Un tren Eurostar sale de París a las 5.20 de la tarde. Llega a Londres, a través del Canal de la Mancha, dos horas después. No hace falta sacar la calculadora, porque este no es un problema matemático, sino un experimento sociológico. La pregunta es: ¿de qué nacionalidad era el niño que provocó su dolor de cabeza y no le dejó disfrutar de su novela? La respuesta: "El que gritaba y corría por los pasillos no era francés, con total seguridad", sentencia la periodista Pamela Druckerman en su libro 'Bringing up bébé'. Ya sabíamos que las francesas envejecían con más elegancia que la media, pero jamás sospechamos que las mujeres galas eran también más diestras que el resto de las mortales en un terreno más íntimo y mucho más importante: la maternidad.
Podría tratarse de un caso agudo de chovinismo, pero el caso es que Pamela Druckerman, la autora, es norteamericana de pasaporte y residente en París desde el años 2003, cuando se trasladó con un novio inglés que acabó convirtiéndose en su marido. Tres hijos y un libro superventas después, Druckerman proclama la superioridad de los padres franceses, cuyos niños son "civilizados y educados", sobre los anglosajones y sus vástagos "ruidosos, sobreprotegidos y malcriados".
Druckerman es la última, pero no la única, en afirmar que la nacionalidad también cuenta a la hora de educar a los niños. El año pasado, Amy Chua, una madre estadounidense de padres chinos, ya levantó algunas ampollas con su libro 'Himno de batalla de la madre tigresa', una oda (nada poética) a la disciplina extrema 'made in China' como método educativo.
Paciencia y buenos modales
En Estados Unidos, los dos libros han sido interpretados en clave de afrenta nacional. De la mamá tigresa y sus métodos llegaron a decir que era una “
"amenaza para la sociedad"; pero "mamá cruasán" tampoco se ha librado. "El libro es una serie de generalizaciones basadas en sus amigas francesas y americanas y sus propias experiencias como madres", criticaba el New York Times, en representación de la enojada prensa anglosajona. La crítica es legítima, pero en su defensa hay que aclarar que Druckerman encontró la licencia para generalizar en un estudio de la Universidad de Princeton que comparó en 2009 a las madres de Columbus (Ohio), con las de la localidad francesa de Rennes. El resultado era apabullante: a las mamás norteamericanas les resultaba doblemente desagradable lidiar con sus hijos que a las francesas.
A Druckerman la epifanía le pilló de vacaciones. Su hija mayor, Bean, tenía 18 meses y comer fuera de casa con ella era toda una odisea. "Dejábamos propinas enormes para compensar las servilletas rotas y los calamares alrededor de la mesa. Pero después de unas cuantas visitas angustiosas a varios restaurantes, empecé a darme cuenta de que las familias francesas no compartían nuestra agonía. Los niños estaban sentados en sus sillas, comiendo pescado y hasta verduras. No gritaban ni lloriqueaban. Y no había restos de comida en el suelo". La repentina revelación abrió las puertas de la percepción maternal. "¿Por qué nunca veía a ningún niño –salvo a los míos– con una rabieta? ¿Por qué los salones de mis amigos franceses no estaban tomados por cocinas de juguete o tiendas de campaña? Ahora que Bean tiene seis años y los gemelos, tres, puedo decir que los padres franceses no son perfectos, pero tienen algunos secretos que realmente funcionan", cuenta Druckerman. Su fórmula mágica es, en realidad, el sentido común de toda la vida: disciplina, establecer límites y no ceder a las rabietas o enternecerse con las lágrimas de cocodrilo. Su método, aparentemente sencillo, tiene resultados milagrosos. A saber: los bebés franceses comen verdura y fruta en vez de atiborrarse a cereales desde el primer año y duermen más y mejor. "Una de las claves de su educación es, sencillamente, aprender a esperar y cultivar su paciencia. Es la razón por la que la mayoría de los bebés franceses duermen del tirón con dos o tres meses. Sus padres no les cogen cuando empiezan a llorar", explica. Y los bebés franceses no solo son más educados (aprenden a decir "hola", "gracias" y "adiós" en cuanto empiezan a hablar) sino que además saben jugar solos. "Jamás he visto a una madre francesa tirándose por el tobogán con su hijo" o sentada en un columpio, dice. Y ojo con sobreproteger al niño. En su primera consulta con el pediatra, Pamela le pidió perdón a su hija por la vacuna que estaban a punto de ponerle. El pediatra, francés de pura cepa, le enmendó la plana. "No tienes que decirle que lo sientes. Una vacuna es parte de la vida. No hay razón para disculparse por ello". El resultado de la educación a la francesa: "Una sociedad perfectamente funcional de bebés dormilones y gourmets y padres razonablemente relajados". Insuperable, ¿verdad? Depende.
