NO TENGO ningún reparo
en proclamarlo: me caen
bien los adolescentes. Me
siento próxima a sus cuitas,
me interesa saber y explicar
lo que les ocurre. Yo, como el
sociólogo David Bainbridge
(autor de “Adolescentes. Una
historia natural”, ed. Duomo),
estoy convencida de que la
adolescencia es una época
que merece ser contada,
además de vivida. Odio las
visiones apocalípticas y
no soporto a esa legión de
bienintencionados que, al
saber la edad de mis hijos,
me aconsejan que los disfrute
ahora, antes de que la
adolescencia haga estragos.
DE VEZ EN CUANDO,
venzo la pereza y replico a
quienes dicen esas cosas.
Les digo que estoy deseando
que Doña Adolescencia
nos sorprenda. Que odio
las películas de dibujos con
insufrible final feliz. Que los
argumentos de Disney me
provocan subidas de azúcar.
Que lo que de verdad me
apetece es aguantar fiestas
de pijamas, maratones de
terror, el drama de algún
amor trágico y primerizo, y
esa egoísta efervescencia de
quien descubre el mundo
por primera vez. Menuda
aventura. ¡Y por triplicado!
NO SOY TAN INGENUA
como parezco, no crean.
Sé que habrá problemas
(los hay ahora, siempre los
hay) pero los combatiremos
como podamos, con grandes
dosis de imprevisión y
amor. Apagaremos fuegos y
disfrutaremos con algunos
incendios. Nada de eso
nos asusta. A nosotros,
adultos inconscientes, los
adolescentes no nos dan
miedo. ¿Qué deberíamos
temer? ¿Perder el control?
¿No ser respetados y
admirados como antes, tener
que ganarnos el respeto de
esos aprendices de adultos?
¿Ser analizados y juzgados?
¿Que la fuerza de la juventud
nos arrase, nos desbanque?
¿Qué ellos sepan hacer y
llegar a lo que quedó fuera de
nuestro alcance?
LA VERDAD, creo que es
mejor unirse al enemigo. Y, ya
de paso, pasárselo en grande.
Ojalá no tarde en llegar.