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Foto: El autismo es un mundo desconocido, por más que pueda explicarse como “repliegue patológico de la personalidad sobre sí ...

“María y yo”

  • Una niña autista y un padre dibujante. Ésta es la historia de Miguel y María, una relación de amor y comunicación diferente a través de los dibujos. El ilustrador trata de explicarla en el libro “María y yo”, que acaba de ganar el Premio Nacional de Cómic de Cataluña.

El autismo es un mundo desconocido, por más que pueda explicarse como “repliegue patológico de la personalidad sobre sí misma”, que es la escueta y ambigua definición que la Real Academia Española da sobre esta discapacidad. Para la mayoría de los padres de niños autistas, este síndrome es mucho más. Implica enfrentarse a la incomprensión de la sociedad, idear una forma propia para comunicarse con sus hijos, intentar comprender su mundo, establecer unas reglas para que ellos puedan vivir en el nuestro… Y todo esto requiere, en ocasiones, un esfuerzo sobrehumano. Sin embargo, muchos de esos padres se sienten privilegiados por poder asistir a acontecimientos casi portentosos protagonizados por sus hijos: dicen que hay pocas cosas como sus abrazos –un total desbordamiento de afectividad– o sus sonrisas –una explosión de felicidad que desarma a cualquiera–.

En primera persona. Son sensaciones que conoce bien el ilustrador Miguel Gallardo, uno de los referentes del cómic español durante décadas y colaborador habitual de New Yorker y Herald Tribune. Él trata con este síndrome a diario, ya que su hija María, de 13 años, lo padece. Cuando por fin diagnosticaron el autismo de la pequeña, que tenía entonces ocho años de edad, Gallardo ya había tendido un particular puente de comunicación con su hija: sus dibujos. Parte de ellos se recopilan en “María y yo” (Astiberri Ediciones, 12 €), que acaba de ganar el Premio Nacional de Cómic de Cataluña. En este volumen, el ilustrador trata de explicarnos, salpicando sus dibujos con humor, cómo es la relación que mantiene con su hija; una relación distinta, pero no menos satisfactoria. Así, Miguel y María viajan, se divierten y repasan largas listas de nombres, la forma que la niña ha encontrado para ordenar el mundo.

EL AUTISMO
El diagnóstico es, para los padres, un alivio que llega después de muchos años. Según Gallardo: “Muchos creemos que los nombres tienen poderes mágicos, que sabiendo lo que pasa se podrá hacer algo para que desaparezca”. Después, cada niño es un mundo, con el que no fu ncionan los mismos métodos: dietas, medicación, hipoterapia… Pero hay algo que siempre parece eficaz: usar imágenes claras que transmitan mensajes simples. Miguel descubrió que tenía “ventaja”: su hija entendía sus dibujos.

EMOCIONES
Algunos tópicos se extienden sin razón. Los padres de niños autistas aseguran que sus hijos no son fríos ni incapaces de emoción. Los especialistas van más allá: son niños afectuosos, con un exceso de sensibilidad. Y, como no saben cómo relacionarse con el mundo, expresan lo que sienten, sin medir los límites impuestos por la sociedad. Comprenderlo es el primer paso para aceptarlos como son, como es María, “única, como todos los demás”, comenta Gallardo usando el eslogan de una camiseta que su hija suele llevar.

SU MUNDO
María vive en un mundo que su padre cree feliz. Cuando está allí (por ejemplo, al jugar, absorta, con la arena de la playa), todo está su lugar y es sencillo. La cosa se complica cuando hay que sacarla de ese mundo para que viva en el nuestro. En la esfera de lo real todo es distinto para los niños autistas, que viven en un universo de sensaciones y reciben todo el ruido del mundo a la vez. “Un follón total”, explica Gallardo. Él piensa a veces que todos seríamos más felices si lográramos encontrar ese paraíso donde su hija se recluye.

EL DE LOS OTROS
“Caras que no me gusta ver en las personas que miran a María” es uno de los dibujos del libro. La extrañeza o el disgusto son reacciones comunes. “Hay discapacidades que la gente tiene muy asumidas porque conllevan unos rasgos físicos concretos, por ejemplo –explica Gallardo–. Pero el autismo hace a los niños extraños y eso genera miedo y rechazo. Curiosamente, es algo recíproco. Los autistas tienen sus reglas y nosotros les causamos confusión. Su mundo es feliz. Lo malo es que tienen bregar con el nuestro”.

LA MEMORIA
Miguel no es muy ducho en el arte de recordar nombres, pero tiene en su hija un método infalible para no olvidar ninguno. María es capaz de recitar larguísimas listas con los nombres de todas las personas que ha conocido, aunque sólo fuera un encuentro casual hace años. “Son las llaves de sus recuerdos, perfectamente ordenados y guardados en cajas”, cuenta Miguel. Gracias a María, él también ha acabado sabiendo cómo se llaman los niños de su clase, sus madres, los vecinos del bloque...

COMUNICACIÓN
En las conversaciones, María marca las reglas. Una parte de su discurso son siempre esos nombres que guarda en su memoria portentosa. A veces menciona a una persona que el interlocutor había olvidado. “Su cara de alegría al ver que te asombras de su memoria es oro”, explica Gallardo. Pero hay otra forma de comunicarse con ella, a través de pictogramas. Muchos autistas se angustian si no saben algo. Contárselo a través de dibujos (ahora cogerás el autobús, luego llegarás al cole, más tarde comerás) les tranquiliza.