Las madres chinas tienen otras prioridades. Para Amy Chua, profesora de Derecho de Yale y madre de dos hijas ahora adolescentes, lo importante es criarlos en la excelencia y la tenacidad. Según su estricta doctrina, los niños no pueden ver la televisión, jugar al ordenador o participar en fiestas u obras de teatro en el colegio. Además, una buena madre china le exigirá a su hijo sobresalientes en cada asignatura. Un notable se considera un drama familiar. Tocar el piano o el violín (mejor si son los dos) es una obligación más, porque son los únicos instrumentos que ayudan a "forjar el carácter", argumenta Chua. Y no es suficiente con practicar 30 minutos al día. Lo duro, afirma, es conseguir que el niño aguante sentado frente al piano hasta tres horas diarias. Aunque sea a base de broncas. "Las familias occidentales se preocupan más por la autoestima de los niños que por su esfuerzo personal", explica. Ella, dice en su libro, nunca aspiró a caerles bien a sus hijas, sino a prepararlas para un mundo cruel y competitivo. Chua confiesa haber llamado "vaga, cobarde, autoindulgente y patética" a su hija Lulu cuando no conseguía tocar una melodía al piano. Tenía siete años. Ahora, se justifica Chua, Lulu es una virtuosa. La educación 'made in China' requiere que la madre convierta a su hijo en su proyecto de vida más importante.
Los franceses no están dispuestos a pagar ese precio. Para ellos, el tiempo de los adultos es sagrado. "Cuando nos visitaban familias estadounidenses, los padres pasaban buena parte del tiempo mediando en las peleas de sus hijos, ayudando a los más pequeños a andar por la cocina o tirándose al suelo para jugar a los Lego. Cuando venían familias francesas, los adultos tomaban café mientras los niños jugaban solos, muy contentos". Aunque los padres galos, dice Druckerman, "quieren a sus hijos igual que cualquiera, les leen libros, les llevan a museos o a clases de tenis o pintura", estar siempre al servicio del niño no forma parte del trato. En Francia, dice, un hijo no está por encima de la carrera, el ocio o la vida de pareja. Y ojo con los remordimientos. "La culpa es una trampa", le advierte una de sus amigas francesas.
En España...
¿Disciplina china o modales a la francesa? ¿Niños competitivos y ambiciosos o gourmets dormilones? ¿Padres sacrificados o adultos satisfechos? Es difícil juzgar si la permisividad de los padres anglosajones es legítima o perjudicial, porque no hay una única vara de medir el éxito o el fracaso de la educación que los padres imparten a sus hijos. Sin embargo, el informe Pisa da la razón a Chua y su fe en la disciplina. En 2010, los chinos encabezaban en Estados Unidos el rendimiento escolar en cada área de conocimiento.
¿Y España? ¿Existe un método educativo patrio? Si lo hay, desde luego, tiene más en común con el modelo estadounidense, más permisivo y menos disciplinario, que con el cruasán o la tigresa. Según un estudio de Johnson’s baby, el 70 por ciento de los niños españoles de entre 0 y 3 años se despierta al menos una vez durante la noche. Y el rendimiento escolar de nuestros pequeños, según el informe Pisa, no alcanza la media de los países desarrollados. Pero cuidado con generalizar: colgarles la medalla a chinos y franceses es tan temerario como condenar a papás españoles y estadounidenses. Educar a un hijo es, probablemente, el trabajo más personal del mundo. Cada cual con su manual de cabecera. No hace falta buscarlo en la sección de best-sellers.