Me parece sorprendente que, con la cantidad de habilidades que tenemos las madres, no nos haya dotado la naturaleza con el don de la delegación. ¡Ah!, delegar, ese verbo del que podría depender nuestra felicidad. Y, sin embargo, qué difícil es aprender a ejercerlo. Qué complicado resulta marcharse al teatro, o de viaje o a cenar con una amiga y dejar a los retoños en otras manos, aunque que sean las de alguien conocido, dócil y de fiar. Como su propio padre, por ejemplo.
Me pregunto por qué nos cuesta tanto hacerlo. Por qué, de pronto, nos parece un auténtico drama, por poner un ejemplo, que a los niños no les hayan puesto el pijama azul (que es el que nosotras les habríamos puesto de haberles vestido para irse a la cama). Y por qué esa nadería nos parece terrible hasta que un atisbo de cordura nos pregunta, desde lo más hondo de nuestra preocupación: “¿Y realmente es tan importante que no lleve el pijama azul, sino el amarillo?”. Contestaremos a esa voz. Estaremos tentadas a encontrar argumentos en contra del pijama amarillo, lo sé, pero hay que mantener a raya ese tipo de sentimientos. Delegar. Madres del mundo, repetid conmigo la palabra mágica: de-le-gar.
Os propongo una especie de entrenamiento para conseguirlo. Comencemos por cosas nimias. Dejemos que otra persona ayude a nuestros hijos a abrocharse los zapatos, por decir algo. Luego, vayamos aumentando la dificultad. Deleguemos los juegos en el parque. La hora del baño. La cena. Lo más difícil llegará con la toma de decisiones. Porque, hay que reconocerlo, no soportamos perder poder. Y elegir qué pijama se pone y cuál se queda en el armario es nuestro modo de demostrar quién manda aquí. Cuando seamos capaces de permitir que otro elija el pijama por nosotras, seremos madres libres. Y me atrevería a decir que más tranquilas. Ergo, más felices. Buena suerte.