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Foto: Territorio neutral, espacio de tregua... ¿Cómo definir un punto de encuentro familiar? En teoría, se trata de un centro ...

Paz en el ojo del huracán

  • Cuando una pareja se rompe, saltan chispas. Y los niños sufren. Para ayudarles y minimizar los conflictos existen los puntos de encuentro familiar.

Territorio neutral, espacio de tregua... ¿Cómo definir un punto de encuentro familiar? En teoría, se trata de un centro en el que las ex parejas mal avenidas pueden realizar, minimizando los roces, el “intercambio” de niños estipulado en su régimen de visitas.

Pero, cuando entras en uno, comprendes por qué se emplea esta terminología bélica: intentan ser una burbuja de paz en mitad de la guerra que mantienen los antiguos cónyuges. De hecho, la denominación de “punto de encuentro” tiene una connotación paradójica: lo que más se cuida aquí es, precisamente, que la pareja no coincida en ningún momento.

El progenitor custodio (la madre, en un 98% de los casos) acude con los hijos a una hora acordada. Pasan a una habitación y, 20 minutos después, llega el otro progenitor, que espera en un cuarto diferente. Un mediador lleva al niño con su padre y ambos abandonan el punto de encuentro. 20 minutos más tarde, la madre se marcha también.

Medida transitoria

Pasa el tiempo,
las heridas cicatrizan y, con la intervención de los especialistas, las parejas vuelven a verse y a mantener una actitud correcta. Ellos mismos se entregan a los hijos y hasta abandonan juntos el edificio. Más adelante, la casa de mamá o la de papá serán el escenario del intercambio.

Beatriz Pérez Abraham, concejala de Familia y Bienestar Social del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón (Madrid), explica las ventajas de estos centros: “Facilitan la relación entre los menores y sus padres u otros familiares. También ofrecen un espacio neutral de encuentro entre el menor y su familia biológica en casos de acogimiento familiar o adopciones”.

Gabriela Erdocia Pascual, coordinadora del programa Familia e Infancia y responsable del centro, precisa: “Las familias llegan obligadas por una sentencia y tienen grandes reticencias. Lo ven como un atropello a su intimidad, pero la tensión entre ellos es tan excesiva que el juez considera que esto es lo mejor. Más adelante, con la ayuda de los mediadores, se vuelven más positivos.

Padres e hijos

Un juez suele inclinarse por esta opción cuando hay riesgo para el menor: en los casos de violencia de género, donde existe orden de alejamiento y en casos de acogimiento y tutelaje. Según Beatriz Pérez Abraham, el espectro social es muy amplio: “Por nuestro centro han pasado emigrantes, diplomáticos, jueces, madres en situación de acogida... El deterioro en la relación de pareja es lo que les trae aquí”.

El punto de encuentro de Pozuelo de Alarcón tiene vocación de hogar. Sus habitaciones están pintadas de colores y cuentan con sofás, estanterías repletas de cuentos, armarios con juguetes... Se oyen risas y se ve a algún niño correteando por los pasillos. Sólo existe una nota discordante.

En el despacho de los mediadores hay un enorme cristal desde el que se ve el cuarto de al lado: se trata del típico espejo de la sala de reconocimiento de una comisaría, en el que uno se mira sin saber que es observado. En ese despacho, el abogado y mediador Ruben García contempla a Héctor y a su hija Lucía, que juegan tras el cristal. Él ha estado cuatro años sin verla. Una crisis personal tras el divorcio le hizo olvidarse de que tenía una niña.

Hace unos meses decidió recuperarla y fue al juzgado para pedir derechos de visita. Pero para Lucía, de seis años, su padre es un extraño y el contacto se realiza en régimen de tutelaje: dos horas de visita con la supervisión de un mediador. Este sistema se aplica en casos como éste, en los que el padre ha estado mucho tiempo sin ver a su hijo, pero también cuando ha habido posibles abusos, negligencia y desamparo o malos tratos.

