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Foto: Raúl, de ocho años, pasó la tarde en una bolera, donde se celebraba el cumpleaños de un compañero de colegio. Cuando su ...

Cuestión de autoconfianza

  • Siempre pendientes del veredicto de sus padres, algunos niños se vuelven excesivamente serviciales, incluso renunciando a lo que quieren. Los niños inseguros tienen la impresión de que no se les quiere, de ahí que prefieran inhibirse para no equivocarse.

Raúl, de ocho años, pasó la tarde en una bolera, donde se celebraba el cumpleaños de un compañero de colegio. Cuando su madre fue a recogerle, estaba impaciente por irse a casa. Por lo visto, un niño se metió con él al principio de la fiesta y Raúl ya no quiso jugar en toda la tarde. Por lo general, actúa de este modo frente a las agresiones de los otros, ni siquiera responde cuando le quitan un juguete, por lo que tiene fama de ser “demasiado bueno”.

A su madre le preocupa verlo tan desprotegido ante los demás. También le preocupa el miedo que tiene a equivocarse o a hacer el ridículo. Por no discutir, se inhibe o renuncia a lo que quiere. Los padres de Raúl esperaban que este rasgo de carácter se le pasara al crecer. A los tres años, pensaban que era un niño dócil, pero ahora ni siquiera se atreve a protestar si un niño más pequeño le estropea o le quita algo.

Temor al juicio

De pequeño tenía miedo
a las primeras separaciones. Más tarde, enfermaba cuando iba a la guardería o al colegio y, después, cada vez que llegaba septiembre y comenzaba un nuevo curso, su inquietud era exagerada. Los padres de Raúl son decididos, creen que motivan y apoyan a su hijo y les extraña la inseguridad que tiene hacia los demás. ¿De dónde proviene esta falta de confianza en sí mismo? En el periodo de latencia, que va desde los seis hasta los 12 años, el niño teme mucho el juicio que se pueda formular sobre él y, especialmente, no ser estimado por los demás.

Los niños tan inseguros tienen la impresión de que no se les quiere, de ahí que prefieran inhibirse para no equivocarse. En algún momento, el padre o la madre pueden haberles dicho “no eres bueno, ya no te quiero” o “me has decepcionado, ya no tengo confianza en ti”, y ellos lo han tomado al pie de la letra. Aunque sus padres los estimulen a abrirse a los demás, estos pequeños temen perder su amor si los vuelven a decepcionar, por lo que no se arriesgan. Piensan que para ser feliz es mejor no meter la pata.

Sobreprotección

Las novedades
les pueden hacer sentir miedo y el espíritu de iniciativa desaparece. Se convierten en niños inhibidos. En ocasiones, algún acontecimiento familiar, como la pérdida de un ser querido o de un animal al que estaban muy apegados, los desestabiliza y, entonces, se vuelven más dependientes. Para conservar el amor de sus padres se vuelven excesivamente amables, prudentes, muy serviciales y permanecen a la espera de su veredicto.

Cuando los padres son muy activos, como los de Raúl, tienen más dificultades para entender por qué le ocurre esto al niño. La explicación, en estos casos, hay que buscarla en los primeros años de la infancia. Hacia el octavo mes se producen las primeras angustias de separación de la madre. Si estás no se elaboran bien, el niño se sentirá inseguro respecto al amor y a la confianza de sus padres, de ahí esta probable inhibición.

Cuando los padres son sobreprotectores, se convierten en demasiado exigentes. En tales casos, el niño recibe el mensaje de que no confían en que él solo pueda hacer las cosas bien y comienza a dudar de sí mismo. No se siente seguro porque su amor está a prueba, sólo se siente apreciado cuando se ha portado “bien” o “tiene buenas notas”. Las angustias de separación, que no elaboró adecuadamente cuando era bebé, le hacen temer por su confianza; no está seguro de ocupar un sitio central en los afectos de sus padres. La fantasía infantil promueve la idea inconsciente de que no puede hacer nada “malo” por miedo a ser abandonado.