"MAMÁ, me aburro". Cada
vez que mis hijos pronuncian
esta sentencia estremecedora,
se llevan una felicitación
efusiva. “¡Enhorabuena,
cariño, estoy muy contenta,
felicidades”. Fruncen el ceño,
molestos ante tamaña falta de
sensibilidad. “¡Pero es que me
aburro!”, protestan, pensando
que no les he entendido. A
cada nueva confirmación del
problema, respondo con otra
felicitación.
PARA SU DESGRACIA
(piensan ahora) soy una
entusiasta del aburrimiento
infantil. Lo cual quiere decir
que huyo como del fuego de
las agendas rebosantes que
no dejan ni cinco minutos a
la improvisación. Es difícil,
porque eso supone nadar a
contracorriente con respecto
al estilo de vida de gran parte
de nosotros. No comparto
el deseo de programar
actividades a todas horas,
huyo de las extraescolares
demasiado envolventes,
no busco campamentos
de verano extenuantes, no
organizo fines de semana
maratonianos. De hecho,
no organizo nada de nada.
A veces creo que mis hijos
preferirían que lo hiciera,
pero insisto en defender lo
que algunos psicólogos ya han
bautizado como “tiempo no
estructurado”. Y esto es así
porque estoy deseosa de que
mis hijos se aburran.
MIENTRAS estás
ocupadísimo, la creatividad
se adormila. Por el contrario,
cuando te aburres, buscas el
modo de dejar de hacerlo.
Mientras estamos sin hacer
nada, nuestra imaginación
trama en qué entretenerse.
Clasificar piedras, inventar
canciones, escribir un diario,
ser Spiderman… Nada
se crea sin antes haberse
aburrido un poco. Para dejar
de hacerlo hay que ponerse
manos a la obra. Pasar a la
acción. Créanme: sé de lo que
hablo. Cuando era pequeña,
tenía la impresión de que
nadie en la galaxia se aburría
tanto como yo. Leer y, más
tarde, escribir, fue mi modo
de resolverlo. Una solución
que me salvó del tedio y me
hizo feliz de por vida. Desde
entonces, el aburrimiento me
parece todo ventajas.
EN DIMINUTIVO...
“Mamá, ¿cuándo
conociste a
papá, nosotros ya
éramos tus hijitos?”,
pregunta el pequeño,
a quien últimamente
desvelan mucho
las cuestiones
cronológicas. Le
explico que no, claro,
que cuando conocí
a su padre ellos no
eran nada de nada.
“¿Y estabais tristes?”,
pregunta. “La verdad
es que sí”, le digo con
absoluta sinceridad,
“aunque no lo sabíamos".
EN VOZ BAJA...
El pequeño se enfada si no sale en las fotos (especialmente en las de cuando no había nacido). Qué cabreo tan existencial. Parménides estaría orgulloso.