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Foto: Teri Shields y Brooke Shields. Atraco a la inocencia Shirley Temple dejó de creer en la Navidad el día que su madre la ...

Las madres vampiro

  • Se adueñan de sus deseos y diseñan para la pequeña elevadas metas que la niña acaba persiguiendo con el ahínco de quien teme decepcionar. Son madres exigentes y narcisistas, que consideran los triunfos de la hija como propios, pero, al mismo tiempo, no pueden soportar sus éxitos porque les corroe la envidia. Las aman, pero las vampirizan y no las dejan ser ellas mismas porque las ven como una propiedad.

Teri Shields y Brooke Shields. Atraco a la inocencia

Shirley Temple dejó de creer en la Navidad el día que su madre la llevó a ver a Santa Claus y él le pidió un autógrafo. La anécdota es banal, pero significativa, porque a los niños prodigio les hurtan el candor y han de vivir con la eterna disfunción de haber sabido, visto y experimentado demasiado pronto. A veces fingen y se comportan como niños para complacer a los adultos, desean encajar en un mundo infantil, pero no consiguen hacerlo porque por dentro se sienten desencajados.
 
Brooke Shields confesó recientemente que había perdido la virginidad a los 22 años. Una edad que nadie podría tachar de precoz pero que maquilla el hecho de que su sexualidad se utilizó como reclamo comercial desde los 11. Ahora que la actriz es sólo una estrella menor de la televisión y ha perdido parte de su popularidad, no está de más recordar que en la adolescencia ya era rica en royalties por “El lago azul”, ganaba 500.000 dólares por anunciar vaqueros de Calvin Klein y conseguía vender en las jugueterías 400.000 muñecas con su cara, su cuerpo y su nombre. Ella, con sus labios carnosos, sus pequeños pechos, su mirada líquida y la inestimable ayuda de directores como Franco Zefirelli (que con 14 años le pellizcaba el dedo gordo del pie para que simulara un orgasmo en “Amor sin fin”), llegó a ser la niña más deseada de América. Y era legal. Incluso había una de esas cabezas tamaño natural con su cara para que las niñas la peinaran y maquillaran. Brooke era la principal empleada de la lucrativa empresa Brooke Shields and Co. Inc., de la que su madre, Teri Shields, era la presidenta y única accionista.

Destinada. Teri emigró a Manhattan con 18 años huyendo de la miseria y encontró trabajo en la sección de perfumería de unos grandes almacenes. Intentó abrirse camino en el mundo de la moda y a los 30 años conoció al padre de Brooke, de 23 años, de clase alta, hijo de un tenista profesional, que la dejó embarazada y se casó con ella. A los tres meses nació la niña, pero el matrimonio no llegó al año. Desde el principio, Teri estaba convencida de que su hija iba a ser una estrella y decidió prepararla para su destino. Con cinco años la llevaba a ver todas las obras de Broadway, clases de piano, de ballet, de hípica y de interpretación. Mientras, arrastraba a la niña de casting en casting. Su oportunidad le llegó a los 11 años como protagonista de la primera película de Louis Malle en EE.UU., “La pequeña”, donde interpretaba a una prostituta infantil que vivía en un burdel de Nueva Orleans a principios del siglo XX. El compromiso pactado con Malle fue permitir que la niña posara desnuda a cambio de que Teri estuviera presente en el plató como supervisora. La película es estéticamente impecable y no resultó escabrosa, pero marcó el cliché interpretativo en el que se movería Brooke a partir de entonces: el de una chica nada provocativa en lo evidente, pero turbadora y sexual. Es decir, la fantasía universal masculina de una niña-mujer a la que iniciar. De hecho, su virginidad fue un tema recurrente en la prensa amarilla de los 80. Cuándo, cómo y por qué debía seguir siendo virgen Brooke se debatía en los titulares. La prensa acusaba a Teri de fomentar la pornografía infantil y desproteger a su hija, pero ella daba la callada por respuesta. Los famosos anuncios de Brooke Shields para Calvin Klein ahondaban en lo mismo. Eran sencillos, naturales, inocentes… No tenían ni música, sólo una adolescente en un fondo blanco diciendo: “¿Quieres saber lo que hay entre mis calvins y yo? Nada”.

La decadencia. A la vez que su hija triunfaba, Teri tenía cada vez más problemas con el alcohol. Durante un rodaje en Nueva Orleans, se puso furiosa con la niña el día de su cumpleaños y la abofeteó. Lo repitió en un plató de televisión. Finalmente fue arrestada por conducir borracha y pasó varias semanas en prisión. Brooke le dio un ultimátum: se iría a vivir con su padre si no se mantenía sobria. Pasó por una clínica de rehabilitación y lo logró. Treinta años después Teri padece demencia senil y vive en una residencia de ancianos. A lo largo de estos años Brooke siempre la ha defendido porque “lo único que quería era lo mejor para mí”. Aunque ya no habla de ella, en 2005, cuando escribió un libro sobre su propia depresión posparto, hubo voces que recordaron su efímera infancia. Al dar a luz a su hija afirmó: “Tuve sentimientos suicidas e incapacidad para responder a sus necesidades”. No sentía nada, como si no fuera capaz de amar. Cuando tenía 14 años había interpretado un personaje en “El lago azul” que instintivamente había empezado a amamantar a su hijo. Ahora era incapaz de manejarse con lo más básico y se sentía furiosa con su marido. Seguramente, todo lo furiosa que no había sido capaz de sentirse con sus propios padres.

