuelos y la abandonó afectivamente con el criterio educativo de que había que dejar a los niños que se valieran por sí solos. Después, como se sentía culpable de ese abandono, agobiaba a su hija intentando controlarla demasiado.
Cuando Marta se convirtió en madre, anotó en un cuaderno algunos de los descubrimientos que hizo en su tratamiento, sobre todo las cosas que debía hacer para no repetir con sus hijos lo que a ella le había hecho sufrir en la relación con sus padres. La fiesta de despedida era una forma de mostrar a su hijo la confianza que tenía en él y de darle la oportunidad de irse de la casa paterna sin sufrir. Para ella también era una alegría que se independizara, porque Marta, al contrario que su madre, no se sentía culpable de haber estado lejos de su hijo cuando era un niño.
El apego afectivo que se necesita en los primeros momentos de vida es una base necesaria para que más adelante esa persona no sufra ansiedad ante la separación. Para que los hijos se sientan bien cuando se convierten en adultos, deben haber pasado por una etapa de simbiosis, que es normal y ocurre en los primeros meses de vida. La angustia de separarse y el miedo a perder la seguridad es un sentimiento común en los seres humanos en esa etapa de la vida.
¿Tenemos los padres y los hijos de hoy más dificultad para asumir la separación inevitable que en generaciones anteriores?
La lucha por la libertad. El psicólogo francés Philippe Hofman habla de los “padres corta-pega”. Se trata de progenitores de adolescentes o de jóvenes adultos, que tienen entre 50 y 60 años, y que han vivido su propia adolescencia en los años 70. Lo que tienen en común estos padres es que se han construido un poco solos, en ruptura con la generación anterior. Como revancha, se han pegado fuertemente a su propia descendencia. A partir de los años 80, la única cosa que se ha mantenido un poco sólida han sido los lazos de filiación. Los padres se han estado ocupando más de su educación y esto es muy positivo, ya que el valor de lo afectivo en las relaciones filiales se ha vuelto muy importante. Lo negativo es que esta situación dure demasiado tiempo y que los progenitores intervengan en todos los ámbitos de los chicos en su camino para convertirse en adultos. Se puede caer en el error de hacerlo todo en su lugar, y eso anula su impulso vital, afirma Hoffman. También explica que es bueno para los padres de hoy permitir a sus jóvenes adultos que sigan por caminos que no tienen por qué ser forzosamente los mejores para ellos, pero hay que dejarlos hacer. Después de todo, señala, también se crece con los errores.
En toda separación hay una transformación: se pierde algo y se gana otra cosa, se acaba una etapa, pero se empieza otra. Se pierde dependencia, pero se gana libertad y autonomía. Cuando se puede elaborar la imagen infantil que se tiene de los padres, se produce una separación interna que es la que verdaderamente cuenta para crecer en la vida y madurar psicológicamente. Una vez que se realizan de forma adecuada estas importantes operaciones psíquicas, las relaciones entre los progenitores y sus hijos son menos ambivalentes y más cercanas y afectivas, porque también son más maduras y respetuosas hacia la vida del otro. Tanto a unos como a otros les puede costar un poco la separación, pero a ambos les gusta. Los hijos ganan libertad y los padres la satisfacción de haber sabido proporcionarles los recursos necesarios para conseguirla.
EVITAR ERRORES
- Hay que evitar meterles miedo con los peligros que pueden correr y animarles desde pequeños a que exploren.
- Debemos aprender a no serles indispensables y enseñarles a afrontar solos ciertas situaciones.
- Cuando aparecen temerosos o inhibidos ante una situación, no hay que criticarles, hay que comprender sus miedos y darles ánimos para explorar.
No hay que discutir cuando el hijo decide irse a estudiar o a vivir fuera de casa. Estas disputas pueden enmascarar la angustia ante la separación.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
- Mostrar alegría cuando consiguen logros y se alejan para conquistar algo para ellos mismos. Si no podemos sentirnos contentos, tendríamos que ocultárselo.
- Reflexionar sobre cómo sentimos las separaciones y el envejecimiento.
- Es importante la intervención paterna para refrendar y aplaudir los movimientos de separación que hacen los hijos. Si no se está de acuerdo con lo que van a hacer se puede dar la opinión personal, pero señalar que se va a respetar lo que ellos decidan hacer.