Puede parecernos duro pero, hasta que se crearon los puntos de encuentro en 1994, las sesiones de tutelaje transcurrían en una comisaría, junto a un policía con una pistola al cinto. “Imaginad qué situación tan traumática para el niño –comenta Rubén García–, que pensaría: “Si los policías son los buenos y mi papá está aquí, será que es malo”.

Un mundo aparte

En cambio, Héctor y Lucía juegan en la sala con los juguetes que ha traído él. Sobre la mesa hay un enorme castillo de plástico y Lucía dibuja con sus lápices. Él parece feliz intentando ser de nuevo un padre. Al principio, las dos horas se le hacían eternas: padre e hija se miraban sin saber qué hacer.

Ahora se abrazan y ríen mientras el castillo amenaza con venirse abajo. Mientras, por las escaleras sube una pareja con su nieto Tomás. Va a pasar el fin de semana con sus padres, que han perdido su custodia por negligencia y desamparo. Tomás se lanza a los brazos de su madre y se marchan. En la cocina, otro padre prepara con sus dos hijas un pastel de chocolate.

De vez en cuando, la psicóloga entra y supervisa la situación. Él es sospechoso de malos tratos y el juez ha estipulado que visite aquí a sus hijas. No es el único caso peliagudo: los mediadores esperan la llegada de una madre víctima de la violencia doméstica, que vive en un centro de acogida. Está obligada a facilitar a su ex marido las visitas a su hijo. Si es preciso, un policía de paisano supervisará el encuentro.

Supervisión

Para Rubén García, la labor del punto de encuentro es muy delicada: “Lo importante es ayudar a que esta situación dure lo menos posible. Al centro llegan las sentencias, pero luego quedan muchos hilos sueltos: vacaciones, excursiones, compra de material... Todo lo que gira en torno a la vida del niño y que nosotros, ya que la situación de la pareja es tan explosiva, tenemos que resolver”.

Para ello se entrevistan con los padres y con los niños, y envían al juzgado informes de cualquier incidencia. Además, hay padres que no saben cómo tratar con sus hijos. “Ni siquiera se les ocurre quitarles el abrigo, aunque haga calor –dice Patricia Viyuela, psicóloga y mediadora–. Nosotros vigilamos, por ejemplo que no se abuse de la televisión, porque al principio traen una película y se pasan las dos horas ante la pantalla. Deben comunicarse y jugar”.

Los profesionales intervienen cuando algo falla. “Entras en el cuarto –dice Gabriela Erdocia– y les animas a que hagan un puzle, a que jueguen a las casitas... Haces de modelo en una situación extraña”. También dan pautas para que la pareja vuelva a comunicarse y para que lleguen a una relación, si no cordial, la menos civilizada.

Éste es, quizás, su cometido primordial, porque el deterioro de la relación paterna perjudica mucho a los niños y la protección del menor es la base sobre la que se han edificado los puntos de encuentro. Lo ideal sería que en seis meses una pareja pudiera dejar el centro. Pero el proceso no suele ser tan rápido. Por eso, Beatriz Pérez Abraham está entusiasmada con el proyecto de incorporar al centro una escuela de padres, en la que las parejas puedan hablar y aprender.

Visión infantil

Pero, ¿cómo viven
los niños la visita al centro? “Los mayores de seis años –dice Patricia Viyuela– saben que es una situación anómala. Muchos te sorprenden con palabras como sentencia, pensión alimentaria... Nosotros intentamos que los progenitores no metan a los niños en sus batallas”. A veces, los pequeños se niegan a ver a su padre; entonces, un asistente social trabaja con ellos.

Si, además, el niño presenta un cuadro ansioso, puede que esté manipulado: muchos progenitores proyectan sobre sus hijos el odio que sienten. “Pero nosotros –explica Rubén– nos limitamos a describir situaciones; las valoraciones psicosociales corresponden al equipo del juzgado”. Todos éstos son pasos de un largo trayecto que, con tiempo y suerte, culminará en una mejor relación entre padres e hijos.