Muchos se sorprendieron de verla en el funeral de Michael Jackson hablando de un amigo con el que había compartido la fama infantil. El público siempre ha dado por hecho la dificultad de Michael para construirse como hombre por su imagen esperpéntica, pero nadie ha visto en Brooke a un juguete roto. Sin embargo, toda su vida ha sido un intento por recomponerse, salvar a sus padres, salvarse, dejar de ser una niña-mujer, ser una buena madre, por poder ser a pesar de todo. Aunque su madre, con la mente borrosa, ya no la mire ni la reconozca.

Olga Buchner y Elfriede Jelinek. El amor produce monstruos

“La pianista”, una película basada en la novela de la Nobel austriaca Elfriede Jelinek, expone calaramente hasta qué punto puede ser enfermiza una relación madre–hija. Según la autora, su madre no la consideraba una niña, sino “unas manos de las que cuelga un cuerpo” y nunca la respetó: gritos, golpes y humillación fueron constantes. Olga Buchner, católica de la gran burguesía vienesa, la ingresó a los cuatro años en una institución religiosa donde aprendió danza clásica y francés. A los seis, la niña siguió cursos de violín, órgano, piano y composición. Con 20, se diplomó en el conservatorio; con 21, desafió a su madre al matricularse en la universidad para seguir unos cursos de teatro e historia del arte. Pero, convencida de que no estaba dotada como concertista, y angustiada ante la idea de decepcionar a su madre, se hundió en la desesperación, tuvo varios episodios maniacodepresivos y desde entonces sufre fobia social. Un año después, se volcó hacia la literatura. Elfriede nunca se convirtió en la concertista que Olga deseaba, pero su actitud tiránica fue la responsable de su rebeldía contra la autoridad.

Melannie Molitor y Martina Hingis. Una raqueta para machacar

Vivió una infancia esclavizada por el peloteo. Su madre, Melannie Molitor, frustrada por no haber llegado más allá del número 10 entre las jugadoras checoslovacas, tomó la decisión de convertir a su hija en una figura del tenis mundial. Eligió su nombre en homenaje a Martina Navratilova y con un año le regaló su primera raqueta de madera. Molitor le inculcó a su hija una mentalidad competitiva desde la cuna y, como les sucede a todos los niños de padres demasiado exigentes, Martina creció con la idea de que, si fallaba en la pista, su madre dejaría de quererla.

Cuando tenía seis años, sus progenitores se divorciaron y madre e hija se fueron a vivir a Suiza dejando atrás al padre, un mediocre jugador de tenis con el que prácticamente no ha vuelto a tener relación desde entonces. En el 97, con 16 años, se convirtió en la reina indiscutible del tenis mundial. Ganó en Australia, Estados Unidos y Wimbledon. Su hegemonía duró dos años más, pero su hosco comportamiento con la prensa y con sus compañeras (de alguna dijo públicamente que era lesbiana) le generaron una pésima imagen pública. Esta actitud tuvo como guinda la final del Roland Garros del 99, donde se comportó como una niña caprichosa, fue abucheada por el público y acabó llorando. Tras su derrota, se separó oficialmente de su madre... y perdió estrepitosamente en la primera ronda de Wimbledon, ante una australiana de 16 años. Había perdido seguridad en su juego. Siguió peleando unos años más en la élite, pero ya no se sentía una ganadora y comenzaron a llegar las lesiones. En 2007, con 28 años, anunció que abandonaba el tenis para siempre: un test anti dopaje en Wimbledon había dado positivo en cocaína. Se acabó. Ya no tenía ganas de jugar. ¿Su mejor triunfo? El que disfrutó a los 10 años, cuando ganó a su madre en la pista por primera vez.

Magda Schneider y Romy Schneider. Ser o no ser Sissi

Sus dolencias nerviosas y sus crisis de angustia culminaron en una sobredosis de barbitúricos. Ante la cámara no tenía dudas, pero en su vida personal no sabía qué hacer: resbalaba y dependía de los hombres, siempre bajo la atenta mirada de su madre, que se convirtió en la sombra implacable de cada uno de sus errores. Magda Schneider fue una estrella del cine alemán de los años 30, pero, tras la guerra, quedó proscrita por haber trabajado en producciones de propaganda nazi. Su hija le permitió volver al mundo del cine encarnando a la madre de Sissi, en la saga que hizo de Romy Schneider una estrella. “Sissi” fue un éxito de masas en Europa, donde los espectadores veían en Romy a la hija modelo. Y lo cierto es que se comportaba como tal.

A los 15 años, su madre la sacó del colegio de monjas y la puso a trabajar, imponiéndole una disciplina profesional. Romy soportaba la peluca de siete kilos, que le provocaba migrañas y tortícolis, para complacer a su madre y demostrarle a su padre (que había abandonado a Magda por otra actriz en plena guerra) lo que era capaz de hacer. Dependía de sus padres y cuando se sentía desesperada, se decía: “Yo soy Romy Schneider”, como si fuera motivo suficiente para no ser infeliz. Ella no tenía que decidir nada. Su madre se encargaba de los papeles; su padrastro, de los contratos. Pero a los 20 años, con 12 películas a sus espaldas, Romy estaba harta. Dijo no a la oferta millonaria para la cuarta parte de “Sissi”. Fue su primera y fundamental negativa... pero no bastó para salvarla.